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123raus
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VIOLENCIA DEL HOMBRE CONTRA LA MUJER.
TERCER MENSAJE.

Hola a todos.
He leído recientemente alguno de los artículos del foro que trataban el terrible asunto de la llamada violencia, de género, o doméstica o machista, como indistintamente se suele calificar.
Me permitirán que yo no la llame así, por varias razones. En primer lugar, porque la palabra género no existía en castellano con el significado que ahora le damos en esa expresión. Género tienen las palabras. Las personas tenemos sexo. Según el eximio Lázaro Carreter (y a su autoridad me remito), los españoles incorporamos esa palabra a nuestro idioma con el significado actual, como consecuencia de una traducción hecha a mocosuena del inglés al castellano, en una conferencia celebrada en Pekín en la que se trataban asuntos de discriminación sexual y anejos. En inglés sí existe la palabra gender con el significado que aquí tiene la palabra sexo. Por supuesto, cada cual es libre de hablar como desee, si bien, por otra parte, creo que es nuestro deber intentar hablar con propiedad y no hacer concesiones al qué más da (o sea, que no sé si deberíamos ser tan libres para hablar como nos dé la gana). Nadie tome esto a mal, que no es mi intención ofender, por supuesto. Errores lingüísticos los cometemos todos, hasta los mejor hablados. Por otro lado, hay quien justifica la inclusión de esta palabra en nuestro idioma porque con ella se está intentando hablar de la identidad sexual que la familia y la sociedad enseña a los niños y a las niñas. Al decir género masculino nos estaríamos refiriendo a las actitudes típicamente masculinas que, según quiere la posmodernidad, son aprendidas. Una persona con género femenino sería, análogamente, una persona que ha aprendido a comportarse como prescribe la convención sociocultural correspondiente. La palabra sexo alude a la condición biológica, genética de la persona (xy, para el hombre; xx para la mujer) y la palabra género al aprendizaje social de los respectivos papeles conductuales que la sociedad asocia a cada individuo en función de su sexo.
Yo me niego a aceptar esa manera de pensar, porque no responde a la realidad. La ciencia ya ha demostrado que el cerebro tiene sexo, por así decir. Por razones que costaría mucho explicar, la ideología posmoderna está empeñada en decirnos que el ser humano carece de naturaleza e inclinaciones naturales y que, por tanto, todo es cuestión de educación. Mosterín, en su libro La naturaleza humana (que, por cierto, sólo me gustó parcialmente) escribe el caso de unos padres preocupados por conseguir que su niña pequeña no aprendiera los estereotipos femeninos (supuestamente) establecidos por la sociedad. Para ello le compraban juguetes típicamente masculinos; por ejemplo, camiones. Su sorpresa fue descubrir que la niña arropaba los camiones, pretendiendo que eran muñecos que dormían.
Yo les aseguro que si a los hombres, en general, nos gustan las mujeres y a éstas les gustan los hombres no es porque ninguna convención sociocultural lo haya establecido así. Los perfiles intelectuales tampoco son exactamente los mismos, ni la manera de percibir el mundo, emocionalmente hablando, ni la forma de comunicarnos. Pero yo lo aseguro porque la ciencia psicológica lo asegura sin margen para la duda. Ni qué decir tiene que ninguna diferencia entre hombre y mujer justifica, de ningún modo, la discriminación política o social de ningún sexo. Hablamos de diferencias, no de superioridad o inferioridad en ningún sentido concebible.
El hombre es, por término medio, mucho más agresivo que la mujer. Suele haber diez veces más hombres que mujeres encarcelados por delitos de sangre. Cuando alguien nos dice que ha habido una reyerta, no pensamos en mujeres, sino en hombres. Y con razón. Rara es la noche de sábado que los jóvenes no se lían a puñetazos por razones nimias (pero explicables en términos evolutivos), como mirar a la novia de otro, ser de otro pueblo, de otro equipo de fútbol, etc. Por no hablar de las guerras y sus crueldades innúmeras, casi siempre perpetradas por el hombre. El hombre suele recurrir a la fuerza y a la violencia con mucha mayor frecuencia que la mujer. Por desgracia, también contra las mujeres.

Tampoco me convence la expresión “violencia doméstica”, por la sencilla razón de que carece de importancia, creo yo, que la agresión se cometa en casa o fuera de ella. Las mujeres que son asaltadas en plena calle por sus maridos, ex maridos o novios furibundos, son víctimas de agresiones no domésticas. Da igual, es lo mismo de terrible.
¿Y lo de violencia machista? Opino que tampoco, y enseguida me explico. Lázaro Carreter llamaba a este tipo de agresiones “Violencia del hombre contra o hacia la mujer”. Las demás denominaciones se prestan a confusión. Por ejemplo: si una mujer agrede repetidamente a su marido, ¿debemos decir que estamos ante un caso de violencia machista?
La propuesta de Carreter elude el eufemismo y busca la precisión y la justicia, pues de lo que comúnmente hablamos es precisamente de eso: de las agresiones que cometen los hombres contra las mujeres. Y eso es lo que nos interesa denunciar. Si un niño me oye hablar de violencia doméstica no tendrá tan claro a qué me estoy refiriendo exactamente como si me oye hablar, clara y explícitamente, de violencia del hombre contra la mujer. Hablar de violencia doméstica tiene la virtud de incluir todo tipo de agresiones cometidas en el hogar: las de los adultos contra los menores, las de las mujeres contra los niños o el marido. De acuerdo, pero es que resulta que la inmensa mayoría de las agresiones cometidas en el hogar son cometidas por los hombres contra las mujeres o los niños. Esto es lo que merece ser destacado por su macabra abundancia.
Decía antes que explicaría también por qué no me parece adecuado llamar a esta violencia “violencia machista”. Sencillamente porque no me parece que lo sea. Les diré una cosa: a todo el mundo nos gustaría que se tratase de una violencia machista, una violencia directa o indirectamente aprendida de diferentes estereotipos masculinos de nuestra sociedad. Pero me temo que no es así de sencillo. Hace unas semanas entrevistaron en la radio a una estudiosa feminista. Dijo que la violencia del hombre contra la mujer se daba en todas las sociedades del mundo y sin distinción de procedencia social, estatus o nivel cultural, intelectual o económico. Quién crea que es una violencia propia o casi exclusiva de hombres incultos, toscos, anticuados o sin educación, se equivoca. Esta misma señora feminista nos advertía que en países socialmente mucho más avanzados que el nuestro se perpetran más agresiones contra la mujer y más uxoricidios. Estamos hablando, por ejemplo, de Alemania o los países Escandinavos, países que nos llevan muchos años de adelanto en materia de políticas de igualdad sexual. Sin duda, los españoles hemos recibido una educación “más machista” que los ciudadanos de esos países nórdicos. Si de educación machista se tratase, nosotros estaríamos a la cabeza de la macabra clasificación de uxoricidios. Y no es así.
Y quisiera llamarles la atención sobre un argumento que a mí me parece irrefutable. Verán, hay gente que piensa que la cultura enseña al hombre a ser celoso, le enseña a que crea que la mujer es una cosa, un objeto, una propiedad más. Esto tampoco se sostiene, no es cierto; por una razón muy sencilla, la siguiente: las mujeres también son celosas. Si los celos fueran cosa aprendida, ¿para qué iba a enseñar el sistema patriarcal a ser celosas a las mujeres? Podría entenderse que el sistema patriarcal enseñara a los hombres a ser posesivos y celosos, quizá como torturado y cruel medio de someter a las mujeres, pero lo que no se entiende es que esa enseñanza se la inculcasen también a las mujeres. Pues, en un sistema enajenador de la mujer, como el patriarcal, el sueño dorado de los hombres (de muchos hombres) sería vivir en un sistema que les permitiera a ellos ser celosos, pero que educara a las mujeres para no serlo. Ello permitiría a los hombres ser infieles sin tener que ocultárselo a la esposa o a la novia. Los hombres se irían de picos pardos y acudirían a sus casas con la cara llena de carmín pero tranquilos y con la conciencia tranquila. Dirían: “Qué bien, puedo estar con las mujeres que me dé la gana. Las mujeres no se ponen celosas. Han sido educadas por el sistema patriarcal para no ser celosas. Los hombres las hemos educado para eso. Es lógico: las educamos a nuestra conveniencia.”
Lo que quiero decir es algo tan sencillo que me da casi rubor decirlo: los celos, masculinos o femeninos, son perfectamente naturales, instintivos. Tan naturales como el amor y los enamoramientos. Nadie nos enseña a enamorarnos ni nadie nos enseña a ser celosos. Amamos a las personas porque está en nuestra naturaleza amar a las personas que nos gustan, que nos cuidan o con las que nos divertimos: nuestros padres, hermanos, novios o novias, amigos… Porque somos seres sociales.
Por eso mismo la tasa de uxoricidios y agresiones a las mujeres no es mayor aquí, en esta España famosa por su ancestral machismo, no es mayor que en otros lugares de este mundo, más adelantados en políticas de igualdad de sexos.
Ustedes habrán observado una cosa cuando la televisión anuncia un caso más de uxoricidio. Habrán observado que siempre, o casi siempre, el uxoricida estaba separado de su mujer o en trámites de separación cuando, en un acto de desesperación criminal, atacó a la pobre, causándole la muerte o heridas graves. Separado por petición de la mujer, claro. Los hombres recurren a la violencia o a la guerra para defender su territorio o para adueñarse del que no les corresponde. Y eso mismo hacen cuando creen perder lo que sienten que les pertenece. Los celos consisten en un horrible conjunto de pensamientos y emociones posesivos. Pero, insisto, son la cosa más natural del mundo, no son aprendidos. Si ustedes son padres y han tenido dos o más niños, habrán observado que los mayores se sienten celosos por la llegada del último. ¿Han enseñado ustedes a ser celoso al hermanito mayor? Ni por asomo. Al contrario, ustedes se esfuerzan en que el mayor ame al hermanito recién nacido. Somos celosos de todo lo que amamos, como no podría ser de otra manera. Las mujeres, puesto que también aman y se enamoran, también son celosas. Pero no son, ni mucho menos, tan agresivas como los hombres. Al menos no tan agresivas físicamente hablando.
Ustedes dirán: “Si el que escribe lleva razón, ¿qué podemos hacer?” Supongo que podemos hacer mucho. Y lo primero que nos toca es aceptar las cosas como son, no como quisiéramos que fueran. Erraremos en tiro si seguimos porfiando en implantar en nuestras escuelas programas para eliminar la idea de que la mujer es una propiedad del hombre. Si me he explicado bien, ustedes entenderán que esa no es la cuestión de fondo. Amor y celos son naturales, pero eso no quiere decir que no podamos fortalecer nuestro carácter y controlar nuestros impulsos. Para ello tenemos que aprender a soportar, dentro de lo humanamente posible, las frustraciones que depara la vida. Recurrimos a partes de nuestra naturaleza para neutralizar otras partes de nuestra naturaleza. Recurrimos a unos instintos para controlar otros instintos. Por ejemplo, existe el llamado gen del alcoholismo. Quien lo tiene está más inclinado a la bebida patológica que quien no lo tienen. Está natural y fuertemente inclinado a beber más de la cuenta. Pero los instintos no determinan nuestra conducta (o no siempre). La condicionan, no la determinan. ¿Qué puede hacer el que es naturalmente propenso a la bebida? ¿Cómo vencer esa inclinación? Pues contraponiendo a esa inclinación otras inclinaciones igualmente potentes. Pensando, por ejemplo, en los seres queridos (padres, hermanos, esposo-a, hijos… y la suerte que correrán si se da a la bebida. De esta forma, el propenso a la bebida (instinto), puede vencer esa propensión recurriendo a otro instinto: el amor a sus seres queridos.
Pero no será fácil, pues el amor truncado y las separaciones matrimoniales son la segunda causa de depresión, detrás de la pérdida por muerte de seres queridos. ¿Podemos educar el carácter de nuestros jóvenes para que sepan controlarse y soportar las frustraciones anejas a la vida? Yo creo que sí. Pero vamos por muy mal camino, en este caso. El ambiente de permisividad y lenidad, familiar, escolar y judicial, en que crecen nuestro jóvenes no es, precisamente, una buena escuela del carácter. Si no enseñamos a nuestros jóvenes a tolerar las frustraciones diarias, si les consentimos todo, ¿qué relaciones tendrán el día de mañana con sus parejas, con sus amigos, sus vecinos o sus conciudadanos? Tendrán las que ya tienen: relaciones inestables y conflictivas, peligrosamente colindantes con la agresividad verbal y física. La violencia aumentará en las casas, las aulas y las calles.
Debemos, creo yo, crear sistemas educativos destinados, entre otras cosas a fortalecer el carácter (y el carácter ético) de nuestros niños y jóvenes. Pero el fortalecimiento del carácter implica, necesariamente, aprender a tolerar la frustración, a forjar una mentalidad sufrida, la única garante de la conducta solidaria y tolerante. No se trata de formar a estoicos, tampoco digo tanto. (Yo mismo no lo soy ni deseo serlo en el sentido pleno de la palabra). Pero todavía menos de niños blandengues y consentidos que, como no soportan las frustraciones de la vida, recurren a la pataleta, la violencia y el delito. Quiero decir que una educación para la ciudadanía debería incluir esto que aquí digo. Pues si dicha educación se limitase a dar a conocer a los chicos lo más granado de los filósofos éticos, sin incluir un entrenamiento del carácter y la contención, en ese caso creo que el fracaso estaría cantado. Pero la escuela, no me cansaré de repetirlo, poco o nada podrá hacer si no cuenta con el respaldo y la colaboración de los padres. Si éstos siguen mimando y consintiendo a los niños, poca cosa podremos hacer los educadores. Recitarían a Séneca, pero actuarían como Maquiavelos. Creo que esto es lo que, explicado mucho mejor que yo, nos dice Marina en Anatomía del miedo y en otros de sus libros.

