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Banco Bibliográfico > GREATER EXPECTATIONS > Capitulo 8 : Paternidad

La respuesta

CAPITULO 8. Paternidad

Muchos padres tienen miedo de sus hijos hoy día, no un miedo físico, sino a que les maltraten emocionalmente cuando no se salen con la suya. Para mantenerse firme (hold the line) ante las manipulaciones emocionales que todos los niños ponen en práctica (p.e. rabietas), es necesario “un cierto grado de apoyo cultural y estar convencido de que se está haciendo un bien al niño” (p. 161). Sin esto, los padres ceden a la presión emocional, a las demandas del niño y a su preocupación de “no hacer lo suficiente por ellos”. Parte de la esta presión la sienten los padres ante la posibilidad de educar mal a sus hijos, no protegerles de los peligros del mundo, dañarles, etc… (son preocupaciones razonables hasta cierto punto). Pero también la presión proviene de una cultura educativa que actualmente está centrada en el niño, por ejemplo, si unos padres son más estrictos de lo habitual, pueden temer que su hijo no tenga amistades, porque es frecuente que los padres sean más bien permisivos. Otro ejemplo es la presión que sienten los padres por que sus hijos tengan tantos juguetes como los otros niños, o ropas a la moda. La presión puede provenir también de que los padres creen que su hijo tiene unos talentos extraordinarios (que no tienen otros niños), y quieren dedicarse por completo a que “no los pierda”. El autor considera que: “El desafío, y la alegría, de educar a los hijos estriba en descubrir y hacer emerger los asombrosos talentos que cada niño tiene” (p. 162). Los niños que consiguen lo que quieren mediante una rabieta aprenden en la adolescencia otras formas más sutiles de presionar emocionalmente a los padres, una de ellas es declararse en huelga, no hacer nada absolutamente hasta que consiguen lo que quieren: aprenden a no aceptar un “no” por respuesta y hacen lo que haga falta por conseguir sus caprichos.

