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Banco Bibliográfico > MENTES DIFERENTES, APRENDIZAJES DIFERENTES > Capitulo 3 : Dirigir la mente. El sistema de control de la atención

I

CAPITULO 3. Dirigir la mente. El sistema de control de la atención

Hay niños muy inteligentes, con ideas brillantes, que no tienen buenos resultados en los estudios porque no controlan la atención. La mente con talento necesita de un buen director de orquesta, un equipo de funciones cerebrales que el autor y sus colaboradores denominan “controles de la atención”. Cuando hay fallos de atención los efectos en el comportamiento pueden ser problemáticos. Los niños con los controles de la atención mal ajustados no tienen culpa de ser desordenados o malos estudiantes. Cuando los controles actúan el niño puede aprender, ser productivo y comportarse bien. Cuando hay disfunciones suele producirse un caos en el aprendizaje y en la vida familiar. “Me salen las cosas tan deprisa que después no me puedo creer que las haya hecho: siempre me pasa”, dice un niño con esta disfunción. El autor afirma que los niños que tienen problemas con los controles de la atención suelen compensarlos con alguna cualidad destacada. No se puede pasar esto por alto. Pueden ser niños con muchos recursos neuroevolutivos que sin embargo son imprevisibles en su comportamiento y en su rendimiento escolar. Suelen ser niños impulsivos (por la debilidad de su sistema de control de la atención), que constantemente buscan estímulos, diversión, algo nuevo para jugar y provocar líos. Sus padres pueden quererles mucho pero no les gusta cómo se comportan. Pueden ser buenos con ideas y nociones generales, pero tener problemas con detalles que requieren atención, pequeños pero esenciales. Puede olvidar sus deberes o ser incapaz de estar sentado en su silla trabajando. Además, es normal que terminan buscando la atención constante de sus padres. Los demás niños se cansan también de su comportamiento desordenado. Hay técnicas para dominar los controles de la atención, como susurrarse a sí mismo lo que está escuchando, repasar los trabajos escolares para ver si hay errores, o planificar sus tareas con tiempo. O también preguntarse antes de hacer algo si es la mejor manera de hacerlo, si es lo mejor que puede hacer en ese momento. Además, cuando son niños con cualidades destacables en otros campos de su inteligencia, hay que hacerles conscientes de ello, para que aprendan a utilizarlas bien. Puede tratarse de niños con una forma de pensar muy original. En otros casos, el problema aparece al escribir, porque es una actividad que requiere un control de la atención muy firme, para expresar pensamientos por escrito (es una de las “piezas más complejas que la orquesta de una mente infantil puede tener que interpretar”). Lo normal es que a un niño con esta dificultad le consideren perezoso, cuando no lo es. Se les puede ayudar enseñándoles a escribir por etapas: meditar sus ideas y descansar, anotar las ideas esenciales y descansar, organizar esas ideas y descansar, escribir un borrador sin preocuparse más que del sentido, y por último corregir la ortografía, la puntuación, la limpieza del texto. A otros niños les cuesta irse a dormir, son problemas para regular el sueño, frecuentes cuando hay un débil control de la atención. La calidad y cantidad del sueño está claramente relacionada con el rendimiento escolar. Las dificultades de atención pueden provocar también un rendimiento escolar muy irregular, unos días lo hacen muy bien y al siguiente es un desastre – esto les confunde y les hace sentir ansiedad-. El autor enfatiza un aspecto que suele pasarse por alto: suelen ser personas excepcionales, que piensan “de otra manera”, que presentan variaciones de la mente humana, NO DESVIACIONES, no son anormales ni retrasados: por este motivo no le parece conveniente aplicar las siglas TDA o TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad). “La mayoría de estos niños tienen más virtudes que defectos” (p. 67) Muchos terminan siendo adultos extraordinarios, si se les ayuda a conseguirlo.
Hay tres formas de control de la atención: control de la energía mental, control de la entrada o admisión de información y otros estímulos, control de la salida o producción (actuación en general, conducta). Cada una de las tres formas de control consta de un equipo de funciones neuroevolutivas con funciones muy concretas.