Muy a favor me siento de disfrutar de los placeres de la vida: sexo, comida, amistades, comodidades, lujos… Pero cuidado con la dosis. Creo que el hedonismo es, con suma facilidad, la antesala de la agresividad y la violencia. ¿Por qué? Por lo ya dicho. Porque quien está acostumbrado a llevar una vida regalada y algodonosa, suele soportar mal los reveses de la vida y las frustraciones que ésta siempre nos reserva, antes o después. Y la frustración prefigura la agresividad. ¿Aprenderemos a vivir en la abundancia y la contención?
La abundancia y la vanidad le abren la puerta a la permisividad y la lenidad. La permisividad y la lenidad se la abren a la frustración. La frustración le franquea al paso a la violencia.
Dejaré que lo explique, mucho mejor que yo, la siguiente cita catenular de Quevedo.

Guerra
Sale de la guerra, paz;
de la paz, abundancia;
de la abundancia, ocio;
del ocio, vicio;
del vicio, guerra.


Ojalá Quevedo y yo nos equivoquemos.

22/10/2007 19:29 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
Ángeles
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La cita de Quevedo es muy interesante, pero no puedo estar totalmente de acuerdo con ella, porque no todos las formas de ocio dan lugar al vicio y a la guerra. Hay quien ama la pintura, la música, la escritura creativa y ética... Serían muchas las excepciones; más bien pienso, que las excepciones son, ¡ojala!, las sentenciadas por Quevedo. No toda abundancia da lugar al ocio insulso y vicioso. Hay quien invierte sus posesiones “también” en ayudar a otros - creando puestos de trabajo…

Estoy de acuerdo en lo relativo a la formación de niños y jóvenes en la falta de estímulo hacia el esfuerzo y, agregaría, hacia la solidaridad bien entendida, hacia la autonomía e iniciativa personal… hacia la asertividad, empatía y ética.

Puedo estar de acuerdo en muchas de tus razones, 123raus, en cuanto a las diferencias naturales en cuanto a hombres y mujeres, pero creo que la influencia que el ambiente ejerce en hombres y mujeres es tremenda. La influencia ambiental no tiene porque ser la adecuada en un medio que tiene bien cubiertas, en muchos casos, sólo las necesidades primarias - comida, vivienda, abrigo, médicos…

Saludos.
23/10/2007 11:06 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
123raus
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Sí, Ángeles, llevas razón: no se puede estar totalmente de acuerdo con la cita el aforismo de Quevedo. Probablemente ni él mismo lo estaría, puesto que fue un genial escritor. Es decir, un hombre entregado al desarrollo del ocio inteligente y sano, por así decir. Creo que lo que ocurre con este aforismo, y con tantos otros, es que no hay que entenderlo literalmente. Yo mismo soy amante de la pintura, la música, la literatura… la ética. Este ocio no da problemas, o no suele darlos. Al revés, más bien. Sin embargo, creo que urge llamar la atención sobre el ocio insulso y vicioso, nocivo y tóxico para la inteligencia, pues es el que atrapa a muchos de nuestros niños y no tan niños. Ya sabes a qué me refiero: videojuegos de contenido violento, televisión basura, botellón, drogas de todo tipo, visitas ociosas o peligrosas a Internet, fanatismo futbolero, etc. Seguramente Quevedo se fijaba en ese tipo de cosas, como yo. Y, aun así y todo, seguramente lo malo de la mayoría de estas cosas estriba en el abuso que se hace de ellas (si bien la televisión basura y cosas similares jamás tendrán buen uso, creo yo)

No es cuestión de ponerse catastrofista, de verdad que no. Seguramente he dado la impresión de serlo. Si es así, rectifico. El mismo hecho de participar en este proyecto, indica que confío en que todavía la razón se imponga sobre sinrazón. Pero al igual que, según creo, urge actuar respecto del cambio climático, considero que lo propio hay que hacer con la educación. Si no, la cosa se hará irrespirable, en ambos casos, precisamente.

Dices que estás de acuerdo con lo relativo a la formación de niños y jóvenes en la falta de estímulo hacia el esfuerzo. Bien, Ángeles, pues es precisamente esa falta de estímulo hacia el esfuerzo una de las causas más poderosas de que nuestros jóvenes acaben enganchados a todo tipo de ocios viciosos e insulsos. Todos ésos que no requieren ningún esfuerzo, los que sólo exigen motivación, no voluntad.

De acuerdo con lo que añades: solidaridad, autonomía e iniciativa, asertividad, empatía y ética. Muy bien.

En tu último párrafo dices que puedes estar de acuerdo con lo de las diferencias naturales entre los dos sexos, pero -añades- que la influencia que el ambiente puede ejercer en hombres y mujeres es tremenda. Bueno, no sé muy bien qué contestarte, porque la contestación que desearía darte me llevaría excesivo tiempo y espacio. Digamos que, efectivamente, en más de un sentido, el influjo del ambiente puede ser muy grande, tanto para hombres como para mujeres. Y, si quieres, para el ser humano. Pero yo creo conveniente oponerme a idea general de que el ambiente (cultura, sociedad, lenguaje) nos determina; a la idea de que la historia hace al hombre y no el hombre la historia. Precisamente porque de lo que aquí tratamos es, como tú muy bien has señalado, de potenciar la autonomía personal.

