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EN BUSCA DE LA AUTORIDAD PERDIDA.


Quisiera advertir a mis lectores que quizá me lanzo a las aguas de este magno proyecto sin tener claro si se sabré nadar en ellas. No soy maestro ni profesor. Después de acabar mis estudios de psicología, trabajé durante un año en un pueblo de Albacete como monitor de Servicio de Ayuda a Domicilio, en que impartí, a jóvenes de entre 16 y 19 años, clases de psicología. Lo poco que sé del funcionamiento de escuelas e institutos, lo aprendí de cuando hace unos años me preparé las oposiciones de secundaria. De éstas salí repelido, como quien choca con un par de neumáticos: me pusieron un 0,0; como la cerveza sin alcohol. Y el tema escrito que desarrollé versaba sobre el proceso de socialización del niño. Por tanto…
Después he dictado clases en asociaciones de mujeres (de geriatría o de pintura), clases de técnicas de estudio a niños de diversas edades y clases particulares de técnicas de estudio o de pintura. Es decir, mi experiencia docente quizá no sea la suficiente como para hacer alguna aportación de calidad. No obstante, temeridad natatoria mediante, allá voy.


1. COMPRENDER.

El primer mensaje que mandé a la web trataba de una curiosísima metamorfosis. En cierto modo, la inversa a ésa que transforma la ascética y gris crisálida en preciosa y engalanada mariposa: la que yo tenía bajo el microscopio era la que transmutó el igualitarismo fraterno (mariposa) de los años setenta, en el individualismo fraticida (crisálida) actual. Quise mostrar cómo el aparato ideológico de la fraternidad y la amistad evolucionó por torcidos caminos hasta convertirse en el aparato ideológico del egoísmo, la enemistad y el conflicto. Algo parecido a transformar una fábrica de bizcochos en una fábrica de armas. Algo feo y oportunista, justo lo que hacen los virus o las bacterias con nuestras células, según creo.

Vi claro que la argamasa con que la posmodernidad levantaba su mastodonte individualista, estaba compuesta, entre otros elementos, de una idea espuria de igualdad, de mediocridad y de relativismo. Con estos elementos, mil veces sacralizados por políticos mediocres, pedagogos poco ilustrados y ciudadanos confundidos, se pretende guarecer la hiperdemocracia posmoderna del coco de la autoridad, con el resultado que ya vemos y sufrimos: el de que nadie reconoce más autoridad que la que mana de sí mismo y sus sacrosantas glándulas germinales.

¿Qué debemos hacer? Supongo que tratar de prestigiar lo que hasta la fecha está desprestigiado (la autoridad, la calidad, la excelencia, la genialidad, el talento… y desprestigiar lo que, en consecuencia, está prestigiado (la autarquía individualista, la chabacanería, la mediocridad…. Confío en que, dándole un puntapié a la espinilla del ogro individualista, las cualidades y valores que queremos inculcar en nuestros alumnos, tomarán asiento en su corazón y sus mentes.

He dicho inculcar a propósito, a ciencia y a conciencia. Precisamente porque los tiempos corrientes, afincados en ese interregno que niega la autoridad explícita (pero que se desangra en reyertas de una legión de cabecillas), son contrarios a inculcar cosas en las mentes vírgenes. Un escrúpulo y una renuencia posmodernos que yo no comparto, pues inculcar puede entenderse, según el diccionario, como infundir con ahínco en el ánimo de alguien una idea, un concepto, etc.

Hablando, en concreto, de la asignatura de Educación para la ciudadanía, lo que nosotros, como educadores, queremos infundir con ahínco en los ánimos, son cosas de indiscutible valor intelectual, ético y humano. Queremos inculcar axiomas éticos (también lógicos y científicos en otras asignaturas), no ideas que estén sujetas a discusión (¿quién en su sano juicio ético puede estar en desacuerdo con combatir el racismo?). Ese relativismo es desquiciante y no conduce más que a dudas ilícitas. Ilícitas y perversas. Dudar de la bondad e inmutabilidad de los principios en que se funda la Declaración de Derechos Humanos es, simple y llanamente, una perversión del pensamiento posmoderno (o del religioso y dogmático). La duda no siempre es sana ni razonable, ni revela una mentalidad tolerante y abierta. Quien duda de la dignidad de un hombre negro por ser negro, no es precisamente un individuo tolerante. Así pues, los docentes y los padres debemos partir de la convicción de que los axiomas éticos y sus corolarios, deben inculcarse, sin más trámite, en los niños, pues por su misma composición atómica, no pueden analizarse ni discutirse. Y con eso no estoy diciendo que el hombre los haya aprehendido sin esfuerzo ni trabajo, o que los capte la simple intuición. No, lo que estoy diciendo es que al hombre le ha costado mucho sudor intelectual llegar a la conclusión de que los derechos humanos son axiomas para la mente ética y, por tanto, inanalizables. Probablemente, la tarea más difícil para nuestra inteligencia es descubrir los axiomas de cada disciplina, aquello que por su evidencia no precisa demostración. Pero esto es una paradoja, en cierto sentido, dado que a los axiomas se llega machete en mano, tras dejar atrás una selva de estorbos.
A estas alturas de la historia, condenar, por principio, la tortura, la esclavitud o la guerra, es tan legítimo y necesario como afirmar la verdad descriptiva, tautológica, de que un triángulo equilátero tiene los tres lados iguales. No se trata de inculcar ideologías, sino verdades universales, axiomas éticos inalienables de la condición humana. El hombre, a través de sus genios éticos, ha conseguido hallar algunos axiomas éticos, y nosotros debemos emplearlos.

