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CAPITULO 7. Sin título

Hay una serie de indicadores psicosociales del desarrollo de la conducta antisocial establecidos desde hace mucho tiempo como clave. Lo que está menos claro en casi todos los casos es la naturaleza del vínculo que hay entre indicador y conducta, el papel de las experiencias de la edad adulta y el papel de los individuos mismos en la determinación de sus propios entornos psicosociales. Estos aspectos requieren un enfoque complejo a la cuestión de las supuestas influencias psicosociales, pero el terreno es tan inmenso que hay una serie de estudios que comprueban adecuadamente las principales hipótesis.

Gran parte del riesgo asociado con características familiares (como la paternidad o maternidad en la adolescencia, gran tamaño de la familia y hogares deshechos) tiene su origen al parecer en la asociación de estos factores con la discordia familiar y la crianza ineficaz en vez de (por ejemplo) en las familias grandes por sí mismas.

De manera similar, la pobreza y la situación social desfavorecida indican mayores riesgos, pero la investigación realizada hasta la fecha hace pensar que los efectos son indirectos y vienen mediados por la depresión de los padres y el conflicto familiar.

La crianza es, pues, un factor crítico de riesgo. La crianza coercitiva u hostil, los malos tratos y la desatención y la supervisión o seguimiento deficiente están asociados con conducta antisocial en el presente y predicen el comportamiento futuro y tienen un efecto inmediato en las formas más graves y persistentes. Los efectos podrían ejercerse potencialmente a través de procesos de relación (que implican perjuicio del desarrollo social o de la vinculación social a progenitores y coetáneos) o mediante procesos de aprendizaje (que premian la conducta inapropiada y fomentan patrones de conducta coercitivos).

La participación en grupos de coetáneos delincuentes hará más probable que se confirmen las predisposiciones a actuar antisocialmente y a que persista la conducta antisocial. Estos tipos de influencia pueden ser especialmente importantes en aquellos cuya conducta antisocial se inicia en la adolescencia más que en la temprana niñez.

No es sorprendente, dada la mayor probabilidad de unos logros educativos por debajo de lo normal, que se haya demostrado la existencia de vínculos entre el desempleo y la conducta antisocial.

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