La posmodernidad es una ideología de ideas falsas acerca del ser humano, pues niega que tenga naturaleza, instintos e inclinaciones innatas. Y esto atañe a la discusión sobre el comportamiento de hombres y mujeres. La cultura no ha sustituido a los instintos. Ni la cultura es ajena a la naturaleza humana. Pues las ideas, deseos, miedos y actitudes que la conforman, nacen de la inteligencia humana, y ésta del cerebro, órgano tan natural como el hígado Pondré un ejemplo de cómo nuestros miedos más naturales e íntimos cimientan ideas e ideologías. El ejemplo versará, precisamente, del tema tratado en mi mensaje. Es éste: hoy día mucha gente, entre ella psicólogos, cree que la violación no tiene nada que ver con el instinto sexual. Se asegura que el violador no desea obtener placer, sino sólo humillar y someter a la mujer. Pues bien, detrás de esta descabellada, insensata y falaz idea, sacada de la chistera de la posmodernidad, ¿qué se esconde? Se esconde un miedo muy lógico y muy humano, pero cegador de la sindéresis, como todos los miedos: el miedo de cualquier persona (mayormente mujeres) a creer que si la violación está relacionada con el instinto sexual, entonces no habrá nada que hacer contra este tipo de actos criminales. Cada miedo tiene su deseo en la otra cara de la moneda. En este caso, el deseo de poder erradicar la violación mediante la educación del violador, tratando de hacerle ver que su conducta criminal es debida a la educación machista recibida. La idea o la creencia de que la violación no tiene que ver con el instinto sexual, sino con la educación, forma parte de la cultura posmoderna. Pero, como digo, tal idea (tal cultura) se nutre de miedos y deseos naturalmente desarrollados por las personas (no hace falta que nadie te inculque el miedo a perder un ojo, ni a ser violado).

Gracias por tus comentarios y observaciones.

Un saludo.

23/10/2007 16:10 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
bardaji
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Hola, buenos días. Otra vez expongo la necesidad de una educación emocional para despertar la conciencia de nuestras emociones y poder gestionarlas, como he dicho en el debate sobre la competencia. La mayor parte de nuestra educación es mediante el ejemplo. Y así lo ha sido siempre, ya que la palabra no contiene la experiencia, que es la que nos hace expertos. Claro está, una experiencia vivida desde las emociones y los sentidos, ya que somos seres emocionales. El componente genético de nuestra estructura psicoafectiva determina, pero no es determinante. Y el ser humano es el único bicho capaz de autodeterminarse, a diferencia de otros bichos. Luego, la cultura hace mucho. Lo que vivimos en casa, en las aulas, en la calle, en la tele, con ese bombardeo contínuo de noticias manipuladas en muchos casos que hacen que la persistencia del estímulo, anule la sensación. Todo acto de violencia implica una ausencia de amor, de que los fuertes cuiden de los débiles y les den su apoyo incondicional. Me parece un crimen que exista el maltrato hacia la mujer. Pero me parece aún peor, execrable, el maltrato que sufren los bebés y los niños -que, al final, no aprenden otra manera de resolver sus conflictos a base de violencia por el mal ejemplo de sus sociedades, de la miseria, de la injusticia- aún más desprotegidos de los adultos maltratados. Hipocresía. Ya que se evitaría mucho daño dejando de acojonar, de manipular los sentidos, la conciencia de una mayoría en beneficio de unos pocos.
Insto a una educación artística de calidad, el mejor vehículo para canalizar la violencia intrínseca que nos define como seres humanos y ejercitar la creatividad, el optimismo, la felicidad, la dignidad, -todos ellos derechos (o deberían serlo)-. E invito a que cada adulto reflexione y empiece por "educarse a sí mismo" y reconducir su vida a un modo de vida digno y feliz, aunque suene blandengue. Para ser un buen ejemplo. Por nosotros mismos. Somos los únicos capaces de hacerlo: No hay otro ser que sea capaz de lograrlo, excepto nosotros. Un saludo.
25/10/2007 09:37 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
Ángeles
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Pienso que tanto monta, monta tanto, herencia y ambiente. Años atrás se daban porcentajes, se discutía sobre que influía más, en el ser humano, la herencia o el ambiente. Entendiendo por herencia ese vagar de los genes adaptados a cada poco a las nuevas exigencias del guión natural y artificial… No podemos, por supuesto, olvidar que nuestra composición química, esas alianzas distintivas entre compuestos y elementos, puede generar instintos, presiones y tensiones independientes de la cultura enraizada en nuestros genes y del medio en el que vivimos, pero el reflexionar o no antes de actuar, el controlar nuestros mas “primarios” instintos (blandengues o crueles) o no es cosa del aprendizaje, de lo que aprendemos en el medio y, como dice bardaji, por medio de la experiencia. Toda persona con la que coincidimos está compuesta, desde mi punto de vista, de química, carga cultural heredada y vivencias ambientales. Y aunque estoy de acuerdo, del ejemplo se aprende, también opino que la palabra – “construcción” sublime del ser humano – ejerce un papel fundamental a la hora de transmitir muchos conocimientos; por la palabra y con ella imaginamos hechos del pasado, que nunca experimentaremos - por suerte para nosotros en muchos casos - También podemos imaginar las vidas de personajes crueles, creadores, filósofos… La palabra engrandece, enseña, muestra, fomenta la imaginación, emociona…
La educación emocional es necesaria. Es necesaria, por lo que dice bardaji, para despertar la conciencia de nuestras emociones y poder gestionarla. A mí no me suena a blandengue lo que dices, bardaji, sino todo lo contrario; me suena a valentía, a… Saludos
25/10/2007 16:14 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
123raus
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No era mi intención, desde luego, suscitar una discusión sobre lo natural o lo cultural de nuestra conducta general. Si no de hablar del origen natural de conductas concretas, como el amor y los celos entre los hombres y las mujeres (o entre las personas, según el caso).
Otras cosas estarán sujetas a discusión o bajo investigación, pero no el origen de los celos. Si los celos tuvieran un origen cultural, nos cabría la esperanza de poder encontrar algún pueblo cuyos pobladores no los sufrieran. Pero nadie ha podido encontrarlo. M. Mead nos dijo que sí. Que los samoanos habían construido una cultura libre de celos, conflictos y hostilidades entre los dos sexos. Una sexualidad libérrima y feliz. Derek Freeman refutó la investigación de Mead, hecho que atestigua José Antonio Marina en sus libros.
Mi interés era mostrar que subyace un error básico en las campañas creadas por la Administración de educación y en las noticias de uxoricidios cuando presentan la violencia del hombre contra la mujer como un fenómeno cultural, cuando todos los estudios feministas constatan que es universal. Mi artículo no tenía otra intención que el arrojar luz sobre ese concreto fenómeno en cuestión.
En cuanto a si el ser humano es libre y se puede autodeterminar, diré que sí, que nuestra inteligencia es capaz de semejante cabriola. Pero la libertad no es contraria a la inclinaciones o los instintos, sino que éstos son, más bien, su condición sine qua non. Tenemos inteligencia y tenemos voluntad. Hablamos de fuerza de voluntad. ¿Y cómo medimos la fuerza de algo? Midiendo la resistencia que es capaz de vencer. La fuerza de voluntad se nota porque, precisamente, es capaz de vencer las inclinaciones naturales o impulsos que, por su intensidad o fuerza absorbente, podrían apartarnos del camino de la ética (como, por otro lado, muchas veces sucede). Decir que los celos son naturales, no es lo mismo que decir que estamos determinados por su fuerza. Decir que el hambre es natural, no es lo mismo que decir que estamos determinados por él. Decir que el deseo sexual es natural, no es lo mismo que decir que estamos determinados por él. Imaginemos por un momento que careciésemos de inclinaciones naturales. En ese caso, ¿nos haría falta fuerza de voluntad?
¿Quién es santo: el hombre que es célibe porque, por la razón que sea, carece de deseo sexual, o el hombre que decide ser célibe contra su mucho deseo sexual? El celibato del primero no es el celibato de un hombre voluntarioso y libre. Es la libertad del abúlico y el indiferente. El verdadero santo no es el que carece de inclinaciones y deseos sexuales (¡así es muy fácil ser célibe, no hay mérito!), sino el que, teniéndolos como todo el mundo, consigue vencerlos en aras de su particular proyecto de vida. (Esto es sólo un ejemplo: no estoy diciendo que la santidad consista en ser célibe).
Por otro lado, jamás debemos olvidar que la posibilidad que tiene el hombre de autodeterminarse es algo que está entre la realidad y la idealidad, entre lo conseguido y lo deseado. Podemos sobreponernos al tirón del estímulo y podemos ceder a su fuerza. Ni siempre podemos vencerlo, ni todo el mundo tiene la misma fuerza de voluntad. Ante la fuerza de nuestras inclinaciones, no somos alfeñiques ni tampoco titanes. Lo nuestro es una lucha continua. El que por su constitución natural, no se siente conmovido por el estímulo, no es un ser libre, como tampoco lo es el que por su constitución natural, se deja llevar automáticamente por el estímulo.
En cuanto a lo que dicen ustedes de la educación emocional, de acuerdo, nada que objetar. Cuando yo hablo de una educación que fortalezca el carácter y la voluntad del niño (o del adulto), no estoy diciendo sino que el fortalecimiento del carácter, ayudará al niño a controlar las emociones que no sean adecuadas.
El amigo bardaji afirma: “el ser humano es el único bicho capaz de autodeterminarse, a diferencia de otros bichos. Luego, la cultura hace mucho.” Claro está que el ser humano criado fuera de una comunidad humana, no consigue desarrollar las facultades que le permitirían determinarse a sí mismo (el lenguaje, la inteligencia, la voluntad…. Necesitamos el estímulo social para desarrollarnos para desarrollar nuestra individualidad. De acuerdo, eso es inobjetable. Pero, visto desde otro punto de vista, un punto de vista más amplio, de alcance filogenético, resulta que el origen del la cultura reside en las facultades idiosincrásicas y exclusivas de nuestro cerebro. La cultura, desde este punto de vista de largo alcance, es una creación humana, y no el ser humano una creación de la cultura. El quid de nuestro misterio no recae en la cultura, sino en ese prodigioso órgano natural que es cerebro, capaz de tener ideas, controlarlas y difundirlas entre los demás seres humanos. Que el cerebro humano necesite de los demás para desarrollar sus diferentes órganos mentales, no implica un determinismo ambiental o cultural, sino más bien una peculiaridad de nuestro genoma, de nuestra naturaleza. Forma parte de nuestra naturaleza necesitar a los demás para que nuestras facultades potenciales se actualicen, lo cual revela que, efectivamente, somos seres sociales por instinto.

