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Banco Bibliográfico > APPROACHES TO POSITIVE YOUTH DEVELOPMENT > Capitulo 13 : Activismo político de los jóvenes. Fuentes de esperanza común en el contexto de la globalización.

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CAPITULO 13. Activismo político de los jóvenes. Fuentes de esperanza común en el contexto de la globalización.

“Los jóvenes tienen una visión única del futuro, porque sus aspiraciones personales están íntimamente conectadas con las posibilidades futuras que imaginan” (p. 252) Los proyectos de activismo social nos indican qué temas deben interesarnos en los programas de desarrollo de los jóvenes: las interconexiones entre unas vidas y otras, la fragilidad de los recursos y la irresponsabilidad en su uso, las desigualdades en la distribución de recursos y su transformación en una sociedad justa, la erosión del bien común, y las esperanzas en mundo organizado alrededor de nuevos valores. La globalización supone nuevas oportunidades, es además un cambio en el contrato social de los jóvenes: los estados del bienestar tienen un menor peso en las relaciones sociales, y el riesgo se ha convertido en una realidad individual: las incertidumbres respecto del trabajo, su relación con la identidad y el modo de vida de los jóvenes. Los trabajos son más de tiempo parcial, contratos para realizar un proyecto contingente y con una menor seguridad para el futuro. Esto entre jóvenes de Norteamérica y Europa. El cambio en la sociedad hacia una nueva forma de producción debe ir acompañado de una formación más flexible, como ha hecho Alemania con sus sistemas de formación profesional: entre los nuevos campos emergentes en la economía y el entrenamiento disponible todavía hay que saltar una brecha.

Entre los jóvenes con menos recursos socioeconómicos en sus familias estos cambios están teniendo un peso mayor: tienen menos oportunidades y menos recursos para construir sus vidas. No se puede ignorar esta realidad: hay jóvenes que en el momento de realizar esta transición “caen en las brechas” que tiene abiertas la sociedad. Ha aumentado en Europa y en Norte América la proporción de chicos entre 15 y 19 años, y entre 18 y 24 años, que no están participando de la sociedad, porque fracasan en los estudios o porque no tienen títulos universitarios, profesionales, ni tampoco trabajo. El problema que surge en la aplicación de los PYD es que hay comunidades que no tienen los recursos mínimos necesarios para promover un buen desarrollo de los adolescentes. Si el discurso de los factores de riesgo y los recursos olvida las condiciones sociales de injusticia o desigualdad, no tiene efectividad.

Hay jóvenes que son muy conscientes de estas desigualdades y que incluso son activistas para reducirlas. Los valores y las visiones políticas forman parte de la prueba sobre la validez de los programas de PYD, la ciencia social tiene que someter sus perspectivas a prueba. En este caso, hay que tener la perspectiva de “todos los jóvenes”, y no de “jóvenes en riesgo”, porque de ese modo se les marginaliza. Los científicos sociales tienen una tarea política que hacer, propia de la educación liberal, para convertir problemas personales en cuestiones públicas y cuestiones públicas en su significado para los individuos (Mills, 1959).

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