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Banco Bibliográfico > GREATER EXPECTATIONS > Capitulo 2 : Crecer por el camino fácil

El declive

CAPITULO 2. Crecer por el camino fácil

El trabajo tradicional en los hogares se ha sustituido en los últimos tiempos por la comodidad y el entretenimiento. En las familias de granjeros en Estados Unidos todos sus miembros tenían que colaborar en los trabajos, incluso los niños. Cuando en el siglo XIX la escolaridad se hizo obligatoria, se estableció un descanso de verano largo para que los niños ayudasen en los trabajos agrícolas. Hoy día los niños no trabajan en los países desarrollados debido a la tecnología y la riqueza, y a que se comprende que explotar económicamente a los niños es un mal para la sociedad. En estos países los niños pueden disfrutar de su infancia y adquirir muchas habilidades y conocimientos. El bienestar de los niños se ha convertido en la primera preocupación de los padres. “Es natural e ilustrado que una sociedad se dedique a educar correctamente a sus jóvenes. Cuando la riqueza y el progreso social liberan recursos para ayudar en esta tarea absolutamente esencial, todavía mejor” (p. 29). Las leyes y las prácticas educativas se orientan hacia el interés del niño. Estos avances han traído consigo riesgos que en su mayor parte no son reconocidos y que no hemos aprendido a evitar o controlar. El autor considera que no hay nada de malo en que los niños se diviertan, pero considera que se debe examinar en qué consiste esa diversión, evaluarla a la luz de los objetivos que tenemos para ellos: ¿cómo afecta al carácter y la competencia de los niños ver la televisión?, por ejemplo. Las expectativas que tenemos para los niños han cambiado por completo, sin que seamos apenas conscientes de esto: la mediocridad se ha convertido en la norma. La escuela contemporánea en EEUU es una institución anticuada, sin objetivos e ineficaz, que no puede realizar su compromiso de educar a los niños. En ningún informe se afirma que la escuela sea rigurosa, exigente o participativa – el autor indica que se refiere a la tendencia, y que hay excepciones, colegios y estudiantes que sí están dando todo su potencial-. Los observadores de la vida escolar actual han concluido, en distintos informes, que: 1) los alumnos son pasivos y poco implicados, 2) no están aprendiendo lo que necesitarían para prosperar en el mundo del siglo XXI, 3) muchos profesores se han vuelto cínicos. Incluso los buenos alumnos ven las actividades escolares como algo sin significado y desconectado de sus vidas. Las materias no captan su atención, tampoco les han persuadido de que necesitarán esas competencias en el futuro. En la etapa de formación (infancia-adolescencia) lo que hacemos nos convierte en lo que somos. El autor considera que los alumnos que pasan las horas de clase en un estado de “animación suspendida” están adquiriendo hábitos inservibles para vivir en la sociedad: desinterés, mínimo esfuerzo, cinismo, ineptitud e incompetencia. No se puede culpar a los colegios de todo, aunque no hagan muchas cosas bien, porque no hacen más que reflejar valores de la cultura en que vivimos. Dos tercios de la vida del niño tienen lugar fuera de la escuela, qué les sucede en este tiempo. La mayor parte de sus actividades consiste en diversiones y en buscar el placer. Se pierde un tiempo precioso para adquirir habilidades o carácter. Por otra parte, se dedica muy poco tiempo a actividades prosociales (atender necesidades de otros). “Para el niño, los beneficios [de ayudar en las tareas de la casa] pueden parecer menos obvios, pero son todavía más profundos. Realizar un servicio en serio confiere un sentido de la competencia personal y un sentido de la responsabilidad social. Estas virtudes son centrales para el desarrollo del carácter del niño. Cuanto antes empiece a adquirirlas el niño, con mayor seguridad emergerán” (p. 36) La ética del trabajo (el esfuerzo) que antes definía el carácter nacional en EEUU ya no está de moda. Esta pérdida del valor del esfuerzo ha afectado también a la salud de los niños americanos, que están en promedio más gordos que hace veinte años. Los niños de hoy día tienden a esperar lo mejor de los demás y muy poco de sí mismos: “el núcleo del problema sigue siendo la pérdida de toda obligación de servir a los demás más allá de uno mismo” (p. 38). Toda la formación que pueda recibir un niño es inútil si no puede dedicar por lo menos una parte de sus esfuerzos a algo o alguien que no sean él mismo: tienen que desarrollar un sentido de la responsabilidad social, que consiste en “preocuparse de otras personas, trabajar por el bien de otros, vivir de acuerdo a unas normas sociales compartidas, controlar su propio comportamiento y desarrollar una capacidad para las relaciones sociales fructíferas”. (p. 38). “Si cada nueva generación de niños no aprende un sentido colectivo de la responsabilidad social, la sociedad no puede tener futuro” (p. 39). El autor considera que los niños deben aprender la obligación de ayudar y respetar a los demás. Los comportamientos antisociales que en generaciones anteriores eran marginales, como resultado de la pérdida de los sistemas de apoyo familiar, “se han colado en el centro de la mayoría de nuestras más sólidas instituciones” (p. 40). Problemas que están apareciendo: grupos de jóvenes violentos (bandas) de clases medias, se ha generalizado la costumbre de copiar en los exámenes, falta de deportividad entre estudiantes (insultos, inicios de violencia), asaltos sexuales de adolescentes (82% de las chicas, 51% de los chicos lo han sufrido). Los profesores suelen desentenderse de estos problemas, las comunidades los aceptan como normales en los jóvenes (“muted community reaction”, reacción muda de la comunidad). Estos chicos, además, suelen estar convencidos de su “autoestima”, y de que “¿por qué no me iba a sentir bien conmigo mismo?”. Lo que amenaza a la clase media, según el autor, no es la pérdida de riqueza, sino que están perdiendo a sus generaciones futuras.

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