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Banco Bibliográfico > GREATER EXPECTATIONS > Capitulo 4 : Concepciones erróneas de los Tiempos Modernos, I La ascensión del Yo y la Derogación del Espíritu

Los caminos equivocados

CAPITULO 4. Concepciones erróneas de los Tiempos Modernos, I La ascensión del Yo y la Derogación del Espíritu

“Muchos de los cambios que ha traído la modernidad tienen elementos positivos y negativos. Estos incluyen nuevas creencias que combinan ideas válidas con mitos peligrosos y nuevas prácticas que son al mismo tiempo bienintencionadas y mal planeadas” (p. 66). Las convenciones sociales, las afiliaciones personales y el sentido fundamental del “nosotros” han sido atacadas por las ideas de la modernidad, por pensar que impedían el libre desarrollo de los individuos. En consecuencia, se han destruido las bases de la moralidad, de lo cual surge una “búsqueda desconectada, centrada en uno mismo, y sin propósito del progreso personal”. El autor expone cómo estas ideas han formado las concepciones actuales sobre los niños y la forma de educarlos. Es esencial mejorar nuestros conocimientos sobre las necesidades de los niños, reformar las prácticas de crianza actuales. El contexto cultural en que vivimos contribuye a deformar las ideas que tenemos sobre los niños y cómo educarles. Son ideas que en otras épocas habrían sido tomadas a broma. El primer caso que expone el autor es la autoestima, que se ha convertido en la palabra de moda, y la idea de que no se puede querer a los demás si uno no se “quiere a sí mismo”. Educadores y terapeutas consideran que la falta de autoestima es la raíz de todos los problemas y que aumentarla es la solución. Se ha difundido la idea de que la autoestima es la causa de muchos resultados positivos del desarrollo infantil y adolescente, cuando en realidad las investigaciones lo único que muestran es una correlación (no una causalidad), entre por ejemplo medidas de auto-estima y de competencia en una tarea concreta. Los niños con facilidad interpretan la autoestima como una invitación a centrarse en sí mismos. Esta noción equivocada se ha convertido en un espejismo para muchos padres y educadores, oscureciendo otras posibilidades del desarrollo: es mejor enseñar a los niños a adquirir habilidades, valores y virtudes sobre los que construir adecuadamente un sentido positivo de sí mismos. “Cuando piensan en ellos mismos, los niños se centran en su aspecto, lo que hacen, de dónde proceden, y cómo se sienten en cada momento. Para que tengan algún impacto, los mensajes sobre la forma de ser de un niño deben integrarse en afirmaciones concretas sobre cualidades personales, capacidades y actividades REALES” (p. 72) Los niños son muy conscientes de sus capacidades y de sus límites, y buscan a su alrededor “feedback” sobre sí mismos: lo que sus padres y otras personas dicen de ellos debe ser verdadero, honesto por lo menos. Si constantemente escuchan lo maravillosos que son (como una forma de aumentar su autoestima) llegarán pronto a darse cuenta de que no es cierto, no son tan perfectos, o se creerán que en efecto son tan magníficos (sin serlo realmente), o sencillamente desconectarán de esos mensajes. Algunos niños disocian sus sentimientos de valía personal de cualquier conducta de la que sean responsables. Son “mentiras bondadosas” que tienen el objetivo de aumentar la autoestima, pero los niños se dan cuenta de que no dejan de ser mentiras. “La desafortunada ironía de esto es que los mensajes vacíos para reforzar la autoestima trabajan directamente a favor de la misma condición – bajo concepto de sí mismo- que los adultos tratan de paliar” (p. 74). Por otra parte, el apoyo y el elogio de los adultos son útiles cuando se vinculan al esfuerzo y el logro reales del niño, lo que pasa es que esto requiere mucho más tiempo y paciencia - GUIAR AL NIÑO en un proceso paso a paso-, que “inocularle autoestima” mediante frases vacías como “eres genial” o “eres el mejor”. El resultado de las investigaciones desmiente la creencia popular sobre la autoestima: “Los científicos raramente han sido capaces de conectar, de forma directa y no ambigua, el sentido global del yo de un niño con cualquier comportamiento o habilidad importantes en la vida social, emocional, o intelectual del niño”. (p. 74). El autor afirma, siguiendo los resultados confusos que arrojan las