Aunque los padres mantengan los limites, la cultura enseña a los niños que sus deseos son lo primero, que deben hacer todo lo posible por lograrlos: se les enseña a ser asertivos (defender sus intereses) frente a sus padres, quienes muchas veces terminan cediendo. Los padres sienten a menudo que no les a sus hijos todo lo que deberían, y tienen que educarles con muy poco apoyo social. Sienten un vacío en la vida familiar, las líneas espirituales que han unido a las generaciones creando conexiones y canales de comunicación parecen estar desapareciendo. Expertos e instituciones no pueden remediar esta situación, entre otras cosas porque han sido desprestigiados. El ejemplo más claro es la crítica a los profesores y las escuelas, que ha erosionado la confianza que los padres tenían en los educadores de sus hijos. Es necesaria una “carta de los niños y jóvenes” de toda la comunidad (community-wide), un consenso entre todas las personas importantes en la vida de un niño. La autoridad de las familias también ha disminuido, al perderse la credibilidad de las demás instituciones. “Mientras que hubo un tiempo en que el estatus de la paternidad llevaba consigo un legado de respeto automático, ahora es más probable que se vea con desconfianza, con un cierto grado de sospecha. Los vecinos se critican libremente unos a otros el estilo educativo en las conversaciones sobre la familia” (p. 165). Hay movimientos que quieren hacer responsables legalmente a los padres por la mala conducta de sus hijos. Los padres perciben que están perdiendo el control sobre sus familias, al mismo tiempo que la sociedad les critica por no responsabilizarse de sus hijos. La cultura actual sugiere a los padres que sus hijos son incompetentes, amorales y frágiles, y que no se les puede dar una enseñanza moral. Hay libros que recomiendan a los padres conceder a sus hijos el mismo “poder de negociación” que se supone corresponde a los padres, o no considerar las mentiras o robar como actos de significado moral (en los años preescolares, 5 y 6 años). Este tipo de educación de “conceder al niño” lo que es responsabilidad del padre, ha dado lugar a numerosos casos de niños fuera de control, que arruinan cualquier situación social sin que nadie pueda hacer nada por evitarlo. Etzioni: “una comunidad (sociedad) más respetuosa con los niños haría del hecho de ser padres una experiencia menos agotadora y más satisfactoria”. La decadencia cultural y la desintegración familiar se alimentan mutuamente: “ambas tendencias deben revertirse si pretendemos crear un clima más adecuado para educar a los niños”. En cualquier caso, ser buenos padres es posible, incluso en las circunstancias más difíciles. Hay muchos padres que están creando buenas familias, que promueven la competencia y el carácter en sus hijos, les orientan hacia creencias y propósitos. Utilizan métodos que funcionaron con generaciones anteriores, que siguen funcionando. El autor considera que hay unos principios socializadores que estimulan el crecimiento intelectual y moral de los niños. En las interacciones entre el niño y el adulto cada uno tiene sus objetivos, a los que deben orientarse con fuerza. El adulto tiene un objetivo añadido, que es enseñar unas normas o criterios al niño, que carece de ellos. Para lograrlo tiene que compartir algunos de los objetivos del niño y llevarle hacia habilidades y normas que son la “agenda” de socialización del adulto. El padre debe centrarse en los intereses del niño y en guiarle según sus criterios. Mantener la atención en estos dos objetivos es lo que resulta muy complicado para muchos adultos. La interacción dinámica entre las perspectivas del adulto y del niño da lugar a la influencia permanente y constructiva. El estilo educativo responsable (authoritative parenting) ayuda a los niños a desarrollar “competencia instrumental” y “responsabilidad personal y social”: las virtudes de la competencia y el carácter en la terminología del autor. Los estilos autoritario y permisivo tienden a no preparar al niño para ese crecimiento, uno porque no da razones para las normas a cumplir, y el otro porque deja al niño sin dirección, sometido a sus impulsos. El estilo responsable construye un puente comunicativo hacia el niño, al mismo tiempo que le dirige a las normas y habilidades del adulto. Se enfatizan la comunicación y el control, el respeto al niño y el compromiso con las normas del adulto. “La socialización no proviene enteramente desde fuera: de muchas maneras los niños quieren precisamente las mismas habilidades y normas que los padres quieren transmitirles” (p. 174). La socialización no es una demanda externa (de los padres) contra la voluntad del niño. Cuando el padre empatiza con los objetivos del niño y tiene además sus propósitos (lo que quiere conseguir en la educación de su hijo), la combinación es adecuada para socializar al niño. Los padres tienen otros intereses en la vida además de sus hijos, y es bueno que los niños perciban estas necesidades de sus padres. Son las metas de los padres, que cuando se expresan de manera abierta pueden hacer que el niño vea más allá de sí mismo: hay otras personas en el mundo con necesidades que deben tenerse en cuenta, además de las propias. Los padres necesitan que los hijos cooperen, ayuden y sean serviciales, y todo esto contribuye a desarrollar la responsabilidad social en los niños. Es falso cuando los padres afirman que todo lo hacen en el interés del niño, también tienen sus propias metas. La disciplina es uno de los temas en que más se han confundido las cosas: se puede educar a los niños con una disciplina firme y con razonamientos, con control y comunicación en las normas familiares. Este es el estilo educativo responsable, que conlleva autoridad del padre o la madre, participación respetuosa, participación guiada y otras formas de socialización. La orientación externa que necesitan los niños debe estar sostenida por disciplina y control razonables. La disciplina no es eficaz cuando supone una afirmación de poder (estilo autoritario) ni cuando significa retirada del cariño, pero sí cuando conlleva inducción o “internalización de la información” (Hoffman). Estas últimas formas de disciplina inducen a los niños a interiorizar información clave sobre las normas de los padres, y son las que de forma duradera logran cambiar las actitudes y el comportamiento de los niños. Comprenden y aceptan las normas que los padres les comunican, y no se centran sólo en los castigos. Lo que más claramente debe percibir el niño es la actitud que el padre quiere enseñarle, no el castigo. El niño, en el caso ideal, asume de corazón esa norma o actitud. Se interiorizan así de forma permanente hábitos morales y normas. El niño se ha comportado mal, el padre interrumpe su acción, puede castigarle o no, pero sí además razona con el niño cual es el efecto de ese comportamiento sobre los demás, es probable que aprenda a no comportarse así, incluso cuando el padre no está. La inducción puede hacerse de varias formas: enfatizar los efectos del comportamiento, o la injusticia que supone para los demás, o el efecto psicológico que producen. Se favorece la preocupación del niño por los demás. Le enseña a comprender la causalidad interpersonal. Para inducir esta interiorización de las normas, hay que llevar al niño a un estado óptimo de atención, lo que puede lograrse con avisos, desaprobaciones, decepción u otras sanciones por parte del padre, pero siempre de forma muy moderada. Sin sanciones, el niño puede no estar atento al mensaje sobre su comportamiento, no tomarlo en serio. Si el castigo es muy severo, captará toda la atención del niño y será difícil razonar con él o explicarle nada. El autor considera otro error oponer la interiorización de las normas a la obediencia (compliance), porque sin un acto inicial de obediencia no puede darse interiorización. Lepper ha investigado este tipo de aprendizaje social y propone el principio de “mínima suficiencia” (minimal sufficiency): “los métodos más efectivos para mejorar permanentemente el comportamiento de un niño son aquellos que se aplican con la coacción o la recompensa imprescindibles para implicar al niño en un nuevo comportamiento, pero no con tanta coacción o recompensa como para que esto el parezca lo más importante de la experiencia” (p. 183). Las normas que el adulto quiere promover deben destacar sobre las sanciones o las recompensas, para que el niño interiorice esas normas. Los padres con un estilo autoritario utilizan este principio, logrando (mayor probabilidad) que sus hijos se comporten responsablemente. Las tácticas de disciplina no deben centrar la atención del niño, sino que deben hacerlo las normas en sí mismas, sus razones, para que pueda incorporarlas a su repertorio de actitudes. “En cada una de estas estrategias la influencia duradera sobre el comportamiento del niño se logra mediante unos controles familiares consistentes y razonables, junto con unas comunicación claras de los padres al niño sobre el significado moral de esos controles” (p. 184). Por otra parte, los elogios y las recompensas son tan importantes para la disciplina como las sanciones: se controla el comportamiento del niño y se le comunican normas u otros mensajes morales de esta forma. De nuevo, el peligro está en un exceso de elogios al niño, que no se correspondan con su comportamiento, algo que esté muy presente en nuestra cultura. Los niños a los que se les elogia continuamente terminan comportándose bien sólo por ese motivo. El propósito del niño debe ser distinto a la “inducción” que lleva a cabo el padre en la disciplina: aprender, ayudar, disfrutar, etc… El propósito no lo crea la disciplina, lo que hace es apoyar el esfuerzo del niño, por eso debe ser moderada y referida a otros propósitos mayores. La finalidad no es influir en el niño, sino que mediante esa influencia el padre lo que hace es guiarle en la dirección del crecimiento intelectual y moral.

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