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La respuesta

CAPITULO 6. Las virtudes naturales

Los niños nacen dispuestos a interactuar en el mundo social y no aprenden pasivamente, sino que interpretan lo que reciben de su entorno. Tienen sus preferencias: en gran medida eligen los estímulos a los que reaccionan. “Si entendemos el entorno como un escultor, lo que tiene al comienzo es una formidable obra de arte con la que trabajar” (p. 126). Los niños tienen virtudes naturales con las que hay que trabajar (virtudes en el sentido clásico de fortalezas, strengths). El autor considera que los niños nacen mucho más fuertes, más adaptados y más dispuestos a desarrollar un carácter moral de lo que hemos llegado a creer. Hemos ido perdiendo la confianza en la dureza y en la resiliencia de los niños, y de la especie en general. Las preocupaciones de los padres sobre sus hijos deben ser realistas y centrarse en la vulnerabilidad real del niño. La sobreprotección impide que los niños desarrollen sus propias habilidades de protección. Disposiciones y habilidades con que nace un niño: reflejos adaptativos, sensibilidad social, sistemas de respuesta emocional, predisposiciones lingüísticas, conciencia cognitiva incipiente. Disposiciones naturales para la adaptación y el aprendizaje:

1) Los niños se superan ante las dificultades. Buscan oportunidades de adquirir habilidades y probarse a sí mismos. Impulso hacia la competencia. Responden con energía y entusiasmo a los retos. Sin retos, los niños se vuelven apáticos e inseguros.
2) Los niños sienten curiosidad por los misterios de la vida y son capaces de comprender una discusión seria sobre temas importantes. Tienen mucha capacidad de adaptación psicológica. Necesitan respuestas honestas y meditadas. Censurarles la verdad a los niños, por ejemplo sobre la muerte, o sobre tragedias que ocurren en el mundo, les vuelve más miedosos a lo desconocido, de manera no natural.
3) Los niños se adaptan con rapidez al cambio y no se traumatizan con facilidad. Los verdaderos traumas psicológicos son muy infrecuentes en la infancia. Las experiencias normales de una familia, incluyendo una muerte natural o una discusión, no causan un trauma psicológico (que significa, daño permanente que incapacita) a los niños. La resiliencia de los niños no es infinita, pero en muchos casos ante una dificultad emocional los niños desarrollan nuevas fortalezas, si tienen el apoyo y la orientación de un adulto que se preocupe.
4) Los niños interpretan activamente su experiencia. Los niños aprenden por sí mismos a dar sentido al mundo, son incisivos, resistentes a la manipulación y al engaño. Esta puede ser la característica de los niños que los adultos comprenden peor. La Psicología ha desacreditado la visión que tienen muchos padres de los niños como aprendices pasivos. Los niños dan forma a las situaciones y a las experiencias, tanto como éstas les dan forma a ellos. Esto supone que los “arreglos rápidos” no funcionan: “los niños sólo cambiarán su comportamiento cuando hacerlo tenga sentido para ellos”.

El autor considera que: a) estas disposiciones naturales se ignoran en las visiones populares de los niños de hoy día, y b) al ignorarlas los padres pueden abandonar la tarea de promover la responsabilidad personal y social en los niños. “Toda esta vigilancia bien intencionada crea una burbuja protectora que previene a los niños de ejercitar sus propias habilidades adaptativas y les desanima de desarrollar otras nuevas. Y lo que es todavía más destructivo, les envía a los niños el mensaje implícito de que son incapaces de aventurarse en el mundo y responsabilizarse” (p. 130) No es reconfortante para los niños que sus padres les hagan saber que son “infinitamente dependientes”. Los niños buscan responsabilidades reales y se sienten bien cuando los adultos se las proporcionan. Tienen además una capacidad natural para aprender de experiencias que están muy por encima de sus capacidades, como por ejemplo cuando escuchan conversaciones.