Para prestigiar el concepto de autoridad legítima, tenemos que desprestigiar y refutar, implícita y explícitamente, los conceptos en que el igualitarismo-individualismo se entrona.

La comprensión intelectual de que hay cosas mejores que otras, cosas de más calidad que otras, no es precisamente tarea difícil, sino algo accesible a la inteligencia de cualquier mortal. Más bien lo difícil, lo imposible, es pretender que todo tiene el mismo valor. Cualquier niño vería con claridad meridiana que Ronaldo juega mejor que yo al fútbol. Y cualquier mente normal es capaz de ver que Velázquez pintaba de una manera extraordinaria. La pedagogía igualitarista, en su empeño de cebar ese limbo de equivalencias de que nos habla Marina, va contra natura, va contra el juicio recto de las cosas. Por tanto, el docente no tiene que hacer grandes esfuerzos para idear actividades escolares que muestren a la claras que los resultados de nuestras actividades intelectuales varían en su calidad.

Para adecentar los conceptos de autoridad y de excelencia, no hay más remedio que eliminar de nuestro vocabulario las expresiones relativistas que apuntalan la chavola de la mediocridad: “Esto no es mejor que esto otro, sólo diferente; una experiencia más, ni mejor ni peor; todas las opiniones son respetables; si me has entendido, ¿qué más da cómo lo escriba?” y otras de estirpe similar.

Pondré un ejemplo sobre cómo los maestros y profesores pueden trabajar con sus alumnos para adecentar y depurar el maltratado concepto de autoridad:
El maestro tiene ante sí a, digamos, quince niños. A los niños se les pone, por ejemplo, la tarea de dibujar algo. Al mismo profesor, verbigracia. Una vez acabados los dibujos, el maestro los pone a la vista de los nenes y les pregunta cuáles son los tres, cuatro o cinco mejores dibujos. Con seguridad algunos destacarán sobre los otros, de modo que es posible que, si no consenso, sí haya sólidos acuerdos entre los niños. Luego habría que hacerles ver que los mejores dibujos se corresponden, claro está, con los mejores dibujantes de la clase. Y que éstos tienen autoridad ante el resto en materia de dibujo. Este tipo de actividades puede aplicarse a cualquier asignatura, como es lógico. Llegado el caso, los niños tendrían que escoger a los alumnos más dotados en determinadas materias para dejarse dirigir por ellos en las actividades grupales en que los elegidos fueran más duchos. En las que tuvieran más autoridad que el resto.

La pedagogía relativista es, en cierto modo, antipedagógica. ¿Por qué? Porque no deja respirar a la inteligencia. Comparar es una actividad esencial de la inteligencia, necesaria para sobrevivir en este mundo: ¿Estoy mejor tomándome esta medicina o no?; ¿es mejor este método de caza o aquel otro?; ¿está mejor el mundo con Buhs o sin él (esta pregunta no vale: sabemos la respuesta incluso sin preguntar?; ¿es mejor para mí estudiar medicina o matemáticas? La resolución de problemas exige, siempre, la satisfacción de criterios explícitos o implícitos: ¿He conseguido la armonía que me satisfaga en este cuadro?; ¿Estoy haciendo las jugadas necesarias para acorralar al rey en esta partida de ajedrez?
Por tanto, la pedagogía relativista es un atentado directo a la inteligencia. Si el sujeto compara los diferentes estados, cosas, conductas y situaciones de este mundo, no es por mero entretenimiento, sino para juzgar qué estados, cosas, conductas y situaciones le convienen más. Juzgar es valorar la conveniencia de las cosas, su calidad, su utilidad, su eficacia para producir el efecto deseado. Comparar y aceptar la resolución del juicio, restablece la respiración natural de la inteligencia y confuta los principios espurios de la pedagogía posmoderna: la igualdad, la mediocridad y el relativismo. Efectivamente, la comparación demuestra que ni las cosas ni las personas somos iguales, por más que todos tengamos los mismos derechos. Demuestra que unas cosas son mejores que otras y algunas personas están más preparadas o capacitadas para hacer determinadas cosas. Demuestra, por tanto, que no son igual de preferibles todas las cosas.