Por último, ustedes hablan del poder de la palabra en la educación. No seré yo quien lo niegue o cuestione. Pero sí quisiera añadir que su poder no es, por desgracia, a mi juicio, el que estamos acostumbrados a creer. Tiene límites muy claros y, en muchos sentidos, es impotente para causar en el sujeto el efecto educativo que deseamos. Precisamente, estoy preparando un artículo que versará de esos límites y que pronto colgaré en la web.

Saludos.


25/10/2007 23:03 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
Ángeles
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Conozco a familias de celosos, al igual que las conozco de tímidos, etc. Sé que esto no tiene ningún valor científico, son meras observaciones y percepciones.
Dices: “somos seres sociales por instinto”; nunca lo había pensado. Me parece muy interesante esta afirmación. ¿Igual que las abejas?
También dices: “el ser humano criado fuera de una comunidad humana no consigue desarrollar las facultades que le permitirían determinarse a sí mismo (el lenguaje, la inteligencia, la voluntad). Pero ¿según que “guión” nos determinamos?, ¿nos determinamos según las normas impuestas por la sociedad a la que pertenecemos?, ¿nos determinamos según las “leyes” científicas? O ¿nos determinamos o autodeterminamos según nuestra propia singularidad instintiva social?
Y la educación, ¿qué papel juega la educación en todo este maremágnum?, ¿qué pretendemos con ella?, ¿qué ésta ayude a los alumnos a desarrollar las facultades que les permita determinarse a sí mismos?, ¿es el fortalecimiento del carácter el camino?, ¿para qué necesitamos fortalecer el carácter? Que no digo que no sea necesario, pero ¿lo necesitamos para soportar o vencer los impulsos no adecuados propios y ajenos?
A lo largo de la historia, se ha necesitado de mucha inteligencia, dominio del lenguaje y fuerza de voluntad (sobre todo la han necesitado “los espíritus libres”, los científicos, etc. los “malos”también), para acatar o saltarse las normas y leyes (científicas o sociales) que según época y lugar eran las legales y defendidas por una mayoría. Hoy también.
28/10/2007 22:47 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
123raus
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Hola, Ángeles, ¿qué tal?

Veo que esto da mucho de sí. Dices conocer a familias de celosos y a familias de tímidos, y que no son más que meras observaciones y percepciones. Que yo sepa, el soberbio edificio de la ciencia, comienza con la observación. Yo observo en tus respuestas algo de sarcasmo, pero ya sabes, es sólo una mera observación mía.

Es sarcasmo -o me lo parece- cuando preguntas si somos sociales como las abejas. ¿Hay alguna manera más de ser social? Yo supongo que sí: la humana. Los psicólogos han podido comprobar que los bebés tienen preferencia por las voces y los rostros humanos, y que prestan especial interés a los estímulos humanos. Tanto es así que los niños pequeños miran instintivamente a su madre cuando algo los desconcierta, porque se basan en la reacción emocional que la madre tiene para sentirse orientados sobre si deben sentir miedo, inquietud o tranquilidad. Y si el niño aprende el idioma materno es precisamente porque nace con una inclinación natural a prestar atención a esos sonidos informes que salen de la boca de los adultos. ¿O es que el adulto tiene manera de explicarle al bebé prelingüístico que preste atención a sus palabras? La psicología ha acuñado el término “hospitalismo” para referirse al terrible síndrome que causa en los niños la ausencia de cuidados amorosos y contacto social. Por tanto, no, Ángeles, como las abejas no. Somos sociales a la manera humana.

¿Con qué guión nos determinamos? Con el guión establecido en el genoma de nuestra especie. ¿Con qué otro, si no? Un genoma que da instrucciones para construir un cerebro complejísimo, pero que no puede desarrollar sus órganos mentales plenamente si no es con la ayuda e intervención pedagógicas de los demás.

¿Cuál es el origen de las normas sociales, Ángeles? ¿La sociedad? No, el origen de ideas, pensamientos, sentimientos o emociones es el cerebro humano (por eso nos recuerda Punset que el alma está en el cerebro). Las ideas, los juicios y los prejuicios nacen en los cerebros de las personas, y se convierten en convenciones cuando las demás personas las adoptan de una manera tácita. También la imitación social, mira por dónde, está naturalmente regida por nuestro cerebro. Los científicos hablan de “neuronas espejo” y ya saben dónde se localizan en el cerebro; y, posiblemente, están detrás del comportamiento cultural, como es lógico, de la conducta compasiva y de la empatía. La cual también es una propiedad humana natural. Lo que no significa que estas emociones no deban cultivarse como cualesquiera otras.

Los seres humanos venimos, ciertamente, a un mundo ya hecho, ya construido; a un mundo de ideas y convenciones ajenas que podemos acatar o no, en función de diversas razones. Podemos cuestionar y contravenir tanto nuestros instintos como nuestras creencias o convenciones. Esa libertad de cuestionar lo vemos y oímos y para rebelarnos, forma parte de la libertad que el ser humano ha conquistado para sí. La capacidad para autodeterminarnos es una característica de nuestra especie, de nuestro cerebro, no un rasgo de una cultura u otra. Es un rasgo universal, por eso sabemos que es un rasgo potencial de nuestro genoma. Aunque eso no signifique que haya un gen específico para la autodeterminación y la libertad. Se trata de una propiedad emergente, resultante de la complejísima combinación e interacción de rasgos genéticos específicos.

Los hombres celosos que acaban con la vida de su mujer y, a menudo con la propia, no parecen que estén muy posesión de sí mismos, ni con la capacidad intacta para autodeterminarse. Son esclavos de sus sentimientos, de sus impulsos. Carecen de voluntad para autodeterminarse. No conozco la solución a este problema. Pero, sea cual sea la solución, no creo que sea descabellado incluir en ella el fortalecimiento del carácter y de la fuerza de voluntad, si ello es posible. ¿Lo es? Si no lo es, ya hemos llegado a donde íbamos. Pero si lo es, ¿no sería conveniente incluirlo dentro de un sistema educativo de valores éticos?

Yo no escribo en esta web para sembrar la discordia o para enfrascarnos en discusiones de este tipo. Admito la discusión de buen grado, pero me niego en lo sucesivo a entrar en el juego de las ironías y los sarcasmos; por lo que, con todo respeto, digo aquí que no contestaré a ningún mensaje que los incluya. Yo puedo estar equivocado en cuanto diga, pero no empleo jamás el sarcasmo o la ironía por iniciativa propia, pues no creo que sean buenos ingredientes de la famosa inteligencia emocional. Contestaré a razones, no a sarcasmos.

Un cordial saludo a todos los movilizados.

29/10/2007 01:09 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
Ángeles
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En ningún momento quise ofenderte, 123raus, perdona si así ha sido. No utilicé ni el sarcasmo ni la ironía, tal vez hayas confundido mi ignorancia con esto. Comentaba mis observaciones y deducciones por si pudieran servir a algún o alguna estudioso/a en estos temas. No planteé mis interrogantes con el fin de que los respondieras. Según leía tu escrito, me iban surgiendo dudas. No pretendía enfrascarme en una discusión abanderada por el sarcasmo y la ironía; lo de las abejas no lo era, así lo vi en ese momento y así lo escribí, tal vez por simpleza. Expreso mis opiniones y dudas, porque, aunque supongo que como en casi todo (Ciencias Sociales) habrá escuelas "científicas" que aportarán soluciones diversas a estos interrogantes, es importante que nos planteemos dudas, es lo que queremos también para nuestros alumnos; todos podemos y debemos opinar y es sano que así sea, no tenemos porque creer a ciencia cierta todo lo que nos cuentan y dicen sea donde sea (televisión, libros, escritos, etc.), mientras no esté demostrado al “cien por cien” - cosa que en Ciencias Sociales es complicado. Todo es opinable con respeto - y así creí haberlo hecho; no obstante, en lo sucesivo, llevaré más cuidado, procuraré controlar todo lo que pueda mi ignorancia. Saludos.
29/10/2007 11:13 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
123raus
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Te pido que me disculpes, Ángeles, pues está claro que malinterpreté tus palabras. La palabra escrita carece de información prosódica, carencia que a veces da lugar a equívocos como éste.

He contestado a tus interrogantes por alusión directa a mi persona y porque intento ser todo lo respetuoso que pueda con mi interlocutor. Y el silencio no suele ser síntoma de respeto, sino de dejación, desprecio o algo por el estilo. Me alegro de haberme equivocado al ver sarcasmo donde no lo había. Nada me enojaría más que crispar el tono de nuestras intervenciones, cuando lo que queremos todos es, seguramente, sosegar el ánimo y prestar oídos al otro.