Las virtudes morales. El autor considera que hay un sentido moral intrínseco a nuestra especie (cita su libro “The Moral Child” y la obra de Wilson), basándose en la investigación de las capacidades morales de los niños. La teoría de la “elección racional” asume el interés personal como la base del comportamiento humano (la economía sostiene esta teoría). Etzioni, propuesta de una nueva economía, “The Moral Dimension”: todas las decisiones están sujetas a la sensibilidad moral. “Los sentimientos morales son una parte nuclear de quienes somos, cómo pensamos, cómo sentimos, cómo actuamos, en todas las esferas de la vida”. (p. 132). Cuatro sentimientos que son la base del desarrollo moral (Wilson): compasión, justicia, auto-control y deber. Signos de estos sentimientos aparecen universalmente en los niños muy pequeños, por lo que se puede asumir que son naturales. El autor considera que cada uno de los cuatro sentimientos representan una “clase completa” de emociones, intuiciones y sistemas de regulación presentes en el nacimiento, que predisponen a los niños a la conciencia moral. Hay cuatro procesos psicológicos que aseguran la conciencia moral desde edades tempranas: emociones morales, juicio moral, cognición social, comprensión de uno mismo. Son clases muy amplias de fenómenos psicológicos: reacciones afectivas (empatía, miedo, culpa); toma de decisiones sobre la conducta social y cómo evaluar cuestiones de justicia, cuidado, honestidad, responsabilidad, deber ético; concepciones del otro, del mundo social, de las forma de aprender de las interacciones sociales y de las relaciones sociales,; comprensión del pasado, el presente, el futuro, el autocontrol y la autorregulación. “En mayor o menor medida cada uno de estos procesos está activo en el nacimiento y se desarrolla a lo largo del curso de la vida (…) Cada uno de estos procesos tiene un papel único en disponer al niño hacia la implicación prosocial y alejarle de lo antisocial” (p. 133). Estos cuatro procesos están activos a lo largo de todo el desarrollo moral, y lo que es importante: proporcionan REDUNDANCIA al sistema moral, si falla un proceso, otro intercede para asegurar el acto moral. Entre las predisposiciones innatas prosociales está la constelación de reacciones emocionales de la empatía y la compasión: “estos estados de sentimiento interpersonal unen a unos niños con otros a través de un sentido de la respuesta compartida” (p. 134). Las raíces evolutivas de la empatía y la compasión están en la primera infancia, aunque hay diferentes opiniones, por ejemplo recién nacidos de dos o tres días se “contagian” del llanto de otros recién nacidos. Son por lo menos precursores de la empatía y la compasión. Kagan identifica cinco categorías de emociones morales que considera innatas a nuestra especie: 1) empatía, 2) miedo al castigo o a la desaprobación, 3) culpa, 4) aburrimiento o saturación del deseo, 5) ansiedad por la inconsistencia entre creencias y acciones. Kagan ha encontrado evidencias de la universalidad de estas emociones. “Si está en lo correcto – y estoy convencido de que lo está- esto significa que cada niño viene al mundo con un arsenal de sentimientos que le desaniman de herir a otros” (p. 135). Otras emociones morales que aparecen de forma temprana en el desarrollo del niño: vergüenza del comportamiento antisocial, culpa como emoción moral fundamental (concretamente en la regulación de las relaciones interpersonales), indignación por la injusticia, desprecio por la mala conducta de otros, orgullo por la buena conducta de uno mismo, horror al observar actos de violencia. “Con el tipo adecuado de experiencias sociales y de orientación, las emociones morales tempranas se desarrollan en poderosos sistemas de acción moral” (p. 136). Los niños nacen con sistemas de respuestas emocionales y además preparados para aprender sobre otras personas, sobre sí mismos, y sobre cómo relacionarse. “Las intrincadas interacciones que tienen lugar entre el bebé y la madre proporcionan clara indicación de que los bebés comienzan su vida con la capacidad de respuesta necesaria para mantener relaciones significativas con los demás” (p. 137). La investigación de Colwyn Trevarthen ha demostrado que los bebés saben cuando sus madres están sincronizadas con ellos, y cuando no, y muestran malestar cuando falta coordinación mutua. Son indicios de una “aguda conciencia de las normas de las interacciones y una sensibilidad a las vicisitudes de las relaciones de apego” (p. 137). Los niños muestran un tipo de comprensión social compleja que se conoce como “intersubjetividad”, por la capacidad que tienen para coordinar su actividad con otros. Otras metas