1. Controles de la energía mental. Consiste en controlar el flujo de energía mental (tanto a nivel biológico como psicológico). Se basa en cuatro funciones neuroevolutivas:

- Control del estado de alerta. Sintonizar con la actividad escolar, escuchar bien las cosas. Es la capacidad para mantenerse alerta, movilizando la energía mental necesaria. Cuando este control se debilita aparece la fatiga mental. Estos niños no dirán en casa: “no consigo mantener el nivel de alerta en clase”, sino que dirán seguramente, “la escuela es un rollo”. Es muy fácil ponerles en aprietos al pedirles algo que no pueden hacer. Suelen ser niños excesivamente activos, como si tratasen de compensar con energía física la carencia de energía mental. Necesitan profesores comprensivos y que les den oportunidades de lograr cosas.

- Control del esfuerzo mental. Hacer algo que no tenemos ganas de hacer requiere movilizar mucha energía. Es necesario esforzarse para que la mente realice la tarea, tenga el aguante necesario para diferir gratificaciones y emprender actividades mentales exigentes, aunque sean aburridas. Para algunos niños este esfuerzo les resulta muy difícil, se les tiene por perezosos, cuando en realidad lo que les cuesta es “generar y mantener el esfuerzo mental”. Suele haber “batallas” cotidianas por hacer los deberes. Hay que ser comprensivos con esta dificultad, pero recordando que el estudio y los deberes pueden ser, precisamente, la base sobre la que desarrollar un mayor control del esfuerzo mental. Hay que establecer en casa normas claras de trabajo y disciplina. Se les puede ayudar con: apoyo al empezar una tarea, un entorno de trabajo tranquilo y descansos frecuentes.

- Control del sueño-vigilia. Niños que a la hora de irse a dormir tienen energía de sobra. La regulación estricta del sueño y la vigilia es un componente esencial del control de la energía mental. Hay que dormir lo suficiente para un funcionamiento óptimo del cerebro en la escuela. Cuando no es así, los alumnos suelen mostrar signos evidentes de fatiga mental y tienen problemas para concentrarse.

- Control de la constancia. “¡Tengo un cerebro muy bueno; lo que pasa es que tiene apagones!”, dice un niño. El caso típico es un niño que un día saca un diez en un examen y al día siguiente, en la misma materia, suspende. Los profesores suelen decir que es porque no quiere, que tiene capacidad de sobra. No comprenden que se trata de una dificultad para reunir la energía mental para las tareas escolares de forma constante. Su inconstancia les desalienta y hay que ayudarles a superarla, pero no de un día para otro, sino poco a poco y sabiendo que no se trata de falta de actitud.

2. Controles de la entrada o admisión. La función de estos controles es “preparar la mente para pensar y hacer el mejor uso de los datos, las ideas y las experiencias disponibles, tanto si son nuevas como si se deben recordar” (p. 75).

- Control de la selección. Hay muchos detalles que llaman la atención del alumno en un día normal de escuela, mezclándose con la información importante que deben aprender. Este control filtra y elimina los estímulos que no merece la pena admitir en el cerebro (no pertinentes), dejando que lleguen a la conciencia sólo unos estímulos y en un siguiente paso dejando penetrar lo suficiente los más relevantes, para ser comprendidos y recordados, o para utilizarlos. No interpretamos todo lo que vemos y oímos en una situación de aprendizaje, sino sólo los mejores elementos (los más oportunos para la situación). La capacidad mental para recibir nueva información es muy limitada, la “entrada” a la conciencia es estrecha y el espacio es limitado. Por eso este control debe ser muy preciso. Por este motivo algunos niños se retrasan en la escuela: “Mi cabeza es como una tele, pero sin mando, es como si viera todos los programas a la vez”, dice un niño. Las personas distraídas no consiguen rechazar recuerdos o sensaciones que no son relevantes en esa situación. Se distraen mirando por la ventana en clase, o por un ruido, o les distraen sus propios recuerdos. En otros casos, lo que les preocupa es el futuro: qué haremos dentro de un rato, cuando termina la clase, etc… Las personas con problemas en la “detección de la importancia” se fijan en lo importante, pero en aspectos erróneos de lo que están observando: cuando estudian, no saben qué es lo importante y cuales son los detalles menos relevantes del tema. “Todo se me junta en la cabeza, no hay nada que destaque por encima de lo demás”. Se les puede ayudar a ser conscientes de qué es lo importante en un texto (subrayando, resumiendo, reflexionando). Lo que pueden hacer las personas con dificultades en el control de la selección es comprender que se distraen y darse cuenta de en qué momentos no están fijando su atención donde deben. Los niños pueden controlar por sí mismos su distracción cuando saben lo que es y cuando se produce.

