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Banco Bibliográfico > GREATER EXPECTATIONS > Capitulo 1 : Introducción

El declive

CAPITULO 1. Introducción

Imagine una descripción de la vida humana en el siglo veintiuno. El género es de ciencia ficción, puede tratarse de una novela o película futuristas. La narración está situada en cualquier ciudad o pueblo del mundo habitado. Todos los protagonistas tienen menos de veinte años. Son los niños y los adolescentes que viven en las calles, las casas, y los colegios de esta comunidad típica del mañana.

Una fábula de nuestro futuro cercano.

Las escena se abre sobre un vecindario completamente desierto en el corazón de la ciudad. Es de día, poco después de las horas de trabajo, y el lugar se ha vaciado. La sensación de vacío no supone un gran cambio con respecto a las horas anteriores del día. De nueve a cinco, algunas oficinas del gobierno y unas pocas tiendas proporcionan un poco de vida a la zona, pero es una vida callada, confinada, que en su mayor parte tiene lugar fuera de las calles. La mayoría de los almacenes de la zona y los antiguos cines llevan décadas abandonados. Los negocios que quedan, que siguen allí sólo para atender a trabajadores del gobierno, están amurallados tras vallas de acero que han sido adornadas con rollos de alambre de espino. Cuando la jornada de trabajo termina, no se encuentra por ningún sitio una cafetería abierta, una farmacia o un puesto de prensa.

Pronto queda claro porqué. Bandas de jóvenes deambulantes empiezan a traer una vida más intensa al vecindario, aunque es una vida macabra y heladora. Algunos de los jóvenes van amontonados en coches que pasan por las esquinas lentamente, amenazadoramente, como grandes felinos sobre la presa. Otros se mueven con rapidez por los callejones o saltan de una azotea a otra. Los jóvenes se mueven en una patomima rápida, acordada, haciéndose señales unos a otros con la mano o por contacto visual. Al poco tiempo, insultos, disparos y gritos puntúan el atento silencio. Entonces, ráfagas de fuego, humo, chirridos de motor y de ruedas, y el aullido de las sirenas de la policía llevan la escena a su climax. Las camilllas se llevan los cadáveres de tres jóvenes. Ningún fotógrafo llega para hacer la crónica de la horrible visión: sucesos así han perdido desde hace mucho su atractivo para las noticias. A continuación sigue una calma incómoda. Entonces, antes de que haya pasado un intervalo que ni siquiera se acerca a lo decente, se suceden hechos similares con una triste predictibilidad.

La escena ahora pasa a las afueras de la ciudad. Estamos en un área residencial llena de árboles. Pero las barreras y las señales hostiles se han llevado consigo parte del encanto idílico de las afueras. Las señales advierten de que sólo a los residentes en el vecindario y sus invitados previamente anunciados se les permite el acceso a las calles. Las patrullas privadas han establecido controles para hacer cumplir este edicto.

En cualquier caso, hay muy poco movimiento de jóvenes por el exterior en esta parte de la ciudad. Casi toda la acción sucede dentro – si uno considera que ver la televisión distraídamente, tomar algo, echarse una siesta y dar una mirada de reojo ocasional a los deberes es “acción”. La actividad tiene una cualidad lánguida, de aislamiento. Incluso las llamadas de teléfono que rompen el monótono silencio carecen del cotilleo alegre que uno solía asociar con las conversaciones telefónicas de los adolescentes. Los movimientos de los jóvenes son tan letárgicos que casi nos preguntamos si la escena es a cámara lenta. Muchos de estos jóvenes tienen un aspecto pálido, fláccido y descolorido.

A pesar de la monotonía general, en uno de los hogares sí tiene lugar un auténtico drama. Un chico de dieciséis años, a tres días de su próximo cumpleaños, se cuela silenciosamente en el despacho de su padres y enciende el ordenador familiar. Presionando unas pocas teclas abre la base de datos en la que su padre ha catalogado la colección de armas de su familia. El chico estudia el tamaño, el tipo y la localización de cada una de las armas de la lista. Después de pensarlo un poco, y sin preocuparse de apagar el ordenador, el chico camina hacia el pasillo, abre un armario y saca una escopeta pesada de un solo cañón. Sabe que el arma se ha guardado cargada con el propósito de una protección inmediata de la casa. Dejando la puerta del armario abierta, el chico se lleva el arma al sótano. Después de una pausa de diez minutos en la que ni deja una nota no hace ningún otro gesto significativo, termina con su vida de un tiro en la cabeza.

En el instituto del vecindario al día siguiente hay algo de consternación ante la noticia del suicidio del chico, pero los sentimientos se inclinan más hacia la pena que hacia la sorpresa. Los suicidios ocurren periódicamente, aquí y en cada uno de los vecindarios de alrededor. Mientras tanto, suceden otras cosas en el colegio que requieren una vigilancia y un debate más urgentes. Lo que más presión ejerce es la epidemia de acuchillamientos que tiene tanto a los alumnos como a los profesores en una situación de riesgo diario. Los sofisticados aparatos de detección de metales en las entradas del colegio han hecho poco por evitar que los alumnos cronstruyan armas similares a cuchillos a partir de objetos afilados y que los usen unos contra otros y contra los empleados del colegio. Tras haber sido considerado durante un tiempo como un problema limitado a los alumnos de las partes “más duras” de la ciudad, los acuchillamientos en la actualidad no tienen una relación discernible con el estatus social de los alumnos ni con la identidad de grupo. Ahora es tan probable que los hagan las chicas como los chicos.