Déjame decirte, Ángeles, con toda cordialidad, algo más sobre el asunto de mi primer mensaje. Y de verdad que lo diré sin ánimo de perpetuar este asunto: si lo creéis conveniente, lo damos por zanjado y a otra cosa. Llevas razón cuando dices que en “ciencias sociales” hay diferentes escuelas de pensamiento. Cada cual afina la puntería hacia diferentes blancos y seguramente todas creen estar en posesión de la verdad. En la misma psicología los hay conductistas, freudianos, cognitivos, los de la gestalt, los psicólogos evolutivos, etc.… y los eclécticos, que son la mayoría. En ciencias sociales, si algo ha imperado hasta la fecha, y sigue imperando, es una concepción ambientalista del ser humano, como si éste fuese una tabla rasa en que el ambiente deja su marca. La tesis de la tabla rasa, es decir, la idea de que el ser humano llega al mundo sin inclinaciones naturales e instintos (o casi), llegó a cobrar la fuerza del dogma, de suerte que cualquiera que se atreviese a negarla, se podía ver fácilmente víctima de insultos, descalificaciones y hasta agresiones (a muchos disidentes de la tesis de la tabla rasa se los ha calificado, nada menos, que de nazis). Esto que te digo no lo digo a humo de pajas, sino que está documentado, y, si fuera de tu interés, no tendrías más que pedirme las referencias bibliográficas en que podrás ilustrarte sobre este asunto. Ha habido una presión tremenda, de reciedumbre dogmática, contra quienes se han atrevido a manifestar que el ser humano tenía una naturaleza particular, idiosincrásica; es decir, inclinaciones naturales hacia muchos estímulos y situaciones de este mundo. Decir que todo o casi en el ser humano es aprendido, no es polémico, pues armoniza con la tesis de la ideología imperante. Decir eso no suscita ningún problema en ningún foro: es lo políticamente correcto. Cuando alguien osa decir que el ser humano tiene instintos e inclinaciones naturales, la mayoría de la gente se pone nerviosa de inmediato y empieza a sospechar que está hablando una persona de derechas, un conservador amante de un despótico orden social inmutable, un justificador del status quo. ¿Hasta dónde alcanza la fuerza del dogma de la tabla rasa, que resulta tan difícil admitir que algunos comportamientos tienen un fuerte componente genético o natural? ¿Me entiendes, Ángeles? No estamos diciendo que el aprendizaje no tenga su papel. Precisamente, estoy diciendo aquí y en otros mensajes que el ser humano necesita la intervención pedagógica del otro para constituirse en un ser humano completo. Marina lo explica cuando nos habla de los niños-lobo, niños criados por otros animales. No desarrollan las facultades que consideramos esenciales en todo ser humano completo. Pero la intervención social en la educación o la adquisición de conocimientos por aprendizaje personal o social, no demuestran que estemos ante fenómenos culturales. No, pues en todas las culturas los individuos aprenden con los mismos mecanismos naturales, las mismas facultades mentales. Lo que intento decir es que el aprendizaje también depende de mecanismos cerebrales, como no podía ser de otra manera. El aprendizaje humano no es algo ajeno a nuestra naturaleza, o lo contrario a ella, sino algo exclusivo de nuestra especie, exclusivo de nuestro (natural) cerebro. No sé si me explico, Ángeles. Sé -me consta- que es un asunto difícil de explicar y de entender.

Verás, yo entiendo tus dudas, créeme. Si alguien (yo en este caso) dice que el enamoramiento entre hombre y mujer o los celos son fenómenos naturales, es muy corriente que haya personas que escuchen la cosa con recelo. ¿Por qué? Pues porque se tiene la idea de que si algo tiene un origen genético, entonces es inmutable, que nada se podrá hacer para cambiarlo. Por eso me he esforzado en explicar que esto no es así, pues unas partes de tu naturaleza pueden oponerse a otras partes de tu naturaleza, un instinto a otro instinto. O, si lo prefieres, la inteligencia ética a deseos que no son éticos. La fobia a las arañas es un miedo instintivo de muchas personas. Yo lo tengo. Pero eso no significa que no podamos hacer nada. De hecho hay tratamientos efectivos contra ese miedo instintivo. Con ellos, la persona aprende mecanismos psicológicos para enfrentarse a sus miedos y controlarlos. Hay que erradicar la idea generalizada de que cuando alguien dice que un comportamiento es instintivo, está intentando decir que no hay nada que hacer para cambiar ese comportamiento. No es cierto. Alrededor de todo esto, Ángeles, hay una cantidad tremenda de prejuicios, que dificultan hacerse una composición clara de qué es el ser humano. Insisto, Ángeles, allá donde digas que el ser humano es una criatura principalmente cultural y que la evolución cultural ha eliminado los efectos de la evolución natural, serás bien recibida, pues la ideología imperante (la posmoderna en este caso) prescribe que el ser humano nace con una mente en blanco, una tabla rasa, y que, por tanto, todo es fruto del aprendizaje. Y es que pensar que somos seres culturales que todo lo aprendemos de los demás, es algo que reconforta y tranquiliza. Pues parece que, siendo así, todas las conductas indeseables que cometemos las personas, podrán ser revocadas o eliminadas. “Si has aprendido a ser celoso, bastará con encontrar la manera de que desaprendas a ser celoso. Si unas ideas determinadas te hacen ser celosos, bastará con inculcarte las ideas opuestas”. Lo que yo afirmo es que esto es falso de todo punto. Las personas no son celosas por sus ideas. Son celosas por unos sentimientos naturales que devienen patológicos en personas psicológicamente dependientes, neuróticas. El mecanismo de los celos es natural, pero no necesariamente patológico en todos los casos, faltaría más. No todo el que se siente celoso, acaba agrediendo o matando a su pareja.
También he expuesto el caso de los violadores. La tesis de la tabla rasa afirma que el violador viola por una serie de ideas y creencias machistas (para someter a la mujer). Pero la investigación con medicamentos que castran químicamente al violador, rebajan la comisión de delitos sexuales de un 43% a un 3%. Si esto no es un éxito terapéutico, que venga Dios y lo vea. No estoy pronunciándome ni a favor ni en contra de estos métodos químicos (naturales). Los comento sólo para argumentar mi afirmación de que ante estos criminales hechos (uxoricidios o violaciones) no hay, necesariamente, una suerte de creencias machistas, sino emociones en bruto y pulsiones instintivas, cuyo tratamiento psicológico no deberá consistir en cambiar las ideas o creencias del sujeto. El problema no está en sus supuestas creencias machistas, sino en la incapacidad ética o moral para controlar sus apetitos, deseos o pulsiones. De hecho, muchos de estos sujetos aprenden a recitar maquinalmente las enseñanzas anti-machistas que el psicólogo de turno les ofrecen en prisión, de modo que el más espabilado de los convictos es que suele obtener antes el visto bueno de sus educadores. Y, entonces, ya “rehabilitado” se integra en la sociedad… para, en muchos casos, reincidir en sus ataques sexuales. No es tan difícil aprender a decir cosas como: “Las mujeres no son propiedad del hombre y merecen el mismo respeto que cualquier hombre”; “No debo escudarme en la excusa de que iba borracho cuando perpetré la violación”, etc.

¿Cómo puede ser que las autoridades psicológicas de las penitenciarias consideren rehabilitado a un violador o un maltratador que se limita a aprender unas cuantas lecciones teóricas de educación antimachista? El problema de estos sujetos no es cognitivo o intelectual, sino conativo, de modo que si alguna solución tiene, los tratamientos deberán considerar, creo yo, esta dimensión. En mi opinión, las autoridades penitenciarias (médicas, psiquiátricas, psicológicas… deberían ser mucho más cautas a la hora de reconocer la rehabilitación de un maltratador o un violador. Es la dimensión conativa la que hay que tratar, no (necesariamente) la cognitiva. Cuando uno tiene que sacarse el carnet de conducir, pasa por un examen teórico y otro práctico. Puedes dominar aquél y no éste. Desde luego, en el caso que nos ocupa (o me ocupa) no se trata tanto de dominar (verbalmente) una serie de lecciones antimachistas, como de saber determinados impulsos. Si hay o no, o puede haber, un tratamiento que corrija el polo conativo de estos actos criminales, es algo que desconozco. Pero si los pudiera haber, entonces creo que las autoridades penitenciarias nunca podrán estar razonablemente seguros de que un violador o un maltratador se habrá reformado. En no pocas ocasiones se deja en libertad a violadores con un perfil de psicópata, lo cual ya me parece un escándalo, pues para este tipo de sujetos no se conoce tratamiento efectivo alguno. A mí la lenidad con que la justicia trata estos casos me parece frívola y alarmante, no sé a ustedes.

La concepción ambientalista del ser humano no beneficia precisamente los intereses particulares del colectivo femenino ni ofrece buenas soluciones a los problemas de conducta del ser humano. Y esto, creo yo, es realmente importante.
Por supuesto, la concepción genetista adecuada no será aquélla que se limite a decir que todo es debido a los genes. Esa es una respuesta falsa que no explica nada. Necesitamos una teoría que dé cuenta de los efectos genéticos de la conducta, los efectos emergentes del genoma humano y la capacidad (natural) del hombre para aprender del ambiente y crear cosa nuevas. Pero esta consideración se sale del tiesto, incluso para un parlanchín como yo.


Estoy seguro de que hay buena intención en ti y en muchas otras personas que niegan el componente genético de nuestra conducta, pero de verdad te digo que es hora de destronar esa renuencia general.

Te ruego que me perdones la torpeza de haberte interpretado mal. Y también pido disculpas por no saber ser más escueto y sintético en mis mensajes. No sé explicarme con menos palabras.

Saludos.

29/10/2007 15:17 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
Miguel A
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Hola, 123raus.

No te diré que no te disculpes por no saber ser más escueto y sintético en tus mensajes, porque eso sólo te compete decidirlo a tí. En cambio lo que sí puedo es decirte, como ya lo hice, que pienso que tus disertaciones (como las de los demás, cada uno en la medida de sus posibilidades) enriquecen enormemente el debate e invitan a la reflexión. Y que, por mi parte, te agradezco que así lo hagas.

Cuando hablas de este tema, el de la violencia del hombre sobre la mujer, corrígeme si me equivoco, parece que únicamente te refieres a los casos de violencia física. Sin embargo, existe una violencia "invisible" que, ésta sí creo que de manera fundamentalmente aprendida, muchos hombres ponen en juego a la hora de relacionarse con las mujeres (yo diría que a la hora de relacionarse, en general), que está más extendida y es más frecuente que aquella, que en muchos casos es absolutamente destructiva y en la que todos podemos caer de manera pasiva o activa, en mayor o menor medida. Una violencia que se pone en juego, las más de las veces, por una cuestión de poder. Una violencia que, entre otras causas, por los valores de los que se nutren las sociedades patriarcales como la nuestra, en la que vivimos, tiende a menudo a aceptarse como algo natural y normal, incluso por las mujeres que la sufren. Tal vez si consideramos este tipo de violencia si cabría hablar de violencia machista, aunque la que tú prefieres utilizar a mí también me parece bien, por el mismo motivo que das arriba: por evitar confusiones y en busca de la precisión.