- Control de la profundidad y el detalle. “Lo que le decimos le entra por un oído y le sale por el otro”, se quejan los padres o profesores. Son niños que examinan la información superficialmente y tienen dificultades para retenerla en la memoria a corto plazo. Suelen tener buena capacidad para captar imágenes generales pero no observan los detalles. Una actividad para ayudarles es la “caza del tesoro de los pequeños detalles”. Otros estudiantes dejan que la información llegue demasiado profundamente a su conciencia, son perfeccionisas, se fijan en los detalles, pero obvian los temas globales. Hay una profundidad óptima para examinar la información entrante, con un nivel de detalle adecuado. Los adultos solemos tener una mente con más tendencia a una cosa o la otra.

- Control de la actividad mental. Una mente activa utiliza la información nueva asociándola con lo que ya sabe, establece conexiones. Es un aspecto esencial del control de la atención. Un estudiante con buen control de la actividad mental puede establecer de tres a cinco relaciones entre un nuevo dato y lo que ya conoce. Así logra que las nuevas entradas sean más significativas, conexas e interesantes. La mente pasiva no puede evitar aburrirse. Son niños que experimentan toda la enseñanza como algo sin sentido en relación a su vida: nada se relaciona con nada, la información ronda superficialmente sin RESONAR con nada. Hay que ayudarles a que sus procesos de pensamiento suban de revoluciones en clase, enseñarles a preguntarse: ¿Cómo se relaciona esto con lo otro?, ¿Cómo cambia mi manera de pensar?, ¿Qué otras cosas me recuerda? Los padres y profesores deben fomentar esta actividad mental. Otros niños son soñadores, establecen enseguida conexiones imprecisas y su mente vuela mientras están en clase. Se suele decir que viven en “su propio mundo”. Pueden ser niños muy originales e imaginativos, pero hay que recordarles la necesidad de “aterrizar” cuando tiene que estar atento. “En la mayoría de los casos de problemas para controlar la atención no intento eliminar ningún rasgo por completo (y probablemente tampoco podría). Lo que hago es ayudar a los padres y a los enseñantes a intentar encauzarlo, o en otros casos, a reprogramarlo” (p. 85).

- Control del período de atención. Niños con un período de atención corto, que no se concentran durante mucho rato, o por el contrario, niños que se concentran excesivamente, generalmente en lo menos importante. Lo que necesitan es ser capaces de iniciar, detener y reorientar su atención cuando es necesario, pueden así pasar de una tarea a otra distinta sin problemas. Puede ser útil utilizar un cronómetro para que sepan el tiempo que van a tener que estar concentrados en esa actividad. Darles descansos para que puedan reponer sus procesos de pensamiento. “En realidad, creo que todos los niños deberían aprender a saber cuándo deben parar y dar a su mente un refrescante descanso” (p. 86).

- Control de la satisfacción. Decidir en qué concentrar la atención, qué le proporcionará satisfacción y qué tarea tendrá que realizar. Bastantes niños con problemas para controlar la atención no son capaces de atender más que a estímulos que les ofrezcan gratificaciones inmediatas (se les describe como insaciables). Suelen ser niños que se inquietan cuando en clase todos están concentrados, por eso se ponen a armar jaleo. Otro aspecto son los niños insaciables ante cosas materiales, quieren tener más y más cosas. Una estrategia puede ser enseñarles a coleccionar cosas. Pueden ser también insaciables de experiencias fuertes, de estímulos intensos. O piensan que podrían estar haciendo algo más divertido mientras están en clase. Como resultado, nunca llegan a conseguir un objetivo a largo plazo. Les puede ayudar emprender cosas útiles, como crear una página web, crear un servicio de reparto o cualquier actividad que les permita transformar su “insaciabilidad” en una ambición sana. Los deportes de equipo también pueden ayudarles. Aunque siempre es necesario establecer unos límites claros para todas sus actividades.