Una panorámica de la vida del colegio revela una atmósfera consistente en todos los otros aspectos con la sensación de terror que emana de los frecuentes acuchillamientos. Se han hecho graffiti por todas partes, tanto dentro como fuera, venciendo fácilmente los esfuerzos simbólicos, poco estusiastas, de las autoridades escolares por borrarlos. Cabezas afeitadas, tatuajes y joyería ostentosa adornan la mayoría de los cuerpos de los jóvenes. Los alumnos llevan una heterogénea variedad de prendas o cuasi-uniformes que semejan ropa militar en mal estado. Las camisetas más populares del momento muestran un par de insignias en letras llamativas, una escrita delante y otra a la espalda: “Harto de todo” y “Nada que perder”.

Bajamos por los pasillos hacia las oficinas centrales del colegio. Un orientador está llamando a casa de un alumno por unas ausencias aparentemente justificadas, sólo para descubrir que las cartas de los padres han sido falsificadas. Un chico está en el despacho del director por haber amenazado a su profesora con una pistola. Tres alumnos están expulsados de su clase tras haber lanzado expresiones racistas a un cuarto. Una niña está quejándose de que han forzado su taquilla y le han robado todas sus pertenencias. Un pequeño grupo de chicos están apretujados en una esquina, sellando un intercambio de dinero por paquetes de droga. En el patio, dos niñas agarran a una tercera y la golpean en el estómago por haber flirteado con el chico equivocado. A lo largo de los pasillos y las calles reina un espíritu palpable de desórden y de falta de respeto.

La cámara se aleja de los barrios de las afueras, deja atrás el viejo distrito financiero que ha mostrado antes, y entra en una una parte de la ciudad verdaderamente devastada, donde viven los pobres que no tienen trabajo. Aquí muchos de los niños y la mayoría de los adolescentes no serán ya encontrados dentro de los muros de ningún colegio, ni siquiera a mitad del día. Algunos han abandonado formalmente, otros nunca han estado escolarizados, y otros simplemente nunca aparecen. En su lugar, habitan un mundo subterráneo de crimen, negocios ilegales, traficando con sus sustancias ilegales y con sus cuerpos. Algunos se dedican a las drogas, otros a las armas, otros trafican con sus propios cuerpos. Pocos tienen algún adulto en sus vidas que sea capaz de hacer las funciones de padre o de tutor. Para muchos de estos jóvenes, los adultos de su mundo han desaparecido por decisión propia o por mala suerte, arrasados por las drogas, por criminales, por policías o por los riesgos para la salud de la pobreza. De los adultos que quedan, unos cuantos sirven de utilidad para estos chicos del barrio que vagabundean por las calles buscando problemas. La excepción a los adultos que son indiferentes son los adultos sin compasión que influyen destructivamente en los jóvenes, reclutándolos como “foot-soldiers” – soldados rasos- en encargos abusivos y peligrosos.

Los jóvenes en este barrio se agrupan en bandas coaligadas de protección mútua. Estas son las bandas callejeras que proporcionan a los jóvenes un sentido de seguridad colectiva y una oportunidad de expresar algunas de las brabuconadas juveniles. La sensación de seguridad es tan falsa como las brabuconadas. Muchos de los niños de este barrio no llegarán a los veinte años con el cuerpo y las extremidades intactas. Muchos de aquellos que lleguen pasarán largas temporadas en prisión, en donde aprenderán formas más efectivas de destruir la sociedad.

Nuestra historia de ciencia ficción podría mostrar todo esto registrando la pérdida trágica de un niño tras otro en este barrio devastado. Algunos perderían sus futuros con rapidez, en un relámpago de violencia, una sobredosis, un ataque criminal. Otros perderían sus futuros gradualmente, mediante la pérdida continuada de las expectativas y la pérdida de la esperanza.

El verdadero shock, sin embargo, llega cuando la cámara retrocede para situar este barrio en una perspectiva de toda la Tierra. Vemos el área metropolitana (incluyendo las afueras arboladas) que rodea el barrio, el país que rodea la ciudad y el mundo que rodea al país. Resulta que este barrio devastado no es simplemente un reducto de desesperación en una sociedad por otra parte próspera. En todo el mundo abundan como mares que chocan contra unas pocas islas de riqueza, bien protegidas y asustadas, donde los niños letárgicamente gastan su juventud en comer snacks y en entretenimientos electrónicos. Las áreas metropolitanas están rodeadas por paisajes rurales que carecen de gente joven porque no queda nada allí para retenerles. A medida que la cámara recorre el mundo, revela muchas versiones de la misma escena: una aldea global homogénea que no posee ni la elevada cultura ni la intimidad amistosa que estuvo asociada a esta expresión en tiempos más esperanzadores.

Regreso al Presente.

No soy un autor de ciencia-ficción, ni tengo aspiraciones de crear fábulas o cuentos de ninguna clase. Felizmente para la calidad media de la literatura de ficción en el año en que se publicará este libro, no continuaré con este género. Pero aunque esto puede ser una pequeña parte de las buenas noticias para nuestra cultura, está enmarcada por algunas noticias más generales que son mucho más serias y que son realmente muy malas noticias. Desafortunadamente para nuestra sociedad hoy en día, no necesitamos un relato de ciencia ficción para mostrar las circunstancias que he retratado. Cada una de las situaciones y sucesos de la pesadilla de ficción “futurista” que acabo de describir puede encontrarse en cantidad a lo largo del mundo actual. Más aún, la prevalencia de tales circunstancias está aumentando rápidamente. De hecho, todas las circunstancias de este tipo han crecido en profusión durante los últimos cincuenta años o más, en una tendencia que solo puede ser descrita como de aceleración constante.

Cualquiera que preste atención a las noticias diarias habrá conocido situaciones y hechos idénticos a los que acabo de inventar. Podemos percibir tales hechos com aberraciones, desgracias aisladas o bien reducidas a ciertas poblaciones o causadas por circunstancias inusuales. Puede incluso haber una pequeña parte de verdad en este sentido reconfortante de confianza, pero disminuye cada año que pasa.