investigaciones, que “El concepto de alta auto-estima es tan nebuloso que puede indicar de la misma manera una depravación rampante que un aprendizaje concienzudo y productivo” (p. 76). Los adolescentes que llevan a cabo comportamientos antisociales más graves suelen dar en los tests una medida muy alta de autoestima. Los niños desarrollan confianza en sí mismos a través de muchas pequeñas habilidades concretas. La “Percieved Competence Scale” (Susan Harter) mide la impresión que tiene el niño sobre sus habilidades en áreas muy concretas de actuación, y es la única prueba de este tipo que se demuestra fiable para medir la adaptación del niño. Los mensajes de padres y profesores a los niños deben ser realistas, y además animarles a desarrollar habilidades y valores concretos: “Con esto como meta, los niños saben lo que tienen que hacer, y pueden ver signos tangibles de progreso cuando aprenden las habilidades que les ayudan a alcanzar esas metas” (p. 76). El autor considera que cuidar de la sensibilidad de los niños es algo positivo, pero no cuando se convierte en la principal prioridad de la educación y favorece el narcisismo y la insensibilidad hacia las necesidades de los demás. Crecer es aprender a participar constructivamente en la sociedad, desarrollar habilidades reales, convivir bien, aprender a respetar las normas y la autoridad legítima, cuidar de los que lo necesitan, asumir responsabilidad personal y social. “Sin referentes morales objetivos fuera de sí mismos, los niños no pueden adquirir un sentido estable de lo que está bien y lo que está mal” (p. 78). Tienen que aprender a preocuparse por lo que otras personas piensan y sienten, de otro modo el niño puede decirse a sí mismo lo que le convenga para mantener una imagen de sí mismo positiva, aunque la evidencia objetiva demuestre que ha actuado mal. “De estas semillas crece un desprecio empecinado por la verdad objetiva y por los criterios externos” (p. 79). Los niños necesitan ser educados en unos criterios que se hagan cumplir con firmeza, para aprender a respetar a otras personas y porque tienen que afrontar situaciones que no van a cambiar por mucho que cambien su ánimo o sus sentimientos o por mucho que se quejen: “No proporcionar a los niños normas y orientaciones firmes es una manera cierta de engendrar arrogancia y desprecio” (p. 79). El respeto hacia uno mismo depende de relaciones constructivas con personas a las que se respeta y escucha (por este motivo, las personas humildes suelen ser las más seguras). “Concretamente los niños dependen de sus sentimientos positivos hacia los demás cuando conforman sus identidades y su sentido de la valía” (p. 79). El respeto a las personas que pueden decirle al niño cuándo ha actuado bien y cuando no es indispensable, y es mejor aprenderlo en la infancia que en la adolescencia, mejor a través de acciones que de palabras. La acción y el logro continuados (a lo largo de años) son el único modo de educar este respeto, por ejemplo cuando el niño se ocupa de algunas tareas familiares. Sólo así el niño se hace sensible a los juicios de los demás, y a sus orientaciones. “Uno no puede “encontrar” la autoestima en aislamiento de las relaciones con los demás porque no existe sin esas relaciones (...) los sentimientos sobre uno mismo deben tener alguna base en la realidad para que puedan con seguridad realizar alguna función psicológica positiva” (p. 79). La conclusión “me respeto a mí mismo porque soy una persona, pero no tengo respeto por otras personas” es insostenible tanto lógica como psicológicamente, incluso para un niño pequeño. A esta conclusión se puede llegar fácilmente cuando se trata de educar directamente para “aumentar” la autoestima del niño, centrando toda su atención sobre sí mismo y no haciéndole sensible a los demás, a sus juicios y expectativas. Adquirir habilidades y conocimientos y mantener buenas relaciones sociales con otras personas es parte de la búsqueda exitosa de la autoestima, lo mismo que de la felicidad. “No hay atajos para conseguir lo auténtico” (p. 81) Con esta educación centrada en el niño fracasamos en enseñarle que debería preocuparse sobre cosas que están más allá y por encima de sí mismo, más importantes que sus circunstancias y sentimientos. La frase de estos tiempos es “creer en uno mismo”. Solía significar mantenerse firme ante dificultades o desafíos, defendiendo unos