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Banco Bibliográfico > GREATER EXPECTATIONS > Capitulo 3 : Crecer por el camino díficil

El declive

CAPITULO 3. Crecer por el camino díficil

En los barrios más pobres los niños están siendo abusados, asesinados y explotados: pero lo peor es que gran parte de este daño lo causan ellos mismos. Lo que antes causaba horror ha llegado a aceptarse como normal. Los niños pobres y discriminados carecen de recursos, apoyos y oportunidades para el desarrollo y de una preparación suficiente para llegar a ser adultos productivos. Desmoralización de los jóvenes, ausencia de relaciones de apoyo en sus vidas. Aprenden a tratarse mutuamente como objetos para obtener gratificación y explotarse: las personas como medios para conseguir fines, más que como fines en sí mismos. Desarrollan respeto sólo por el dinero y los placeres instantáneos que puede conseguir. Metas materiales más que espirituales. Dos creencias de los jóvenes que crecen en estos barrios: que tienen “autoridad para robar, agredir, etc…” y que no les van a castigar por ello.
La pobreza es un handicap muy serio para el desarrollo del niño, pero que “puede superarse si la sociedad presenta otras ventajas, más fundamentales – en particular, del tipo social y relacional, moral y espiritual” (p. 52). La combinación de la pobreza con los criterios actuales para educar a los niños ha producido un daño letal a muchos jóvenes. Los hijos de los inmigrantes de generaciones anteriores en EEUU, por ejemplo, crecieron a menudo en condiciones de extrema pobreza, y no aparecieron estos problemas. Viven en un entorno con “amnesia cultural”, donde no hay adultos preocupados capaces de orientarles. La comunidad es incapaz de mantener su núcleo espiritual. Los mayores (ancianos) ya no actúan como mentores de los jóvenes en muchas comunidades afro-americanas pobres – estudio etnográfico de Elijah Anderson, “Streetwise”-. Tampoco mantienen sus iglesias ni otras instituciones que antes orientaban a los jóvenes y viejos. En estas comunidades los “cabezas viejas” (ancianos a los que se tenía por ejemplos de moralidad), les decían a los niños cómo tenían que comportarse, que tomasen ejemplo de ellos: “Tanto el niño como el cabeza vieja aceptaban el programa de socialización de su relación. El cabeza vieja le diría al joven que se pusiese en marcha, que hiciese algo con su vida, que copiase el ejemplo de los mayores, como él mismo, que habían tenido éxito” (p. 53) - no lo que solemos asociar al éxito social, un cabeza vieja podía ser un profesor, una peluquera, un tendero, un limpiabotas-. Se ocupaban de los jóvenes, quienes a cambio respondían con deferencia (respeto), eran “padres sustitutos” para los niños sin padres, consolaban, aconsejaban, ayudaban ocasionalmente, y eran sobre todo fuentes de valores morales y de sabiduría “de la calle”. Con sus lecciones morales, ofrecían a los jóvenes una guía de supervivencia y de bienestar, pero la posición social de los adultos de estas comunidades se ha desintegrado. “El niño es ahora un medio para el beneficio de alguien y para su placer. El mejor consejo que se puede dar a los niños es que se preocupen de sí mismos, porque no pueden contar con nadie más” (p. 54). El escepticismo sobre los valores morales afecta a toda la cultura, y junto con factores económicos, han llevado a la decadencia de las comunidades. Estos jóvenes necesitan los entornos adecuados para mostrar que tienen energía, talento y voluntad, que serán los que de verdad les supongan un reto, les responsabilicen y les den oportunidades de desarrollar habilidades útiles para sus proyectos de futuro – el autor se refiere a la escuela y al trabajo-. Estos contextos cada vez son más escasos. Milbrey McLaughlin ha descrito la pérdida de contextos educativos (“nurturing settings”) en los barrios de las grandes ciudades. Los entornos locales (pueblos y barrios) en los que había una educación informal de los mayores hacia las nuevas generaciones pertenecen ya a otros tiempos. Las iglesias, escuelas y lugares de trabajo han perdido interés para estos jóvenes, quienes en consecuencia no se imaginan a sí mismos siendo capaces de responsabilizarse, trabajar y contribuir positivamente a la sociedad. Sin embargo, a la mínima oportunidad (programas de servicios comunitarios) estos mismos chicos muestran su capacidad y entusiasmo. Hay organizaciones locales (grass-roots organizations) que “refugian” a estos chicos de entornos tan destructivos, les ofrecen actividades que merecen la pena, les enseñan a relacionarse de forma segura entre ellos, y les orientan: Clubs de chicos y chicas, grupos de teatro, equipos deportivos, ongs, centros comunitarios. Estas organizaciones les proporcionan una identidad como miembros de un grupo organizado (en el que son importantes) y también un propósito, que les ayuda a tener un sentido de la solidaridad y les ayuda a dejar de preocuparse sólo por ellos mismos. Las organizaciones de este tipo que tienen éxito tienen altas expectativas para estos chicos, las tareas demandan mucho de ellos y les obligan a cumplir estrictamente unas normas. Esto es lo contrario de lo que hacen las agencias estatales que tratan de “ayudar a estos chicos que son víctimas indefensas cuyos problemas deben arreglarse”. La idea que proyectan es que son problemas demasiado complicados como para poder resolverlos y que necesitan más recursos económicos para hacerlo. Las expectativas sobre las vidas de estos chicos siguen siendo nulas. “Los jóvenes, en todas partes, buscan retos. Esto es parte de su impulso natural para desarrollar habilidades, probarse a sí mismos, demostrar competencia” (p. 57). Sin estos propósitos honorables que la sociedad debería ofrecerles, los jóvenes “continuarán buscando canales para sus talentos y energías naturales, pero lo harán sin una orientación moral de personas que se preocupen de ellos” (p. 58). El autor considera que mucha de la decadencia de los barrios pobres se debe a la cultura en la que vivimos, que no enseña a responsabilizarse. Un ejemplo es el aumento exponencial de los embarazos adolescentes. Se ha perdido el control social que aseguraba que quienes naciesen serían responsablemente cuidados. Estos embarazos adolescentes podrían conducir a una desintegración social aún mayor de la actual, y el error cultural que contribuye a aumentar este problema es que los chicos y chicas que se convierten en padres a edades tan tempranas se sienten más importantes, reciben atenciones de la sociedad y medios materiales para cuidar del niño. A quien se le ocurre decir que esto hay que controlarlo, se le acusa de querer practicar un genocidio con las clases pobres. Csikszentmihalyi: “Es difícil imaginar cómo ninguna sociedad podría haber sobrevivido sin asegurarse de que sus niños fuesen criados por padres que se hiciesen responsables de ellos” (p. 61).

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