Un cordial saludo a todos.
29/10/2007 21:06 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
123raus
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Gracias de nuevo, Miguel Ángel. Personalmente, no conozco a mucha gente que reconozca abiertamente que las razones de otro le invitan a reflexionar o a modificar las opiniones. Y como tú sí lo haces, te felicito. Demuestras, a mi juicio, lucidez, honradez y racionalidad.

Sí, Miguel Ángel, llevas razón en cuanto a que me refería a los malos tratos físicos, pero no porque no sea consciente del iceberg de insultos, reproches y humillaciones que se esconde (o no) detrás de cada caso de malos tratos, sino precisamente porque doy por consabido tal iceberg. Me parece a mí que el que es capaz de pegar a una mujer o aun niño indefenso, es igualmente muy capaz de sojuzgarlos con la palabra. Creo que la misma vileza que inerva el puño verdugo, envenena la lengua, de modo, amigo Miguel Ángel, que yo no creo que haya una diferencia singular. Observa a esos racistas recalcitrantes que se vuelven tan peligrosos cuando tienen el respaldo de su tribu: se desgañitan a insultar a personas de otras razas y a intentar vejarlos con la palabra. Aunque sea cierto aquello de que no ofende el que quiere si no el que puede, al menos el que trata de ofender de esa manera, sí tiene el poder de intimidar. Insisto: la agresividad del racista o del maltratador carga la lengua como carga el puño. En fin, creo yo.

Que yo sepa no se podido documentar ninguna sociedad matriarcal, sino que todas se rigen y se han regido por sistemas de gobierno patriarcal. Eso no quiere decir que las mujeres no estén capacitadas para el mando. Ya lo creo que lo están. Y en nuestras sociedades occidentales, gracias a diferentes adelantos económicos y conquistas sociales y feministas, las mujeres pueden incorporarse al poder político en algún grado y eso es de agradecer.

Quizá te refieras, en un sentido más amplio, a esa competitividad típicamente masculina que, en muchos casos, no está exenta de agresividad. Las luchas por el poder suelen ser cruentas o, al menos, insidiosas. Fíjate, Miguel Ángel, con qué crueldad se pelean los hombres por naciones, recursos, territorios, barrios, zonas (de droga), etc. El dimorfismo sexual indica que nuestros antepasados pelearon por la posesión de las mujeres y por el territorio. Nuestro cerebro es el mismo que el de aquellos antepasados nuestros, de modo que los mecanismos neuronales para la agresividad siguen estando ahí. Por eso he comentado ya la facilidad con que nuestros jóvenes se enzarzan en broncas sabáticas por celos o por razones grupales. Nuestros jóvenes no imitan necesariamente a nadie: reproducen de motu proprio las conductas masculinas desde que el hombre es hombre. El famosísimo libro de Daniel Goleman, Inteligencia emocional, nos hablaba de esto, precisamente. De cómo nosotros, hombres del siglo XXI, hemos heredado unos mecanismos neuronales adaptados a las exigencias y formas de vida de los cazadores recolectores, se suerte que muchas veces tenemos reacciones y comportamientos primitivos que no son, necesariamente, funcionales en nuestras sociedades.

Por otro lado, quizá sea pertinente hacer una distinción: es posible que no todo uxoricida sea también un maltratador. Sospecho que puede ser el caso de aquel marido que, en su terrible dependencia afectiva de la mujer que lo abandona (y pudiera abandonarlo por razones ajenas a los malos tratos), la mata y luego se mata él. Pero dejo este cabo suelto, porque abriría otro debate.

En mi opinión, existe la ideología machista, cierto. ¿Pero es esa ideología la causa del comportamiento típicamente masculino, o más bien la ideología machista es una consecuencia del comportamiento típicamente masculino? No creas que es un juego de palabras. Te lo voy a explicar con mucho gusto, porque ya sabes cuánto me gusta todo esto.

Quizá te pueda parecer una digresión, pero enseguida verás por dónde voy. El neurocientífico Michael Gazzaniga ha demostrado que el cerebro teje alegremente falsas explicaciones acerca de sus motivos. En el caso de los pacientes con cerebros divididos, los hemisferios cerebrales les han sido separados como tratamiento contra la epilepsia. La circuitería del lenguaje se halla en el hemisferio izquierdo, y la parte izquierda del campo visual queda registrada en el hemisferio derecho aislado, de modo que la parte de la persona de cerebro escindido en dos que puede hablar es inconsciente de la parte izquierda de su mundo. El hemisferio derecho permanece aún activo; sin embargo, cumple órdenes sencillas presentadas en el campo visual izquierdo, como, por ejemplo, <<caminar>> o <<reír>>. Cuando al paciente (en realidad, el hemisferio izquierdo del paciente) se le preguntaba por qué caminaba (que nosotros sabemos que era una orden presentada al hemisferio derecho), con ingenuidad responde: <<Para tomar un refresco>>. Cuando se le pregunta por qué reía, afirma: <<Hombre, vienen cada mes a hacernos pruebas. Qué vida se pegan>>.

¿Qué curioso, verdad, Miguel Ángel? Es increíble, el sujeto con cerebro escindido andaba o reía por una orden dada por el investigador, pero al preguntarle por qué andaba o reía, el hemisferio cerebral izquierdo, que es el que controla mayormente el lenguaje y la consciencia, da una explicación inventada: ¡absolutamente infundada, pero congruente! ¿Por qué te he contado todo esto? Para explicarte mejor un fenómeno fantástico, a saber: la facilidad con que el cerebro humano fabula e inventa cosas para intentar justificar el comportamiento del sujeto. Es decir, la cosa no sería tanto: “así pienso, así obro” como “así obro, así pienso”.

Por no hablarte de los miles de experimentos que se han hecho sobre el fenómeno psicológico llamado “disonancia cognitiva”. Resumiendo mucho, estos experimentos demuestran que el ser humano se engaña a sí mismo con tremenda facilidad, para mantener la impresión de que controla la situación. Si resulta que vas a comprar un coche y por tu actitud algo remisa o aquiescente ante el vendedor, acabas comprando un coche que no te gusta, no te preocupes: tu cerebro trabajará para que creas que, en realidad, has tenido el control de la situación de principio a fin. El resultado es que te convencerás de que el coche te gusta. No creas que esto es tan malo. Tiene su parte positiva. Las personas que no saben engañarse a sí mismas respecto a la cuota de control que tienen sobre el mundo, acaban, a veces, generando una idea desagradable de sí mismas. Se ven sin capacidad de controlar su vida según sus deseos, y eso puede llevarles a bajarles la autoestima, a la ansiedad o la depresión. De hecho, el juicio de los depresivos es, en algunos sentidos, más realista que el de los no depresivos. Esos autoengaños preservan la integridad de la autoestima. (Bueno éste es otro cabo que va saliendo, perdona).

Es decir, la ideología machista es una fabulación del cerebro para dar alguna explicación a cosas que no comprende. A lo largo de la historia, la división del trabajo y las tareas de crianza han relegado a la mujer a la esfera doméstica de la sociedad. Hombres y mujeres tenían que dar una explicación de ese estado de cosas, y buscaron una explicación esencialista: “Las mujeres están en casa porque su lugar natural es la casa”. No es que esta manera falaz de pensar fuera la causa de esa realidad, sino al revés: esa realidad existía al margen de las creencias generales, era anterior a cualquier sistema de creencias machistas: era una realidad pre-ideológica. Si yo veo x, es porque x debe ser así.

Esta necesidad de explicar el mundo y de explicarnos, ha dado origen a una cantidad infinita de ideas supersticiosas o racionales a lo largo de la historia de la humanidad. Los seres humanos no soportan bien el vacío teórico. Busca una explicación a todo lo que juzga importante en la vida. Y antes o después, una combinación de ideas, racionales o no, lo deja tranquilo. Fíjate el empeño actual en conocer el origen del universo y la vida. Los estados científicamente más adelantados se gastan ingentes cantidades de dinero en construir aceleradores de partículas. ¿Prevén encontrar algo práctico de estas investigaciones, alguna utilidad que justifique tales inversiones y esfuerzos? Mi opinión es que es ser humano no soporta bien la duda. Algunos estudiosos piensan que los grandes pensadores suelen ser personas ansiosas que necesitan pensar para sentirse más seguros. Los grandes filósofos no han sido, al parecer, paradigmas de equilibrio emocional. Y, desde luego, sabe la psicología popular que las personas más tranquilas son aquéllas que no se plantean las cosas de la vida. No pensar equivale a no preocuparse. Por eso quizá sea la infancia, ese periodo libre de hondas cogitaciones, la etapa más feliz de la vida.

Esta necesidad de dar explicaciones de lo que hacemos o de la situación que vivimos o percibimos es, claro está, una exclusiva nuestra. Date cuenta de cómo se comportan los leones. Cazan las leonas, pero come primero el macho bravucón, el dominante, luego los demás machos no dominantes y, finalmente, los cachorros y las hembras. La clave está en el peso, no en el sexo. ¿Tejen los leones y leonas alguna teoría para justificar esa manera de actuar? Claro que no. Si en vez de leones, fueran hombres, no dudaríamos en tacharlos de machistas. Los animales no sienten la necesidad (ni pueden) justificar sus actos. Simplemente actúan como actúan, sin importarles nada más. Nosotros somos, en muchos sentidos, como los leones; pero, a diferencia de ellos, necesitamos elaborar teorías que intenten justificar lo que hacemos. Nos aterroriza la idea de vacío, lo impredecible y ajeno a nuestro control. Y esas teorías pueden ser acertadas o totalmente erróneas: teorías ad hoc. Este es el caso de la teoría machista. A falta de más datos y mejores puntos de vista, las gentes se han conformado, durante siglos o milenios, con una explicación esencialista que “explicase” la conducta típica de hombres y mujeres.