sociales que tienen los bebés: mantener la proximidad con el cuidador, mantener un sentido de seguridad, y regular sus emociones. Muestran un deseo de conocer las normas que rigen las relaciones sociales y actuar apropiadamente. Desde que nace el niño se esfuerza por comprender el mundo social, impulsado por todos estos deseos naturales. Todos los logros del niño y el adolescente en la comprensión social se basan en las sensibilidades (awarenessess) del niño en el nacimiento o en la muy primera infancia. “Se ha establecido sin lugar a dudas la naturaleza socialmente sensible del comportamiento del recién nacido” (p. 138). Tres sistemas conceptuales en el desarrollo moral: cuidado por el bienestar de los demás, comprensión de la justicia, respeto por las normas. Aparecen en la primera infancia pero depende de un desarrollo posterior: la empatía y la compasión predisponen al niño pequeño al cuidado de los demás, y las habilidades sociales y cognitivas que adquiere más adelante le permite cuidar de los demás de forma eficaz y responsable. Lo mismo con la preocupación infantil por la justicia y las normas sociales. La conducta de un niño depende tanto de una cierta conciencia de las normas que tiene de manera innata en la primera infancia, como de los buenos hábitos aprendidos de la “aplicación consistente de las normas sociales”. Idealmente, junto a los hábitos debe haber reflexión. Los entornos que no tienen normas firmes ni expectativas no proporcionan al niño estas capacidades morales esenciales (buenos hábitos y conciencia reflexiva). Para el niño, esperar su turno o cumplir una norma, son actos que no van acompañados de un sentido del deber moral, pero suponen una base para aprender sobre la justicia. La experiencia del niño en sus relaciones más importantes determina el curso de su desarrollo. La autoridad del adulto tiene una función central en el crecimiento moral del niño, también son esenciales las relaciones con otros niños (seguir reglas, compartir, cooperar, ser honesto). El niño tiene una disposición natural a aprender, que se orientará en una dirección o en otra según cómo sean sus experiencias sociales. El desarrollo, en cada etapa vital, es la “historia de las relaciones sociales, y la orientación moral del niño es producto de esta historia, para bien o para mal” (p. 140). El sentido de uno mismo es un importante mediador entre el juicio moral y la conducta moral. A los seis meses el bebé muestra conciencia de ser distinto de otros y de tener una continuidad en el tiempo, entre 18 y 24 meses aprenden sobre sus propias características físicas y sobre cómo actúan. En la infancia y adolescencia el niño profundiza en el concepto de sí mismo; los valores morales tienen un papel cada vez más importante (a lo largo de la infancia y adolescencia) en la definición de uno mismo. En la infancia media el niño cambia su concepción de cómo están conectadas la moralidad y el yo: se dan cuenta de que DEBEN sentirse mal cuando actúan mal, la conexión pasa a ser vital y emocional, entre las normas morales y la conducta (responsabilidad personal). En la adolescencia algunos jóvenes reflexionan sobre el sentido moral de la vida (sense of purpose), descubren cómo pueden contribuir positivamente a la sociedad, lo que fundamenta su participación social y el optimismo. Se vinculan los compromisos personales con las creencias morales y el yo. Para otras personas la moralidad permanece en el margen de su identidad, sus preocupaciones principales pueden ser el bienestar material, el atractivo físico, el éxito profesional o el estatus social. Ser una persona buena y justa puede ser (pero puede también no ser) parte del yo esencial de un individuo. La mayoría de los adolescentes apartan las cuestiones morales de su sentido de sí mismos, “lo que debe preocuparnos porque parece demostrarse que la centralidad de la moralidad para el yo puede ser el factor que más poderosamente determine la concordancia entre el juicio moral y la conducta” (p 142). Las personas que razonan bien moralmente pero que no consideran la moral como algo esencial en su identidad mantienen menos compromisos morales. La “unidad del yo y la moralidad”, no pueden proporcionarla por sí solas las disposiciones naturales, ni tampoco la integridad entre la moral y el yo: “Es especialmente importante, en una cultura que eleva a prioridad el propio interés en y por sí mismo, proporcionar a los niños y jóvenes experiencias y enseñanza que establezca fuertes vínculos entre el yo y la moralidad. Solo de esta manera puede el potencial moral de las virtudes naturales del niño ser realizado” (p. 142).

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