3. Controles de la salida o producción. “Pierde el control y ya está: se limita a hacer las cosas sin pensarlas”. El control de la salida mejora los productos y acciones. Depende también del control de entrada (mensajes relevantes para actuar). Cuando el control de salida es eficaz, el niño ahorra mucha energía mental: cuando ya sabes tocar un instrumento se necesita mucha menos energía para hacerlo bien. Estos controles consisten en supervisar y regular la calidad del rendimiento conductual, social y escolar. “De este modo los niños planifican lo que hacen en lugar de actuar como títeres bajo el poder de sus impulsos” (p. 90)

- Control de la previsión. Reflexionar para prever el resultado de lo que vamos a hacer. Son “gafas mentales” que nos permiten predecir, conjeturar, planificar. Podemos así suspender o cambiar un plan. Los niños con dificultades en este tipo de control, cuando empiezan un trabajo escolar no saben “hacia dónde dirigir sus esfuerzos”. La capacidad de previsión es esencial para aprender y se debería enseñar en la escuela. Los alumnos deberían planificar sus trabajos: esquema del aspecto que tendrá al terminarlo, entregar planes de trabajo (descripción del resultado final). Tendrían que redactar primero el último párrafo de un trabajo y tenerlo presente para controlar su progreso hacia esa meta. Los estudiantes que leen bien prevén mientras leen lo que viene a continuación. Hay niños que pueden tener una buena capacidad de previsión en un área concreta (por ejemplo, carpintería) y debemos aprovechar para compensar otras carencias.

- Control de las opciones. Elegir entre varias opciones disponibles. Idealmente, elegir la mejor opción y rechazar las demás. Para sopesar una decisión un niño tiene que ser capaz de inhibir sus respuestas iniciales, contener sus reacciones, controlar los impulsos que pueden ser desacertados o peligrosos. Es lo que conocemos como prudencia o buen juicio. Cuando el control de la atención es deficiente los niños no son capaces de preguntarse antes de actuar: ¿Cual puede ser la mejor manera de conseguir lo que me propongo?, ¿y de resolver un problema?. Actúan impulsivamente o aprenden a base de errores. Abordan los problemas sin reflexionar previamente (también en las tareas escolares). En la escuela los niños tendrían que aprender a tomar decisiones “basándose en la consideración consciente de las opciones disponibles”.

- Control del ritmo. Niños que van siempre “acelerados” Este control les falla, y pueden actuar demasiado deprisa o demasiado despacio. Sus velocidades de actuación física y mental no van al mismo ritmo. Los niños con hiperactividad tienden a “subir de revoluciones”, mientras que las niñas con este problema psicológico suelen ir “al ralentí”. El ritmo comprende también la sincronización. Para escribir, por ejemplo, hay que sincronizar varios componentes. Por eso muchos estudiantes con dificultades en el control de la salida sienten que escribir es una forma de castigo: como si fuese una orquesta demasiado grande para dirigirla. Se puede ayudar a los niños con estas dificultades a fijarse planes para hacer una cosa cada vez: hacer sus trabajos por etapas, elaborarse planes de trabajo muy bien pensados (en realidad todos los niños hacen mejor las cosas cuando las planifican). El autor indica un asunto importante: “Todos los controles que hemos visto hasta ahora – previsión, opciones y ritmo- sirven para que reduzcamos la marcha y seamos más reflexivos. Si a la falta de previsión le añadimos la ausencia de opciones (es decir, hacer lo primero que nos venga a la cabeza) y un ritmo frenético, obtendremos una actitud o característica muy conocida llamada impulsividad, la que tanto sabotea la conducta cotidiana de algunos niños” (p. 94).

- Control de la calidad. Consiste en irse preguntando mientras haces un trabajo o cualquier actividad: ¿Voy bien? ¿Debo modificar mis métodos y estrategias? ¿Será mejor poner fin a esta actividad? Hay niños que tienden a pasar por alto la retroalimentación. Cuando un alumno está tratando de comprender algo en clase y dice “es que no me entero”, esto indica un excelente control de la calidad del pensamiento (se da cuenta de lo que no comprende). Los profesores y los padres tendrían que destacar la autoevaluación, con el objetivo de que los alumnos desarrollen la capacidad de autocrítica en sus trabajos. Hay profesores que enseñan a los alumnos a evaluarse a sí mismos, a volver a leer sus trabajos para ver si hay errores y corregirlos, a fijarse en la calidad del trabajo que hacen.