La verdadera mala noticia es que, de hecho, todas las noticias sobre el clima y las perspectivas para el desarrollo de la juventud en nuestra sociedad son malas. Como mostrará más adelante, prácticamente todos los indicadores de salud y de comportamiento juveniles han empeorado año tras año durante bastante más de una generación. Ninguno ha mejorado. La letanía del declive es tan conocida que está perdiendo su capacidad para impresionar. Nos hemos acostumbrado no solo a los terribles indicadores en sí mismos sino también a su incremento sin fin. Mientras recojo los hechos y los datos más recientes aquí, soy consciente de que ya casi no nos producen ni una pequeña sacudida. Desafortunadamente, también estoy seguro de que los datos serán significativamente peores para cuando este texto llegue a las prensas.

Empecemos con la violencia juvenil. Entre los adolescentes que viven en los Estados Unidos, las tasas de homicidio se doblaron en la década que va desde 1970 a 1980. Después, se doblaron otra vez en los siguientes siete años; y en 1992 había tardado solamente otros cinco años en doblarse de nuevo. 1 “Hoy día”, informa la National Commission on Children (Comisión Nacional para los Niños), “en Estados Unidos mueren más chicos adolescentes por heridas de bala que por todas las causas naturales de muerte juntas.”2 Las chicas, también, están incorporándose al desastre, lo mismo como perpretadoras que como víctimas de la violencia. Actualmente, prácticamente cada día trae una noticia como la siguiente:

Una niña de 13 años disparó a un conductor de taxi, matándole, para no pagar una tarifa de 6 dólares, informó la policía en West Palm Beach, Florida. La adolescente estaba extrañamente tranquila durante el interrogatorio, dijo el sargento John English. “No había lágrimas, solo frialdad”, dijo. “Estamos hablando de un asesinato a sangre fría y con premeditación cometido por una niña de 13 años que no muestra remordimiento. Es aterrador.”3

No llevé a cabo una investigación intensiva para descubrir este hecho: simplemente cogí el periódico que estaba sobre la mesa al lado mío, seguro de que aparecería algo entre sus líneas. Y apareció. Hoy, mientras reviso esta sección, hago lo mismo, y encuentro lo siguiente:

Dos niños sacaron una pistola ante una profesora de instituto en su clase y le robaron casi 400 dólares recogidos para una excursión de la clase. Fue detenido un niño de 12 años que presuntamente disparó a una persona que le perseguía tras el robo del lunes. Un segundo niño se escapó con la mayor parte del dinero... El niño de 12 años disparó al subdirector del colegio antes de ser detenido por la policía. Se encontró una Magnum 357 entre los arbustos cercanos.4

(Ahora han pasado algunas semanas más, y mi manuscrito está entrando en la fase de producción final – tengo otra oportunidad más de rrecoger las noticias más recientes de la masacre juvenil. Lo hago con tristeza, con una sensación de que esto continuará para siempre si seguimos por el camino en el que estamos hoy.) La fecha de este último añadido es 5 de Septiembre de 1994. En la página 6 del New York Times de hoy, aparece la siguiente noticia: “Más tristeza e incredulidad en Chicago: Otro niño de once años acusado de asesinato.” El protagonista de esta noticia es un chico apodado “Frog” que había sido arrestado por golpear a una mujer de 84 años con su bastón, cortárle la garganta con un cuchillo de cocina, atarle las manos, y dejarla morir sobre el suelo de su cuarto de baño. La razón por la que el titular de esta noticia se refiere a “otro” caso es que antes, en la misma semana, un niño de Chicago de once años llamado Robert disparó y mató a una chica de catorce años del vecindario. La propia vida de Robert acabó pronto después de ese asesinato: según la policía, él mismo fue ejecutado por dos hermanos adolescentes que se tomaron la justicia por su mano.

Pero las catástrofes de este día en particular no se limitan a las calles de la ciudad de Chicago. También en la página 6 de la misma edición puede leerse sobre un chico de 13 años de High Bridge, New Jersey, que ha sido acusado de matar a su compañero de juegos, un niño de diez años “educado, tímido, obediente”. Y no termina aquí: según la policía, dos niños de doce años de Wenatchee, Washington, han confesado haber disparado a un trabajador inmigrante de cincuenta años dieciocho veces en un juego a sangre fría. Un último titular en la página anuncia lo que era solamente el incidente fortuito del día; incluso en el contexto de otros asesinatos, la noticia parece extrañamente profética: “Niño de 3 años, disparado por su hermano, de 5.”

La actual plaga de violencia entre los más jóvenes es suficientemente mala, pero las tendencias futuras parecen todavía peor. Los datos más recientes muestran que el grupo de adolescentes de menor edad es el más violento que el mundo ha conocido nunca. Esto es, dentro de las tasas totales crecientes de violencia juvenil, con mucho el aumento más dramático está teniendo lugar entre niños en edad pre-adolescente y chicos en los primeros años de su adolescencia. Por ejemplo, en un periodo de cinco años desde los últimos años 80 hasta los primeros años 90, el asesinato entre chicos de edades entre 14 y 17 años aumentó un 124 por ciento.5 Esto no predice nada bueno para las próximas décadas.

Con creciente frecuencia, los niños están asesinando – y siendo asesinados- a edades horriblemente tempranas. Entre niños de cinco a catorce años, el asesinato es actualmente la tercera causa de muerte en los países industrializados. En los Estados Unidos, un niño muere por una herida de bala cada dos horas. Han sido asesinados con armas de fuego más niños en poco más de una década que todos los soldados americanos que murieron durante la guerra de Vietnam- aunque con mucha menos protesta pública.