principios. Ahora significa aceptar sin límite los propios deseos o inclinaciones, sean cuales sean y hacer lo que sea por lograrlos. Los niños no maduran psicológicamente si no aprenden a perseguir objetivos que estén por encima de sí mismos, sin un sentido de lo trascendente. Para el niño esto puede concretarse en la ayuda a los demás, pero también en creencias sobre el sentido y el propósito de la vida. Los niños tienen necesidades espirituales, aunque esto apenas ha sido mencionado en los libros de psicología del desarrollo en las últimas décadas. La religión es todavía más ignorada en los estudios pedagógicos. En un estudio evolutivo se comprobó que la religión era un factor positivo en la adaptación de niños ante las dificultades. Pero los investigadores se resisten a incluir la religión como un factor en el desarrollo evolutivo. Hay una resistencia en la cultura actual a educar a los niños en el servicio a los demás, como si fuese algo negativo para su desarrollo, se les “protege” de la responsabilidad sobre cualquier tarea de la casa. Los padres suelen excusarse en que es muy trabajoso y tiene pocos resultados que un niño se ocupe de ayudar en cualquier tarea de utilidad, o en que el niño ya tiene muchas actividades y obligaciones, y está “estresado”. “La forma más segura de enseñar incompetencia (y baja autoestima, de la verdadera) en un niño es tratarlo como si fuera incompetente (...) En el proceso el niño pierde la oportunidad de desarrollar las habilidades necesarias para la tarea, de forma que la creencia negativa se valida a sí misma” (p. 84) El niño aprende que no sirve para regar el jardín, por ejemplo. Los niños tienen una motivación natural a ser competentes, y son más capaces de lo que los adultos solemos creer. Además necesitan movilizar sus energías en actividades útiles, sin que esto suponga, como creen muchos padres, sobrecargarles: el estrés en el niño no proviene de que esté ocupado en una tarea, sino de recibir mensajes contradictorios sobre sí mismo o de experimentar situaciones vitales difíciles que estén fuera de su control. Si un niño se siente satisfecho y orgulloso realizando una tarea, esto reduce su estrés, más que inducirlo. Cuando los niños, en momentos históricos difíciles, tuvieron que afrontar tareas de la casa, esto supuso una experiencia “formadora del carácter”. “Continuamente me asombra hasta qué extremo se comprende mal la naturaleza de los niños en la sociedad contemporánea, incluso en círculos de expertos en desarrollo infantil” (p. 85). Si se evitan a los niños actividades que desafíen sus capacidades, sobre todo que supongan el servicio a los demás, se les está diciendo: 1) que son incapaces de lograr nada, 2) que viven sólo para sí mismos. Muchos padres también están “aliviando” al niño de las responsabilidades del cuidado de sí mismo. Los padres terminan haciendo todo por los niños, vestirles, prepararles un sandwich cuando ya pueden hacerlo por sí mismos, llevarles a todos sitios, porque así es más fácil para ellos o porque creen que sería demasiado para las capacidades del niño. “El niño pronto adquiere la creencia de que la cama es demasiado difícil de hacer, la distancia demasiado larga para caminar. No puedo imaginar un conjunto de creencias que puedan ser más perjudiciales para las posibilidades de desarrollo de un niño” (p. 86). Esta manera de educar a los niños en la familia impide que los niños adquieran un sentido de la responsabilidad social y personal. Cuando el niño tiene metas más allá de sí mismo (orientación a servir a los demás) tiene una mayor confianza y seguridad en sí mismo. Favorecer la espiritualidad del niño ayuda a su desarrollo psicológico, a que realice su potencial intelectual y social. La cultura actual no acepta del todo este principio, porque es escéptica de cualquier noción espiritual. Hemos aceptado tres conceptos erróneos sobre la espiritualidad de los niños: 1) los niños no comprenden ni aprecian los mensajes espirituales, 2) los niños pueden sufrir un daño si entran en contacto con las creencias espirituales o religiosas de otras personas, 3) la espiritualidad misma es disfuncional, en el mejor caso irrelevante, en la sociedad tecnológica y moderna. Estas tres ideas son resultado de una mala comprensión de teorías psicológicas. El autor considera que “espiritualidad” es un concepto que incluye el de “religiosidad”, aunque