Te pondré un ejemplo más que a mí me parece bastante clarificador. Piensa en los leones. Suponte que, por las razones que sean, los leones fueran ganando inteligencia a lo largo de las generaciones, hasta llegar el momento en que tuvieran el don del lenguaje y una inteligencia parecida a la nuestra. En ese glorioso momento de su evolución, se percatarían de una manera consciente de su comportamiento, de modo que se verían en la obligación psicológica de darle una explicación: “¿Por qué los leones (machos) comemos antes que las leonas, si son éstas las que cazan la pieza?” Es entonces cuando estos leones tejerían una ideología machista. El comportamiento machista precedía a la ideología, de modo que ésta no pudo ser la causa de aquél. Tendemos a creer, con una fuerza muy intensa, que son nuestras ideas conscientes la causa de nuestros comportamientos. Así tenemos la sensación de que el control es nuestro. Sin embargo, muchos de nuestros comportamientos tienen poco de conscientes y controlados.

Para poner a prueba esta tesis, yo mismo me puedo preguntar si estoy totalmente seguro de que tenemos una necesidad psicológica tan grande de teorizar o fabular para disipar dudas y la angustia aneja a ellas. Yo diría que sí, pero no lo sé con seguridad total. Sin embargo, prefiero tener esta respuesta (provisional) a no tener ninguna. Aunque seguiré investigando si no me deja totalmente satisfecho.

Marvin Harris, un antropólogo materialista, ha aplicado ideas semejantes a algunos fenómenos. ¿Cómo explicar, por ejemplo, que los indios (de la India) no se coman las vacas, pasando tanto hambre como pasan? La razón que expone es que si mataran las vacas, todavía sería peor la cosa, económicamente hablando. Pero la explicación que dan los indios es de índole religiosa: no matan las vacas porque son divinas, sagradas.

La conducta machista, de hombres y mujeres, es anterior a la ideología machista. Y eso significa que nuestros niños y niñas reproducen las conductas típicamente masculina y femenina, respectivamente, sin necesidad de tener modelos sexistas en que fijarse o que imitar. Típicamente, las niñas prefieren juegos más tranquilos y los niños juegos más rudos. Los niños son más competitivos que las niñas y más violentos. Las niñas captan mejor la personalidad de quien tienen delante. Son más empáticas. Los niños se enfrascan con facilidad en disputas grupales o territoriales (del tipo nosotros-vosotros). Las niñas prefieren jugar juegos de relaciones y emociones. Los niños se suelen orientar mejor con los mapas y tienen más tino… Todo esto asusta mucho a mucha gente y, al oírlo, carga la lengua con la palabra “machista”. En realidad, todas esas diferencias no deben escandalizarnos. Nuestra inteligencia consciente nos permite ver dónde se producen injusticias sexistas o de otro tipo. Nuestro deber es impedir que se produzcan: impedir que el macho coma antes que la hembra (justo lo que pasaba o pasa en Japón, por cierto). Es impedir, entre muchas cosas, que haya discriminaciones laborales y o de otro tipo, o ablandar tantos las penas para los maltratadores o violadores que a los cuatro días las mujeres se vean otra vez amenazadas por estos bárbaros. Pero lo que no se puede pretender es que hombres y mujeres perciban, sientan y piensen de la misma manera. Eso es como pretender que el niño que nace zurdo, escriba con la derecha: va contra natura. La niña a la que se le compraban camiones, no jugó nunca como un niño: arropaba los camiones. Y se han dado casos tremendos como el siguiente: el de unos padres cuyo hijo recién nacido fue operado de fimosis, con tan mala suerte que perdió el pene en la operación. El médico tranquilizó a los angustiados padres diciéndoles que el sexo era una construcción social (cuestión de género, vaya), de modo que si trataban al niño como a una niña, la criatura crecería creyéndose una niña. No importaría que careciera de pene. Así pasó. A esta criatura se le invaginó la parte del escroto y se la educó como si fuera una niña, y se la vistió como a una niña. Pero llegada a la adolescencia, esta persona manifestó desazón por su condición sexual. Al final, sus padres le contaron lo que pasó cuando era un recién nacido. El chico fue operado para implantarle un pene artificial. Se casó y vivió feliz con su pareja.

Eso sí que no se puede cambiar, ¿me entiendes Miguel Ángel? Lo que tenemos que prevenir es la injusticia y la brutalidad, pero no pretender que hombres y mujeres somos o seamos iguales. O que nuestros gustos sexuales son aprendidos.

Pero añadiré algo más. Todo lo que estoy diciendo parece algo pesimista, ¿verdad? Bueno, quisiera enmendar esa impresión que quizá he transmitido. Yo no creo, de ninguna manera, que el hombre sea misógino ni nada por el estilo. Suele regirse muchas veces por la ley del más fuerte (el pez grande se come al pequeño), pero no creo que los varones nazcan con ninguna inquina contra la mujer. Ni mucho menos. Bárbaros los hay y los habrá. Pero, ¿qué duda cabe de que los hijos adoran a sus madres, los padres aman a sus hijas, los hermanos a sus hermanas…?

Ignoro, Miguel Ángel, si he entendido bien la cuestión que me has planteado o si me he ceñido a ella. Ya me dirás. En cualquier caso, espero que te haya servido de utilidad.

Gracias. Un saludo a todos.

30/10/2007 16:25 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
Ángeles
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Tu reflexión (toda) me parece excelente; se puede no estar de acuerdo con ella, pero no por esto deja de ser valiosa. Me ha hecho reflexionar, me ha sugerido mil preguntas, creado dudas y he intentado buscar fines educativos coherentes con ella.

De acuerdo, 123raus, zanjemos el tema, pero antes me gustaría decir que si siguiéramos la reflexión tal vez llegaríamos al fin último del hombre: la búsqueda de la felicidad.

No sé si la búsqueda incansable de la felicidad es innata o no, creo que puede serlo. La felicidad, para mí, es esa búsqueda en la que nos perdemos y nos encontramos una y mil veces. No sabemos cuál es el camino, pero la seguimos buscando perdidos en nuestros deseos, pulsiones, sensaciones y raciocinio. Y la buscamos en el otro, en lo otro y en nosotros mismos. Se avanza y, a veces, se dan pasos atrás. Unos creen que está en le amor; otros, en el poder; en la posesión; en el saber… El vicio, la perversión es la forma más “inhumana” de buscar la felicidad, pero hay algunos que creen que es ahí donde está el camino o donde se encuentra.
Todos buscamos la felicidad y ella parece esconderse y cuando por fin encontramos el camino, sentimos frío en muchos momentos e intuimos que se nos escapa algo y nos preguntamos, a veces, pocas, qué hubiéramos descubierto si el camino tomado hubiera sido otro. Con el tiempo, unos se sosiegan y convencen, a veces, de que este era el buen camino y otros, a veces, tienen la sensación o la certeza de haberse equivocado.
Personalmente creo que el camino hacia la felicidad está en la capacidad que tenemos los humanos de comprender o, al menos, de intentar comprendernos, de comprender al otro y a lo otro, de amarnos, de amar al otro y a lo otro (la belleza, el arte); está en descubrir la capacidad que tenemos para ser buenos, y en desarrollarla o, al menos, intentarlo. Y esto lo tienen que comprender nuestros hijos y alumnos si queremos conseguir la igualdad efectiva entre hombres y mujeres, entre razas, etc. Si queremos ser justos…

Miguel A, estoy de acuerdo con lo que dices.

Saludos.
30/10/2007 16:47 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
123raus
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Muchas gracias por tus palabras, Ángeles, eres muy amable. Estemos o no de acuerdo en algunas cosas, está claro que compartimos el mismo deseo de vivir en un mundo más feliz y más justo. Comparto planamente tu reflexión sobre cómo conseguir la felicidad. Los odios entre etnias, entre naciones, entre religiones o entre los vecinos del barrio o de la finca, nos impiden ser más felices. Decía Pascal algo así como que la mayor dicha a que puede aspirar el ser humano es a ser bienquisto por los demás. Los niños pequeños que no reciben amor de sus mayores o cuidadores, acaban padeciendo el síndrome de "hospitalismo". Aunque tengan todas las necesidades orgánicas cubiertas, si les faltan las caricias, el amor y el cariño de los tutores, se desarrollan con carencias afectivas e intelectuales profundas e irreversibles. Somos muy vulnerables a la falta de amor y a la soledad.

De ahí la necesidad vital de ampliar el círculo de la ética, hasta hacerse universal. No podemos ser felices rodeados de odios, intelerancias y violencia. Y yo añadiría, si me permites, que nuestros hijos y alumnos tienen que entender que las diferencias constitutivas entre hombres y mujeres (física, psíquicas, relacionales o emocionales) jamás deben deben fundamentar sistemas políticos discriminadores en ningún sentido que atente contra la dignidad de la persona.

Saludos.
31/10/2007 09:53 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
Miguel A
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Hola a todos.

Me alegro Ángeles de que estés de acuerdo con lo que digo. Siempre es agradable encontrarse con gente que comparte tus mismas ideas.

Cuando hablaba de violencia invisible en mi anterior mensaje, 123raus, me refería a la violencia psicológica, la cual no va siempre acompañada de la física. Violencia psicológica que se materializa a través de diversas formas de actuar, conductas, que lo que pretenden es desvalorizar y minar la autoestima de las otras personas, las mujeres en este caso, y conseguir que se sientan absolutamente dependientes de ellos. Sigue pareciéndome que la asocias a la física, y no siempre aparecen juntas (la física con la psicológica sí, pero la psicológica con la física no necesariamente).