Cualquier médico residente de un área urbana puede dar testimonio de la masacre infligida sobre aquellos que están en el lado que sufre el terror. En noches de fin de semana, las salas de los hospitales en muchas de nuestras ciudades y pueblos recuerdan hospitales de un campo de batalla. Los doctores y las enfermeras atienden a jóvenes que una vez estuvieron sanos, quienes, si llegan a sobrevivir, sufrirán secuelas que les discapacitarán para el resto de sus vidas. Los jóvenes que son testigos de esta matanza también son profundamente afectados. Hablando ante el Congreso en la primavera de 1994, una chica de 14 años proclamaba llorando:

Es tan malo que yo tenga miedo de salir de casa durante el día o por la noche. A un amigo mío le dispararon y murió. Estaba de pie justo a mi lado cuando alguien se acercó y le disparó 17 veces.... Me he dado cuenta de que algo trágico no le pasa solo a la gente mala. Puede pasarte a ti. 6

A la gran mayoría de los niños a los que han disparado les tirotearon otros jóvenes. Este simple hecho por sí mismo conlleva todavía otro grave problema. ¿Qué pasa con el futuro de un joven una vez que ha matado a alguien? (O de una joven: las chicas están poniéndose rápidamente a la altura de los chicos en su predisposición a cometer actos violentos.7). O lo que es lo mismo, ¿qué le pasa a un jóven que ha ayudado a matar a alguien? Otra perturbadora tendencia actual es que se han doblado los asesinatos cometidos en grupo entre los adolescentes en los últimos cinco años.8 Debido a que tal violencia sistemática entre los muy jóvenes es un nuevo fenómeno, no sabemos mucho sobre los destinos finales de aquellos que participan en esas terribles actividades. ¿Qué tipo de relaciones sociales serán capaces de tener estos niños? ¿Qué tipo de identidades personales construirán para sí mismos? ¿A qué propósitos dedicarán sus vidas en el futuro?

Ya se encuentren a sí mismos en el lado que origina o que sufre el terror, en la actualidad muchos niños están preocupados al respecto. Sus energías diarias están centradas en evitar, ejercer o protegerse de la violencia – a menudo mediante los misma forma mortal. El rápido crecimiento de las bandas juveniles es una respuesta a esta cruda realidad así como posteriormente un re-alimentador de la misma. Una gran parte de la generación de jóvenes de hoy está creciendo con la creencia de que deben conseguir un arma o caerán víctimas de una. Un chico de catorce años de Washington D.C., testifica:

Las pistolas han sido parte de mi vida desde que tenía 12 años. Fue entonces cuando a mi amigo Scooter lo mataron con una pistola. Desde entonces, a cuatro de mis amigos les han disparado y matado en las calles. Uno de ellos era mi amigo Hank. Oí disparos. Entonces, justo después, ví a Hank caído en el suelo. No estaba muerto todavía, pero estaba tumado ahí, sacudiéndose. Fue algo terrible, terrible, ver a alguien a quien conoces, alquien que te hacía reir, tirado ahí, muriendo justo delante de ti. 9

La violencia homicida es sólo uno de los peligros mortales que a los que los niños se están viendo expuestos con mayor frecuencia que nunca. Mucha gente joven que no está ocupada destruyendo a otros lo están haciendo con ellos mismos. Algunos los están haciendo indirectamente mediante el consumo abusivo de drogas. Otros lo están haciendo más directamente y más a propósito que nunca antes.

Hace treinta años, la tasa de suicidio de nuestros adolescentes era del 3 por 100.000, ya de por sí alta para los niveles globales tradicionales. Ahora es de 11 jóvenes por cada 100.000, mientras que las tasas de suicidio en los adultos se han mantenido bastante similares.10 Un estudio de 1993 descubrió que el 20 por ciento de los alumnos de los High Schools (Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato) habían hecho un plan para suicidarse y que la mitad de estos alumnos habían hecho un intento real. El estudio también informó de que estos porcentajes se habían doblado en tan solo tres años. 11 Detrás de los accidentes, el suicidio es ahora la causa principal de muerte entre los jóvenes en nuestra sociedad. Ha mantenido su horrible liderazgo sobre el homicidio, incluso mientras que este último corre para ponerse a su altura. No puede haber una indicación más clara de desmoralización juvenil que el suicidio.

Los indicadores menos fatales del declive de la juventud son igual de descorazonadores. Cada año más de un millón de chicas adolescentes se quedan embarazadas en Estados Unidos. Una parte importante y constantemente creciente de los nacimientos resultantes de estos embarazos tienen lugar fuera del matrimonio. En gran parte debido a los embarazos adolescentes, casi un tercio de todos los niños nacidos en la población total estadounidense tienen madres solteras.12 Muchas madres adolescentes solteras viven una elevación emocional temporal por las alegrías naturales de la maternidad, y algunas consiguen apoyarse en los recursos de su familia extendida con el objeto de criar a sus hijos responsablemente.13 Pero generalmente las consecuencias a largo plazo tanto para la madre como para el bebé son altamente problemáticas. De hecho, en los últimos años algunos prominentes analistas sociales han identificado el creciente número de nacimientos de madres adolescentes solteras como una causa profunda de la desintegración social que ha amenazado a muchas de nuestras comunidades.14

El consumo de drogas entre los jóvenes se estabilizó hace algunos años, aunque en un nivel peligrosamente alto. Algunos indicadores recientes aún sin publicar sugieren que algunas formas de consumo de drogas pueden estar aumentando de nuevo. En cuanto a otros tipos de criminalidad juvenil, todos ellos han continuado creciendo sin pausa. He indicado los datos sobre violencia juvenil anteriormente. Los robos, los atracos y los actos de vandalismo cometidos por adolescentes también han crecido rápidamente durante las tres últimas décadas. El número de jóvenes cumpliendo penas de cárcel por actividad criminal crece cada año con una predictibilidad estricta.15 Grandes poblaciones de adolescentes hoy día consideran la cárcel algo tristemente inevitable, algo ineludible a lo que uno se adapta, casi como las visitas regulares al dentista. La media de edad de los condenados por delitos se hace más y más baja con cada año que pasa.