en la práctica la espiritualidad infantil se refiere casi siempre a la religiosidad, sobre todo a sus ideas y sentimientos sobre Dios. La psicología no ha estudiado lo suficiente las creencias religiosas de los niños: en la mayoría de los manuales sobre desarrollo infantil no aparece. Freud consideró la religión una “neurosis infantil”, Piaget clasificaba las creencias de los niños sobre Dios como “pensamiento mágico o animista” que se deshechan con el desarrollo cognitivo. Para aumentar la confusión, se ha impuesto la idea de que Piaget demostró que el niño no tenía capacidad de pensamiento abstracto, lo cual es una mala interpretación de su teoría. De esta manera se justifica que no se pueda hablar con los niños de cuestiones metafísicas. “Los estudios [que han ido más allá de las viejas tradiciones freudianas y piagetianas] han demostrado la capacidad de los niños para el pensamiento religioso profundo. Estos estudios han confirmado también el valor de la fe en las vidas de los niños” (p. 88). Fowler, siguiendo la teoría cognitiva de Piager, distingue tres sistemas de creencias presentes en la vida del niño pequeño: “fe primaria”, hasta los tres años, “fe intuitiva-proyectiva”, niños en edad preescolar, “fe literal-mítica”, años de la escuela primaria y posteriores. Cada uno de estos sistemas ayuda al niño a averiguar cual es el significado de su relación con el universo. “Puede ser producir tanto temor a un niño contemplar el vacío más allá de su existencia como lo es para los adultos. Como los adultos, los niños naturalmente confían en sistemas de creencias y de fe para llenar ese vacío de significado. Esta es una función primaria de la creencias religiosa para los niños” (p. 88). Por ejemplo ante la muerte, lo importante es “el lenguaje del discurso, no la posibilidad de una solución”, que el niño pueda razonar en términos de creencias religiosas, para comprender un sentido más amplio ante algo que no le resulta comprensible. Robert Coles: “Los niños tratan de comprender no sólo lo que les pasa, sino también el por qué; y para hacerlo utilizan la vida religiosa que han experimentado y los valores religiosos que han recibido” (p. 89). Coles explica que los estudios sobre la espiritualidad infantil demuestran una conexión con el desarrollo psicológico para muchos niños pequeños. Si no se comprende este aspecto del desarrollo infantil, no se puede dar una respuesta a las necesidades evolutivas del niño, ni tampoco interpretar correctamente sus intenciones. Ante cuestiones como “¿Dónde va un pez después de morirse?”, que son típicas por ejemplo a los seis años, los padres suelen responder con la doctrina de su religión (si la tienen), los profesores no saben cómo reaccionar y los directores de colegios buscar la manera de “cubrirse las espaldas”. Por eso el autor considera que: “Entre los adultos hoy día, hay tanta confusión alrededor del interés infantil sobre la religión, que a los niños a menudo se les desanima de expresar sus preocupaciones espirituales en forma alguna” (p. 90). En nuestra cultura hay una actitud defensiva y miedosa ante las creencias espirituales de los niños. Los colegios se han convertido en el campo de batalla sobre si deben mostrarse en lugares públicos símbolos o costumbres religiosas. Las protestas pueden tener alguna base en la defensa de libertades civiles, pero esto tiene consecuencias negativas sobre los niños, que no las interpretan como una protección de la libertad religiosa, sino como un ataque a la misma idea de la fe. La idea falaz es que los niños deben estar protegidos de las expresiones de las creencias de otras personas, y esto supone subestimar la fortaleza y la inteligencia de los niños, que son “resilientes”, hacen las cosas con un propósito, tienen capacidad de pensar, no son ni tan moldeables ni tan frágiles. “Los intentos equivocados por proteger a los niños no hacen más que interferir con sus propias necesidades e inclinaciones naturales. Estos intentos se equivocan sobre la naturaleza de los niños y terminan usando a los niños para representar nuestros propios conflictos espirituales. Lo hacemos mejor, y a los niños les va mejor, cuando les reconocemos por quienes son. Entonces podemos ayudarles a construir su carácter sobre las bases firmes que sus fortalezas naturales les proporcionan” (p. 93).

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