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Banco Bibliográfico > Padres permisivos, hijos tiranos > Capitulo 4 : La madre segura y el padre confuso

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CAPITULO 4. La madre segura y el padre confuso

Durante toda la historia se ha favorecido que la mujer sea la que tiene las certezas y el hombre la confusión. Naouri intenta clarificar esta afirmación en este capítulo.

La maternidad es función de la madre, y pretender que sea asumida por un ser que no es femenino es un error. La madre no es intercambiable. La madre tiene su lugar igual que el padre y estos dos personajes son igualmente indispensables para la salud física y la “correcta estructura psíquica del niño”.

Es frecuente ver a los hombre mirar a las mujeres, e igualmente es frecuente ver a las mujeres mirar fotos de otras mujeres que van destinadas a hacerlas creer que todavía tienen mucho que hacer para llegar a ser atractivas. Sin embargo también es cierto que las mujeres, el ser femenino logra con su presencia despertar la mirada de todos al captar una energía de vida muy útil a todos.

Desde la misma anatomía femenina vemos que el cuerpo femenino está preparado para procrear. Los medios de contracepción han hecho que su potencial quede a un lado. De hecho hay tribus africanas que cuando la mujer llega a la menopausia se la deja hacer las funciones de padre de un hijo engendrado por una mujer y un hombre que ella elija y dejarle sus bienes. Como si el hecho de ya no poder tener hijos la confiriera el puesto de hombre.

Cuando vemos a las niñas consolando a un bebe que llora y al niño aprovechando para darle un “mamporro” tenemos la prueba de que algo en la niña la llama a proteger al bebe. Y no es solamente algo que le viene de la sociedad como algunos dicen sino algo que se gesta en el mismo momento del desarrollo embrionario. Naouri agrupa todas estas características biológicas y de conducta bajo el nombre de “lógica del embarazo”.

Las mujeres y los hombres se enfrentan de forma diferente con la muerte. Las mujeres están menos oprimidas por la angustia de muerte, la sienten, pero mucho menos. Prueba de ello son las reacciones de las enfermas en los hospitales mucho menos fuertes que las reacciones de los hombres en las mismas circunstancias. Pero cuando se convierten en madres se acabó para ellas esa serenidad relativa. “Se convierten en insoportables, imposibles, poco razonables” Además parir un hijo no es igual que parir una hija. De hecho, hay sociedades en el norte de África que emplean palabras distintas para el hecho de parir un hijo o una hija. Ciertamente la angustia de muerte se despierta en mayor grado con un hijo varón. Por un lado los hijos varones son más frágiles físicamente y además el cuerpo del niño le es más extraño a la madre que el de la niña y se siente más torpe ante él. Y de hecho podemos ver como se empeña incesantemente en cumplir su función de modo eficaz, en que al niño no le falte de nada.

A continuación nos narra un caso de una mujer con un problema obsesivo relativo a la limpieza y a la seguridad de su bebé que inclusó consiguió que la dejaran salir de los exámenes de la facultad a medias, tras reanudar sus estudios, para darle el pecho al niño.

Si se satisfacen las necesidades del niño antes de que él las sienta, el problema es que no dejamos al niño percibir esas necesidades. Se siente atiborrado de comida antes de percibir siquiera lo que es el hambre. Hay que dejar que el niño sienta carencia para que sienta también el deseo y la necesidad. El niño queda ligado a la dependencia de la madre y a la dependencia del placer y totalmente alienado a ella. Sentir la carencia es la única manera de no volverse adicto al placer. Los niños de hoy están acostumbrados a tenerlo todo inmediatamente y por tanto a no sentir esa necesidad. Este es el caso de la viñeta anterior de la madre obsesiva en donde el niño, está seguro Naouri, será un futuro tirano y un adicto al placer.

Con todas estas diferencias entre hombres y mujeres ha sido casi un milagro que haya podido unirse en matrimonio y compartir sus vidas. En cualquier caso es paradójico que la mujer con su lado secreto, discreto, misterioso y confuso pueda convertirse en una madre segura y el hombre con sus seguridad, y su forma visible y flagrante sea un padre tan confundido incapaz de asumir su posición más que equivocándose. El hombre quiere lograr su papel, conseguir su lugar pero no deja de ser un bruto egoísta que busca sus satisfacción. Esa es su gran tragedia.

El hombre siente que solo puede servir a su hijo “mediante la capacidad, de inscribir correctamente a este hijo en el tiempo, de devolver este hijo al tiempo”. La triangulación que se ha construido entre padres e hijo es una construcción ficticia, irreal, donde se piensa que ambos tienen lo mismo que aportar al hijo. Toda esta situación peligrosa ha dado lugar a dos posturas: por un lado el padre vengativo que quiere hacer valer sus derechos y cree poder adueñarse de la certeza de la madre; y por otra el padre seductor que entra en competición con la madre tomándola como modelo para ello. Naouri critica lo que el considera un ejemplo de estas actitudes. Critica la ley de Marzo de 2002 por la que los padres separados franceses obtenían guardias alternas de bebes de meses cuando tenían tanta necesidad de sus madres.

A continuación el autor expone algunos casos clínicos.

El primer caso es el de un padre que cuando su hijo era pequeño le decía que él le quería más que su madre y cuando se separó de esta le llamaba para contarle lo triste que estaba y lo mal que lo estaba pasando.

El segundo es el caso de un hombre que tras enterarse de la infidelidad de su mujer se separa de ella. Después de hacerlo pide como condición que quiere poder hablar todas las tardes con sus hijos. Una día su mujer descubre lo que les dice durante esas conversaciones en las que les alienta para que desconfíen de su madre con todo tipo de descalificaciones hacia ella.

El tercer caso es el de un hombre que exige que un determinado número de veces su mujer extraiga la leche de su pecho, la introduzca en un biberón y que sea él el que amamante al niño que ha tenido con ella.

El cuarto caso es el de un hombre que cuando era pequeño su padre maltrataba a su madre que además antes de morir le confesó que no era su verdadero padre. De mayor se dedicaba a mantener relaciones amorosas con muchas mujeres a la vez todas ellas madres solteras que acababan de tener un hijo para sentirse padre de todos esos niños.

Lo que Naouri encuentra de común en todos estos casos es un padre que “inventa su solución frente a una compañera que se ha convertido en detestable y temible desde el momento en que se mueve en un decorado sobre cuyo fondo sigue apareciendo la sombra de otra madre, la suya propia, y que sigue retumbando en sus oídos el ruido del combate en el que ha visto derrotado a su padre”

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