Luego están los indicadores más silenciosos de apatía e indolencia entre los jóvenes de hoy, aparentemente menos amenazantes en cada caso individual y sin embargo calamitosos para la sociedad en conjunto. Los profesores en todos lados se quejan de un conjunto de problemas de comportamiento entre los alumnos con los que se encuentran hoy en día.16 En el momento que se escribe este libro, el juego compulsivo entre adolescentes está adquiriendo proporciones epidémicas entre muchos sectores de la población. Acompañando al juego hay una constelación de comportamientos personales y sociales fuera de la norma, incluyendo pequeños robos, fuertes deudas, engaños habituales y horarios de sueño irregulares.

Incluso dejando a un lado a aquellos que se enganchan al juego o a otras obsesiones, muchos de los jóvenes de hoy están teniendo una gran dificultad para separar el día de la noche. Los orientadores escolares se quejan de que esta generación de jóvenes tiene “problemas de sueño” de una magnitud raramente vista antes. Hay tantos alumnos que están llegando tarde en la actualidad que los High Schools han organizado sesiones clínicas para tratar a alumnos que se quedan dormidos de forma crónica. Los Colleges (Facultades Universitarias) están teniendo problemas para llenar las clases de las primeras horas de la mañana, y los estudiantes se quejan cuando se asignaturas obligatorias a primera hora del día. Muchos profesores rechazan planificar reuniones de mañana con los estudiantes, ya que muy pocos aparecen. He escuchado decir a un decano de primer año que algunos estudiantes pasan la mayor parte de su primer año de carrera durmiendo hasta el mediodía.
En general, nuestros estudiantes tienen menos conocimiento del lenguaje, y son mucho menos competentes en matemáticas de lo que eran los estudiantes de una generación anterior.17 Más de medio millón de estudiantes abandonan los High Schools de la nación cada año, normalmente sin una buena alternativa a la vista. La mayoría de nuestros estudiantes de High School no pueden localizar Grecia en un mapa del mundo, no pueden calcular la proporción exacta de su dinero para gastos que destinan a la comida en el colegio, y nunca han leído un libro de tapas duras sin que les hayan obligado a leerlo.

¿Y cómo pasa nuestra gente jóven su tiempo libre? Durante la semana, en promedio un niño en los Estados Unidos ve la televisión entre cuatro y cinco horas al día. 18 Esto es durante la semana escolar, cuando solo tienen alrededor de seis o siete horas de estar despiertos (aparte de las comidas, bañarse, vestirse, y demás) disponibles para actividades discreccionales. En los fines de semana y las vacaciones, con más tiempo en sus manos, los niños americanos ven de media la televisión entre siete y nueve horas al día. 19 Con esto en mente, no puede parecer sorprendente que las tasas de obesidad infantil hayan aumentado alrededor del 98 por ciento durante los últimos quince años. “Los niños hoy día están físicamente en peor forma que nunca antes en nuestra historia,” de acuerdo con una gran organización dedicada a la salud.20

Ninguno de estos indicadores de declive – ni tampoco el comportamiento ilegal, ni los fracasos educativos, ni el tiempo y el potencial humanos malgastados- se limita a los jóvenes que viven en condiciones desaventajadas. Los jóvenes descontentos y desmoralizados de hoy están distribuidos ampliamente en nuestros barrios ricos tanto como en nuestros vecindarios empobrecidos “de clase baja”. Defenderé a lo largo de este libro que, aunque el problema puede tener diferentes manifestaciones en condiciones económicas distintas, es fundamentalmente el mismo problema con el mismo origen.

Padres y profesores en comunidad de todo tipo dicen que los problemas de los niños se están haciendo cada vez más serios así como más difíciles de corregir. Una comparación a lo largo de cincuenta años de las preocupaciones de los profesores, citada ampliamente en los medios de comunicación así como en el Congressional Record (Informe del Congreso), afirmaba que en 1940 la preocupación principal de los profesores era la costumbre de mascar chicle y otras conductas “desordenadas” de sus alumnos, mientras que en 1990 los profesores estaban preocupados por la violencia, las drogas, y la deshonestidad. Ya que esta comparación no fue hecho de forma sistemática, no confío completamente en los datos, y por eso no los cito formalmente aquí. Pero entre 1976 y 1989 se llevó a cabo un estudio bien diseñado de las observacioens de los padres y los profesores a lo largo del tiempo, publicado en Noviembre de 1993.21 Los resultados mostraron declives en el comportamiento en niños de todas las edades y de ambos sexos durante el periodo de trece años que abarca el estudio. En 1989, de acuerdo con los padres y los profesores, era mucho más probable que los niños “destruyeran cosas pertenecientes a otros”, “estar por ahí con otros niños que se meten en líos”, no hiciesen bien sus trabajos escolares, fuesen “hipo-activos”, “protestones”, “malhumorados”, “cabezotas” e “irritables”. Habia más niños que mentían y robaban, que perdían un curso en el colegio; que no tenían amigos; y había más niños con problemas físicos crónicos, aunque menores, como dolores de estómago frecuentes. Menos niños participaban en deportes o en otras actividades sanas al aire libre, y menos habían encontrado alguna actividad en la vida en la que estuviesen verdaderamente implicados, incluyendo su educación.

