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Banco Bibliográfico > CHILDREN AND EMOTION. Basil Blackwell, Ltd > Capitulo 4 : El orgullo, la vergüenza y la culpa

CAPITULO 4. El orgullo, la vergüenza y la culpa

El análisis se amplia a emociones más complejas como el orgullo, la vergüenza y la culpa. El autor afirma que los niños de cuatro y cinco años ven a los demás como agentes que persiguen objetivos y que se sienten contentos o tristes en función de que los alcancen o no. Por el contrario, los niños mayores comprenden de forma gradual que la vida emocional de los demás se halla regulada tanto por las consecuencias de sus acciones como por la conciencia de las emociones que otras personas expresan hacia éstas y sus consecuencias. El autor muestra los resultados de un estudio llevado a cabo en Holanda, Gran Bretaña y Nepal. En culturas tan dispares, los celos, el orgullo y la culpa se asocian con cierto tipo de manifestaciones expresivas, pero lo característico de estas emociones se halla estrechamente relacionado con el tipo de situaciones que las provoca. En el caso de estas tres emociones, a diferencia de lo que ocurre con la alegría o la tristeza, no dependen de que creamos que hemos obtenido un resultado o no deseable, sino de dos conceptos adicionales: · El resultado debe ser algo de lo que nos creamos ser responsables. · Tiene que ser algo que no sólo sea deseable para nosotros, sino que se halle dentro de la esfera de las normas o patrones, incluidos los morales. La emociones como el orgullo y la culpa dependen del análisis de dos dimensiones: la responsabilidad personal y la conformidad a los patrones normativos. Del estudio realizado, se desprende que el universo emocional de los niños de cuatro o cinco años gira sobre un eje distinto al de los de siete u ocho. Los primeros suelen ver a los demás como agentes que intentan obtener lo que desean. Si lo consiguen se sienten satisfechos; si no, tristes. Los niños mayores ven a los demás como agentes que deben responder a patrones morales o normativos: si lo hacen, pueden que se sientan orgullosos, pero si prescinden de ellos o los desafían de modo deliberado, es probable que se sientan culpables o avergonzados. El niño mayor pasa de ver a los demás como agentes a verlos como observadores de sus propias acciones, que evalúan su responsabilidad al atenerse a un patrón normativo. El autor examina el impacto emocional de una audiencia en la conciencia infantil y descubre una secuencia evolutiva en tres estadios. Los niños de cinco años afirmaban estar contentos o avergonzados después de hacer algo, pero no mencionaban los sentimientos de orgullo y vergüenza. Los niños entre seis y siete años sólo se referían a ellos si los padres habían sido testigos de la acción en cuestión. En el tercer estadio, los niños de ocho años reconocían que se podía sentir orgullo o vergüenza sin que hubiera una audiencia. Se contemplan dos papeles distintos del yo: como observador y como agente. Es de esperar que la comprensión infantil de las emociones sociales dependa, en parte, de la conducta de los padres. El mecanismo de proyección imaginativa descrito para las emociones de felicidad y tristeza se puede extender a las emociones más complejas. El autor está en contra de los defensores de la construcción social de la emoción. Frente a los constructivistas sociales, defiende el proceso de construcción imaginativa que el niño desarrolla para experimentar y comprender la emoción.

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