- Control del refuerzo. Consiste en el impacto que la experiencia anterior tiene sobre el pensamiento actual. Hay niños que parecen no aprender de la experiencia, ya sea positiva o negativa. Se les puede ayudar llevando un diario de lo que les pasa, recordando lo que ha vivido durante el día para sacar conclusiones sobre lo que ha hecho bien y mal. Al final el niño tiene que darse consejos a sí mismo.

¿Cuales son las consecuencias de los controles de la atención? Afecta al aprendizaje, a la conducta, a las relaciones sociales, a la imagen que el niño tiene de sí mismo y que tienen sus padres de él. Los niños con problemas de control de la atención sufren mucho, y sus educadores se encuentran ante grandes dificultades, los padres se decepcionan. Los niños impulsivos actúan sin pensar para luego arrepentirse. Sienten tristeza, angustia, se sienten ineptos e incompetentes. Los padres sienten que “han fallado en algo”. Hay que “procurar que sus padres comprendan que a su mente (de su hijo) no le pasa nada malo, que sus virtudes se acabarán imponiendo. Debemos infundir optimismo y ayudar a estos niños a sentirse respetados” (p. 97).
¿Cómo evolucionan los controles de la atención? Deben actuar de distintas maneras a edades diferentes. En la primera infancia se desarrolla rápidamente el control de la energía mental (relación entre el equilibrio sueño-vigilia y la capacidad de atención). En los primeros cursos escolares los niños deben ser capaces de “movilizar su energía mental en los momentos oportunos de la jornada escolar” – por ejemplo, ser capaces de estarse sentados en su silla, algo que para muchos niños es muy complicado-. En segundo de primaria ya han aprendido a diferir la gratificación y controlan adecuadamente su esfuerzo intelectual. Más adelante, en primaria, mejoran claramente los controles de entrada (superar las distracciones). En tercero de primaria desarrollan el control sobre la entrada de información para concentrarse o pasar de una cosa a otra. En la pubertad y más tarde maduran los controles de salida, que deben funcionar cada vez con más lentitud: “una producción bien controlada exige que la mente adolescente funcione despacio, que sea más reflexiva que impulsiva, que se piense las cosas y no haga lo primero que se le ocurra” (p. 98). El autor considera un error que los centros de secundaria les enseñen a hacer las cosas lo más rápido posible. “Este frenético ritmo pedagógico es totalmente contrario a lo que los cerebros de los estudiantes se esfuerzan por llegar a ser” (p.- 99). Los controles de salida tienen que decelerar el pensamiento, la toma de decisiones y la producción, para que los adolescentes sean reflexivos en lugar de impulsivos: habría que enseñar a los alumnos a TRABAJAR DESPACIO.
Pag. 100: Cuestionario de diagnóstico para los padres, para identificar los debilidades del niño en el control de la atención.
Recomendaciones:
- Analizar y cultivar los catorce controles de la atención (padres y educadores)
- Ayudar a sus alumnos a concentrarse y a pensar antes de actuar, a tener conciencia de sus controles de atención
- Los niños con problemas para controlar su atención son un grupo heterogéneo, hay incontables variaciones, pueden funcionar bien en unos contextos y en otros no
- Un niño cuyos controles de la atención no funcionan bien no es malo, sino que necesita que le ayuden a hacerse con el control
- Lo contrario de la impulsividad es la aptitud para resolver problemas, tienen que aprender y poner en práctica un método sistemático para afrontar retos y dificultades
- No perder de vista las cosas positivas que acompañan al déficit de atención
- Los rasgos asociados a disfunciones de la atención pueden ser imposibles de eliminar y lo que se puede hacer es encauzarlos constructivamente
- Los problemas de atención suelen darse junto a otros problemas (lenguaje, memoria o pensamiento social)
- La atención es frágil e intrincada, puede verse afectada por factores físicos o mentales
- Decir que un niño con problemas de atención es simplemente perezoso, es culparle por su manera de ser. Lo que necesita es comprender cual es el problema, que no tiene culpa y de ese modo puede decidir aprender a controlarse. “Necesitan nuestra comprensión y apoyo, pero al mismo tiempo, que LES HAGAMOS RESPONSABLES DE PROCURAR MEJORAR SUS CONTROLES DE LA ATENCIÓN” (p. 104)

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