Los datos que he citado aquí se refieren a los Estados Unidos. En mérito suyo, el goberno federal de los Estados Unidos mantiene buenos registros de indicadores sociales aunque no ha sido capaz de hacer demasiado para detener el declive que revelan estos indicadores. Pero los problemas existen también en lugares donde los registros no se mantienen tan bien. La crisis que expongo en este libro está extendida por todo el mundo hoy día. Conocemos las noticias vívidamente a través de los medios: asesinatos “deportivos” de niños cometidos por otros niños en Gran Bretaña, consumo rampante de drogas y prostitución entre jóvenes fugitivos en Sur América, revueltas de jóvenes borracos en Europa, bandas de skinheads en Alemania, una epidemia de suicidios en Japón, una ola creciente de violencia, robos y pertenencia a bandas callejeras por todas partes. Y, como en los Estados Unidos, también hay historias menos dramáticas – historias que pueden ser incluso más premonitorias al ser tan comunes. Los jóvenes en Europa están “hundidos en el lodo”, en palabras de un científico social Británico.22 Están deprimidos, se han rendido; están persiguiendo las metas equivocadas; o no tienen metas en absoluto. Hay un vacío donde debería haber una comprensión realista del presente y una búsqueda esperanzada del futuro.

Crecer por el camino difícil, crecer por el camino fácil.

Por todo el mundo hoy día, la gente joven crece en una enorme variedad de condiciones. Algunas jóvenes vidas transcurren “esquivando las balas”, tomando prestada la memorable expresión de Milbrey McLaughlin. Estos niños arriesgan su seguridad con ir andando hasta la esquina o de casa al colegio. Descubren el terror a una edad temprana; la violencia está siempre en sus mentes. Cuando se les pide que hagan un dibujo para una clase de arte en el colegio o que cuenten una historia para una clase de Lengua Inglesa, un motivo probable será alguien que es tiroteado. Algunos de estos niños tienen además padres que les maltratan, en cuyo caso sus vidas corren el mismo riesgo en casa que cuando están fuera en las calles. Algunos niños no tienen ninguna clase de padres funcionales. No tienen a nadie en sus casas o sus comunidades que se tome el tiempo, o tenga la habilidad, de orientarles, de protegerles, o de ofrecerles consejo, dirección, esparcimiento o cuidados afectivos. Algunos son contemplados únicamente como medios de obtener beneficio o placer más que como niños a los que hay que criar. Incluso sus amistades resultan ser malvadas y explotadoras.

En el otro extremo del espectro económico, hay muchos niños en el mundo hoy día que tienen privilegios que estuvieron en una vez estuvieron reservados para la realeza. Están bien alimentados, se visten con ropas caras, y están seguros y protegidos del daño. Tienen sus propias habitaciones que rebosan de juguetes, y un entretenimiento constante llena sus vidas. Tienen padres dedicados a darles de cada cosa, lo mejor. Se les pide poco más allá de su propio disfrute de la vida. Si quieren algo, es suyo solo por pedirlo – especialmente si lo piden con suficiente energía.

Los extremos parecen mostrar mundos infantiles separados destinados a no intersectarse nunca. Los jóvenes que crecen en estas condiciones dispares parece que están en diferentes caminos, algunos dirigiéndose al desastre, otros hacia vidas de lujo y comodidad. A primera vista, esto se parece a una vieja historia, una historia de dos sociedades, una sin privilegios, la otra con exceso de privilegios.

Si esta fuese realmente toda la historia, sería suficientemente terrible. Significaría que una parte importante de la población jóven ha sido asignada a un presente que es ciertamente desolador y a un futuro que con probabilidad no dejará de serlo; mientras que otros en su grupo de edad están ahogándose en la comodidad y el privilegio excesivo. Aunque no es una historia nueva, es una historia lamentable, y se hace más inaceptable cada año que pasa. Las comunicaciones modernas han hecho imposible apagar imágenes de niños con poco que mostrar más que ojos resentidos y desesperanzados.

Aunque esta situación repetitiva es solo parte de la presente argumentación. Las condiciones en las que se crece en un lugar en estos días tienen mucho que ver con las condiciones en las que se crece en cualquier otro. Económicamente, culturalmente, e informativamente, el mundo se está haciendo más cercano y próximo a cada momento. En una era en la que los medios de comunicación modernos han creado una conciencia humana casi universal, los mundos separados de los niños se han unido.

Los problemas de la juventud no pueden ser aislados en el mundo de hoy. Las condiciones pueden ser más severas – de hecho, literalmente más letales – en lugares en los que los niños son asesinados diariamente que en lugares donde los niños pasean sin propósito por colegios y centros comerciales. No pretendo borrar esta distinción ni tampoco quitar importancia de ninguna forma las tribulaciones de nuestros niños más desafortunados. Pero todas las complicaciones para crecer en el mundo de hoy tienen efectos debilitadores sobre las mentes y las morales de los jóvenes. Es más, los problemas tienden a fundirse uno con otro, a medida que los espacios seguros de ayer comienzan a estar amenazados, desde dentro y desde fuera, por los mismos tipos de comportamiento destructivo de los jóvenes que han diezmado los barrios del centro de nuestras ciudades. Los problemas emergen del mismo vacío cultural y se alimentan entre sí tan pronto como los niños adquieren conciencia de cómo viven otros en su sociedad. Puede ser posible, por un tiempo, amurallar las calles de los barrios residenciales contra los de fuera, pero no hay muros que puedan disfrazar el estado del mundo en la sociedad moderna.

La contemplación de obvias desventajas y de super-privilegios alimentan un cinismo semejante en las mentas de las personas jóvenes de todos los sectores de la sociedad. Para una sociedad preocupada por el carácter de sus niños (y cualquier sociedad que no se preocupe de esto está sin duda encaminada a la inconsciencia), es indefendible que abandone a ciertos miembros de su generación más jóven mientras que proporciona en cantidad derechos inmerecidos a otros. ¿Qué mensaje hace esto que comprendan los niños que están creciendo sobre lo que significa ser una persona, o lo que significa pertenecer a una comunidad? ¿Sobre la responsabilidad personal y social? ¿Sobre los valores y los ideales de los adultos a quienes admiran?