El hecho de que hagas tanto hincapié en las diferencias del hombre y de la mujer y en la importancia de la biología, a pesar de que me parece entender que lo haces en tu afán de oponerte a la idea dominante de que el ambiente nos determina y para recordar que no somos tan especiales como nos creemos y que seguimos estando muy cerca de los animales, me produce cierto rechazo, más que nada porque suelen ser argumentos en los que se escudan los hombres para justificar sus comportamientos discriminatorios y vejatorios, aunque está claro que no es ese tu caso.

Por lo demás, puedo decir que comparto casi plenamente tus razonamientos: no sé si coincidimos en que la cultura también influye bastante en el actual clima de violencia general, en que el hecho de que sea un fenómeno universal probablemente se deba a que las sociedades existentes se rigen todas por los patrones de comportamiento masculino y quizás también a que el mundo es cada vez más pequeño, por el auge de las tecnologías de la comunicación y la globalización de la economía, la cual, dicho sea de paso, también está gobernada por hombres, con unos planteamientos que resaltan y fomentan lo peor de los valores masculinos (que crea esto no quiere decir, ni mucho menos, que piense que la misma nos determina sin que podamos hacer nada para evitarlo, sino todo lo contrario, estoy seguro de que hay muchos comportamientos aprendidos que podemos cambiar, no de la noche a la mañana, sino a través de la reflexión y, sobre todo, del trabajo personal arduo y continuado). Y también puedo decir que comparto contigo totalmente, y esto es lo importante, los objetivos a los que hay que tender, por los que hay que trabajar.

Un cordial saludo a todos, Miguel Ángel.
2/11/2007 20:42 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
123raus
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Hola, Miguel ángel, ¿qué tal?

Seguramente te refieres, Miguel Ángel, a todo eso que el sociólogo Pierre Bourdieu llama violencia “simbólica” (La dominación masculina”. Seguramente, también podríamos apreciar una violencia institucional hacia la mujer, o hablar del ingeniosamente nominado “techo de cristal” ya denunciado, que impide a la mujer alcanzar mayores cuotas de poder político. Creo que llevas razón: si ese tipo de violencia existe, debe ser denunciado (ya lo está, pero seguir denunciándolo) y puesto en la picota.

Lo que pasa es que, bueno, todo esto excedía el objetivo de mi primer mensaje, que era hablar del origen natural del amor y de los celos. De los uxoricidios y de su relación, claro está, con la educación.

Por otro lado, pienso que todo esto de la violencia simbólica tiene importancia, sin duda, pero creo que pertenece a otro debate; al debate del eterno conflicto entre sexos, en el cual los hombres caricaturizan la imagen de la mujer y ésta la imagen del hombre. La cuestión es que yo no creo que la caricaturización que el hombre (algunos hombres) hace de la mujer, sea realmente la causa de que ésta disfrute de cuotas de poder político menores, aunque no niego que esa caricaturización pueda tener su parte en ello.

Pero creo que el problema verdaderamente grave se da cuando media la intimidación y la violencia físicas. Pues, en la medida en que no medie, pienso que la mujer sabe defenderse, por lo general, perfectamente bien de este tipo de ataques verbales o manipulaciones, por más que no por ello dejen de ser condenables, claro está. De hecho, si la mujer fuera una criatura inerme ante ese tipo de ataques verbales, ¿cómo se habrían abierto camino las reivindicaciones políticas del feminismo, cuya principal arma ha sido la razón y la palabra? Si bien, en mi opinión, esas reivindicaciones verbales tampoco son la única o principal causa de las conquistas feministas.

Eso en el terreno político. En el terreno de las relaciones interpersonales heterosexuales, tampoco la mujer me parece inerme, precisamente. Es más, yo creo que, por término medio, la mujer se desenvuelve mejor que el hombre en estas lides. Por una serie de razones:

1. Las mujeres (por término medio siempre) aguantan mejor que el hombre la tensión emocional producida en las discusiones de pareja.
2. Dominan mejor que el hombre la expresión verbal.
3. Están más facultadas el varón para conocer la personalidad del otro.
4. Detectan mejor que el hombre los diferentes estados emocionales de su interlocutor.
5. Interpretan con mayor maestría el lenguaje corporal.
6. Detectan mejor las mentiras y los engaños.
7. Soportan mejor que los hombres la abstinencia sexual.

En mi opinión, si no media la violencia física masculina, la mayoría de las mujeres tiene todo a su favor para dominar sin ser dominadas. ¿Lo ideal y a lo que deberíamos aspirar? Pues a conseguir un mundo en que los sexos, aparte de atraerse y amarse, no se enfrascaran en caricaturizaciones mutuas sobres sus respectivas formas de ser o debilidades, supuestas o reales. Es decir, un mundo en que nos aceptásemos y nos respetásemos. Un mundo en que aceptásemos gustosos la ayuda y el carácter complementario del otro sexo.

Me has entendido muy bien, Miguel Ángel: dado que la norma ideológica imperante es dar por sentado que el ser humano está determinado por el ambiente, mi intención es combatir esa idea. Pero no para irme al extremo opuesto y decir que estamos genéticamente determinados. En ese caso, no habríamos avanzado nada. Por esta razón me he preocupado en poner contundentes ejemplos de cómo el hombre puede sobreponerse a la fuerza de sus apetitos naturales o del tirón del estímulo, como dice Marina. Por tanto, no sé si los bárbaros que sojuzgan a las mujeres, acuden al determinismo genético para escudarse en él (es probable que aleguen un impulso incontrolable), pero, como tú bien sabes, no es algo que se pueda deducir de mis palabras. No obstante, seguramente no he conseguido explicarme bien.

Si yo afirmo la naturaleza instintiva de los celos, tanto en hombres como en mujeres, no es para justificar los actos criminales que inspiran, sino porque lo creo así, nada más. Hablar de los orígenes de algo, no es lo mismo que justificar ese algo. Y pienso que la comprensión adecuada del origen de nuestros malos actos, ayudará a idear una educación más eficaz y unos tratamientos psicológicos más sólidos.

No pretendo defender ningún tipo de determinismo genético, y he puesto varios ejemplos de que el origen genético de algo no implica estar determinado por ese origen. Pero es fácil caer en el determinismo contrario: el determinismo ambiental. En el error de pensar que nos determina la educación, la cultura, el lenguaje o las experiencias de la infancia. Marina ha documentado muy bien este fenómeno en “En busca de la voluntad perdida”. Y otros autores exponen casos en que el criminal (o su abogado) se presenta ante el juez alegando una infancia de malos tratos que lo ha llevado, irremisiblemente, a caer en el crimen. Este libro de Marina, como tantos otros que contravienen la idea posmoderna de que el ser humano es un ser heterónomo y sin voluntad y un títere del ambiente, es un manifiesto contra la ideología que preconiza el determinismo ambiental, no menos dañina que la ideología que defiende el determinismo genético. Ni aquélla ni ésta retratan bien al ser humano. Un hombre celoso y violento también podría alegar que, dado el excepcional influjo de las enseñanzas recibidas en su comunidad machista, no pudo sino actuar como actuó. Por fortuna, no somos títeres de nuestros apetitos naturales ni de las ideas aprendidas, sino que tenemos la posibilidad de dirigir éticamente nuestra conducta, por más que, de cuando en cuando, caigamos en la tentación o nos domine la fuerza de la pasión. Buena parte de la obra de Marina es, pienso yo, un soberbio esfuerzo por rescatar al sujeto de la heteronomía que la posmodernidad le atribuye.

El determinismo genético nos lleva a echarle la culpa de nuestras faltas a los genes. El determinismo ambiental a echársela a la sociedad o la cultura. Ambos son falsos y perjudiciales para forjar seres humanos irresponsables de sus actos o, mejor dicho, por pretender que son irresponsables.

¿Cómo no vamos a estar condicionados por pulsiones y apetitos naturales? ¡A todas horas y a cada momento! Pero una cosa es estar condicionados y otra muy distinta estar determinados.

El temor de quienes creemos en el influjo de la naturaleza en la conducta humana, es no conseguir hacer comprender a nuestro interlocutor que ese influjo es condicionante pero no determinante, al menos no siempre. Si fuera determinante, no podríamos hablar de libertad o autodeterminación, o fuerza de voluntad. Si nos sabemos libres es porque nos sabemos sobreponer (aunque no siempre, claro está a la fuerza de nuestros apetitos éticamente inadecuados. Si careciésemos de apetitos instintivos (por comer, copular, jugar, agredir… no necesitaríamos ninguna cosa llamada voluntad para dominarlos. Ni necesitaríamos una pedagogía ética como referente de nuestra conducta.

En lo referente a lo que dices sobre la relación entre violencia mundial y poder masculino, no sabría que decirte, pero creo que es evidente que si estuviésemos gobernados por mujeres, no nos iría peor, desde luego. De modo que es muy probable que lleves razón. Si sirven de algo los estudios con nuestros primos primates, la investigación prueba que las hembras suelen mediar en los conflictos para suavizarlos o revocarlos. Y aunque no creo que sea cuestión de santificar a la mujer, ni mucho menos, si es probable que, en general, busquen soluciones diplomáticas antes que bélicas. Los hombres y sus cuestiones de honor no facilitan un mundo en paz, precisamente. Muchos hombres consideran una cuestión de hombría defender sus ideas a palos, y esto pudo tener su justificación en tiempos de nuestros antepasados evolutivos, los cazadores-recolectores, pero hoy día no, rotundamente no. Si la mujer está más inclinada al diálogo o, en todo caso, el conflicto verbal, sin duda el mundo agradecería que se alzasen con el poder político.

Cordiales saludos.

4/11/2007 15:37 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
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