Tampoco hay ningunas barricadas que impidan que las creencias y las prácticas de una cultura conformen las mentes en crecimiento de los niños de todos los sitios. Las creencias equivocadas que guían nuestras prácticas de crianza de los hijos son tan prevalentes en las comunidades ricas como lo son en barrios pobres. Aún más, ha tenido lugar una disminución de los estándares y las expectativas para los jóvenes en todo el mundo moderno. Como mostraré en posteriores capítulos de este libro, los jóvenes en todos sitios hoy en día carecen de orientación. Escuchan infructuosamente voces que no hablan.


Un cuento del pasado.

De tiempo en tiempo, las reflexiones sobre el pasado pueden iluminar con claridad el presente. No hace mucho leí por primera vez una historia corta titulada “Youth” (Juventud), escrita alrededor de principios del siglo veinte por Joseph Conrad. La narración me ayudó a enfocar algunas inquietantes intuiciones que me habían estado preocupando durante un tiempo pero que no había sido capaz de expresar. Esta historia de marinos me despertó como el agua fría de mañana cuando no has dormido suficiente.

Conrad cuenta la historia de un joven marino en su primer viaje de trabajo. El viaje se dirigía hacia el Oriente, un largo viaje lleno de peligro, esfuerzo, e incomodidad. Conrad hace que el marino narre la historia en primera persona, muchos años después, cuando ya se ha convertido en un hombre de mediana edad.

Visto con fría objetividad, el primer viaje del joven marino parecía ser por lo menos una debacle. El barco era viejo y necesitaba ser reparado, “todo polvo, óxido, suciedad – los mástiles ennegrecidos, suciedad en la cubierta.” Goteaba constantemente y requería un bombeo frecuente, vigoroso. Había ratas por todas partes. A los dos días de salir del puerto el barco colisionó con un vapor y tuvo que volver para ser reparado. Estos y otros contratiempos llevaron a interminables retrasos de la salida del puerto. Cuando el barco estaba por fín de nuevo en el mar, un temporal de viento forzó otra larga espera en puerto. Entonces, la carga del barco –carbón- se incendió por combustión espontánea. El capitan decidió seguir, lo que significó vivir durante semanas entre humo y olores pestilentes. Incluso esta miserable situación se deterioró todavía más. Las brasas del carbón terminaron explotando, el barco ardió y se hundió, y el joven marino quedó navegando en una barca salvavidas. Después de días y noches en una barca descubierta, empapado por la lluvia y abrasado por el sol, el chico al fin alcanzó a remo un puerto de Asia.

¿Y cual era la actitud del chico a lo largo de esta larga desventura? Estaba emocionado con cada nueva experiencia en el camino. A lo largo del cuento, el narrador contiene con dificultad la exaltación que sintió en su juventud, tiempo atrás. En la parte más oscura y penosa del viaje, el marino recuerda haber pensado “¿Y ahora qué?... ¡ Esto es fantástico! Y en cuanto a mí, tenía además mi juventud para darme paciencia. Tenía todo el Oriente ante mí, y toda la vida, y la idea de que había sido sometido a una prueba en ese barco y había salido de ella bastante bien.”

El narrador continúa para concluir, “...dime, ¿no fue ese el mejor tiempo?, ese tiempo en el que fuimos jóvenes en el mar; jóvenes y sin nada, en el mar que no da nada, excepto duros golpes – y a veces una oportunidad de sentir tu fuerza...” El penoso viaje había conferido al muchacho nada menos que un sentido de la maravilla y orgullo ante la oportunidad de probarse a sí mismo ante cada uno de los peligros que surgieron.

Ahora bien, esta obra de Conrad es ficción, no ciencia: y es una ficción que está envuelta en un aire denso de nostalgia hacia todo ello. Incluso las fantasías románticas de otro tiempo pueden ser reveladoras, especialmente cuando son tan diferentes de las nuestras. Y por supuesto este otro tiempo no sucedió hace tanto – meramente tres o cuatro generaciones pasadas, en el zenit de la era moderna.

Ciertamente muchas cosas han cambiado. Hay muchas historias que uno puede contar sobre la juventud de hoy, historias individuales tan variadas como las condiciones en las que la gente joven se encuentra inmersa en nuestra sociedad. Algunas de estas historias son felices. Muchas personas jóvenes hoy día son equilibradas, bienintencionadas y capaces. Pero no muchas de las historias de hoy día expresarán la exuberancia, la sensación de confianza, el deseo de aventura, la esperanza sincera que siente el juvenil marino de Conrad. Pocas historias de la juventud de hoy mostrarán la misma claridad de propósito. Pocas, de hecho, mostrarán un compromiso continuado o una dedicación sin reservas a cualquier cosa más allá de las propias preocupaciones inmediatas.

Pocas imágenes de la juventud de hoy podrían retratar a gente joven encarando su mundo con un sentido de ambición sana. Incluso esta expresión parece anticuada hoy en día, casi vergonzosamente entusiasta – o peor, burdamente asertiva. Y sin embargo ¿qué, sino un sentido de ambición sana, ha permitido a los jóvenes a lo largo de todos los tiempos seguir adelante, superando todas las incertidumbres de sus primeros pasos, para crear un futuro mejor para ellos mismos y para sus compatriotas? En la actualidad, incluso aquellos que van por el buen camino parecen timoratos en sus intenciones y recelosos respecto de sus perspectivas de futuro.

La narración de Conrad fue reveladora para mí no porque represente un retrato definitivo de todo lo que la juventud debería ser – es, después de todo, una historia de la vida de un solo chico- sino más bien porque contrasta de forma tan aguda con la mayoría de las imágenes que me son familiares en nuestro paisaje social contemporáneo. La historia sugiere un espíritu que es muy difícil de encontrar entre los jóvenes de hoy. En contra de lo que cabría esperar, sin embargo, la narración de Conrad todavía suena verdadera. Es como si llenase el vacío de una categoría natural, una definición arquetípica del espíritu juvenil que siempre hubiésemos mantenido, incluso mucho después de que la vida en la sociedad moderna la haya convertido en un anacronismo.

Pero esto, espero y creo que resultará ser demasiado fuerte y demasiado definitivo para extinguirse. La exuberancia juvenil representada por el marino de Conrad es infrecuente pero no inexistente. Hay personas jóvenes hoy día que sí tienen una conciencia coherente de sus propósitos. Muchos otros jóvenes están buscando uno desesperadamente. Incluso aquellos que parecen verdaderamente perdidos tienen todo el potencial de energía, inteligencia, y valor con los que los jóvenes de nuestra especie siempre han sido dotados.

Pero demasiados están profundamente desmoralizados, en todo el auténtico significado de la expresión. Cuando los estrategas militares inventaron la noción de guerra psicológica, una de las primeras tácticas a las que recurrieron fue “desmoralizar” al enemigo. Para “desmoralizar” a los oponentes, había dos opciones. Uno podía corromper los ánimos del enemigo o podía minar sus esperanzas. De cualquier forma, la voluntad de vencer quedaría disminuida. El valor y la energía se disiparían, una actitud de derrota crecería como los hongos en un sentimiento auto-complaciente de desesperación. Como han comprobado, para su desgracia, legiones de ejércitos, esta es una estrategia efectiva cuando se implanta con éxito. Pero las condiciones deben ser las adecuadas. Los intentos poco planificados a menudo tienen el efecto contrario. Si las tropas (o civiles, lo que es lo mismo) creen en la justicia de su causa, las penalidades, las amenazas, la brutalidad y la propaganda sólo consiguen unirles más fuertemente en un espíritu de determinación.

No pretendo llevar hasta el final aquí esta analogía militar. Aunque hay muchas bajas en la historia que voy a contar, no hay enemigos reales. Nadie ha desarrollado una campaña estratégica para desmoralizar a nuestra juventud.

Pero la desmoralización es la palabra correcta para lo que yo he visto en demasiadas personas jóvenes hoy día. Aunque ha sucedido a través de errores bienintencionados más que mediante una planificación hostil, los efectos son en gran medida los mismos. El legado de mucha gente joven incluye una actitud cínica ante los valores y las metas morales; una actitud derrotista hacia la vida; una falta de esperanza en el futuro; una pérdida de valentía; y una desconfianza hacia los otros así como hacia uno mismo. Por encima de todo, muchos jóvenes muestran una ausencia de propósito, de compromiso, de dedicación – en una palabra, un fracaso del espíritu.

El presente una vez más: Juventud, Ciencia y Sociedad.

He sido un científico social durante toda mi vida profesional, y valoro la comprensión del desarrollo humano que nuestras grandes obras en psicología, antropología y sociología nos han proporcionado. Pero por cada descubrimiento válido ha habido muchos mitos. Los mitos, al final, han llevado a conclusiones dañinas sobre la naturaleza de la juventud y sobre cómo hacer emerger todo el potencial de la gente joven. Algunos de los mitos han surgido de un seguimiento distorsionado de los medios de comunicación, que persiguen un mercado popular fácil mediante la dramatización y la simplificación excesivas de cuestiones complejas. Algunos mitos han surgido de investigaciones equivocadas motivadas por objetivos preconcebidos de política social, más que por estándares científicos objetivos. Otros los han puesto de moda expertos contemporáneos en crianza de los hijos, quienes hacen poco más que replicar irreflexivamente los prejuicios y las ilusiones de la cultura popular.

La experiencia más dolorosa para alguien a quien le importa la verdad científica es ver una buena idea deformada hasta que queda irreconocible y que luego es mal aplicada. Como argumentaré en el Capítulo 5, la noción de una perspectiva “centrada en el niño” del desarrollo temprano fue un avance científico cuando se introdujo hace casi un siglo.23 Nos permitió comprender que los niños no son simplemente “pequeños adultos”, sino que tienen una perspectiva propia sobre el mundo así como sus propias necesidades de desarrollo. Nos permitió reconocer las formidables habilidades y disposiciones con las que nacen los niños. Abrió la puerta a importantes descubrimientos sobre cómo los niños aprenden conceptos, sobre cómo se forman sus valores y su carácter, y sobre cómo podemos promover mejor tales procesos positivos de desarrollo.

Una posición centrada en el niño no solo nos ayudó a comprender a los niños de forma más precisa, también hizo mucho por mejorar nuestro comportamiento de protección y de cuidado afectivo hacia ellos. Nos dio el empuje que necesitábamos para aprobar leyes aboliendo el trabajo infantil explotador. Ha creado formas interactivas de instrucción que permiten una mejor comunicación entre el profesor y el niño en los colegios y en otras situaciones educativas. Nos ha hecho sensibles a cómo el abuso, la pobreza y las enfermedades no tratadas afectan a los niños de formas especialmente perniciosas.

Pero cualquier verdad puede convertirse imitación grotesca de sí misma si se lleva demasiado lejos o se saca de contexto.24 Vivimos en un tiempo en el que la ética “centrada en el niño” se ha convertido en una justificación de todo tipo de prácticas de crianza excesivamente indulgentes. Como mostraré en el Capítulo 5, actualmente es el grito recurrente de los educadores que han desprovisto al aula de material que suponga un reto intelectual y de estándares rigurosos. Ha diseminado una multitud de doctrinas permisivas que han disuadido a los padres de hacer cumplir una disciplina coherente en el hogar. Ha centrado nuestra atención en capacidades indefinidas tales como la autoestima del niño, en lugar de sobre fuentes sustanciales de orgullo como el logro o la responsabilidad. Al final, la premisa que una vez fue válida - “centrarse en el niño” - ha sido utilizada (o utilizada de forma impropia) para favorecer que los niños y a los adolescentes de hoy en día estén centrados sobre sí mismos.

Hay muchos ejemplos de este tipo, y todos son parte de una historia de declive cultural que muchos observadores han llegado a lamentar. 25

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