Con esto no estoy diciendo que las comparaciones que efectúa nuestra inteligencia sean siempre fáciles. Estoy diciendo que la comparación es su forma de respirar, de trabajar. Claro está que hay comparaciones de fácil resolución (“¿quién es mejor futbolista, Ronaldo o yo?). Otras veces, muchas otras veces, la cosa no es tan fácil. Por ejemplo, yo estoy defendiendo un tipo de pedagogía diferente al que ahora tenemos en nuestros centros educativos y en las casas. ¿Cuál es mejor? A mí me resulta evidente que el que yo defiendo, pero comprendo que no todo el mundo lo vea así. Y por eso mismo me afano en mostrar las virtudes de mi propuesta y los defectos de la otra. El lector tendrá que juzgar (comparar) qué sistema le convence más. Las comparaciones difíciles exigen prudencia o, incluso, suspender el juicio hasta dar con una solución satisfactoria en el plano lógico y en el plano ético. Pero eso no nos excusa -más bien lo contrario- para seguir ensayando comparaciones, para seguir midiendo.

Así pues, mi propuesta consiste en prestigiar el concepto de autoridad legítima mediante ejercicios intelectuales en que se explicite el proceso de comparación, juicio y elección. Es decir: comparar, juzgar y elegir la mejor solución.

Por supuesto, esta propuesta deberá enriquecerse tanto como se pueda o se quiera, en función del ingenio del maestro y de los pedagogos. El criterio es claro: conseguir que nuestros alumnos acepten explícitamente la necesidad de hacer comparaciones, de juzgar los términos de la comparación y, llegado el caso, de elegir lo que mejor se adecue a nuestros propósitos, fines y proyectos. Los niños comprenderán la necesidad de reconocer que unas personas están más dotadas o preparadas para determinadas actividades que otras personas, de modo que lo conveniente será reconocer la mayor autoridad de aquéllas ante éstas.

Así pues, propongo desarrollar programas en que, explícitamente, los niños hagan actividades que les obliguen a comparar, juzgar y elegir.

1. Comparar.
2. Juzgar.
3. Elegir.

Quizá al lector le parezca que planteo un proceso redundante. Que toda comparación exige, de por sí, un juicio. No lo creo así, pues, aquí, el juicio es el resultado de la comparación; mientras que la comparar es la actividad de medir varias cosas de acuerdo con algún criterio.

También es posible que el lector oponga resistencia a la idea de que sea necesario comparar, juzgar y elegir diferentes preceptos o ideas morales (de nuevo otro enlace con Educación para la ciudadanía). Comparar, juzgar y elegir la mejor jugada de un partido de tenis es, al fin y al cabo, inocuo. También en arte será posible establecer autoridades, incluso más allá de los gustos particulares. Lo difícil será cuando lleguemos al terreno de las diferentes morales. ¿Cómo saber quién está más autorizado en estos terrenos? ¿Cómo saber qué cultura propone una solución más ética? Todo el mundo en sus cabales convendrá en que la esclavitud es inaceptable, por ejemplo. Pero ¿debemos consentir que las niñas islámicas lleven velo en las escuelas? Yo tengo mi parecer (razonado, creo yo) al respecto, pero compruebo que no todo el mundo lo comparte. Bien, ante este tipo de escollos, no creo que se deba concluir, a la manera relativista, que, dado que no llegamos a un acuerdo, lo adecuado es sentenciar que lo mejor es inhibir el juicio y dejar el asunto en manos de la mera opinión. O que no hay manera de establecer quién tiene más o menos autoridad moral o ética. Más bien, lo que necesitamos es seguir pensando hasta encontrar el criterio o la medida que más nos acerque a un acuerdo más robusto.

La existencia de autoridad y autoridades demuestra que:
1. Las personas no somos iguales en capacidades, talentos, actitudes y preparación.  PRINCIPIO DE NO IGUALDAD.
2. Las cosas, las ideas, los estados o las actividades tienen diferentes calidades.  PRINCIPIO DE EXCELENCIA O DE NO MEDIOCRIDAD.
3. No es indiferente la elección de las cosas.  PRINCIPIO DE NO RELATIVIDAD.

Me pregunto si todo esto será necesario para prestigiar el concepto de autoridad legítima, ahora ausente en nuestras casas y nuestros colegios. Ya sé que no es suficiente, por supuesto. ¿Pero es, al menos, necesario?


2. OBEDECER.

Veo, por otro lado, que aunque por medio del tipo de ejercicios propuestos y otros similares, consiguiéramos que nuestros alumnos comprendieran la necesidad de tener autoridades intelectuales, éticas, filosóficas, etc., estaríamos solo al comienzo del camino. ¿Por qué? Porque una cosa es que el sujeto comprenda la necesidad de que en la vida nos guiemos por la autoridad y, otra cosa, es que tenga coraje para acatar la voz de la autoridad. Muchas personas “saben” que tienen que moderar el consumo de grasa o de alcohol; que no deben fumar o no correr tanto con el coche. Saben incluso por qué es malo desoír a las autoridades médicas cuando nos aconsejan no comer muchas grasas. Muchas personas podemos dar un montón de respuestas bien razonadas y documentadas sobre qué es el colesterol malo y por qué es nocivo para la salud, o por qué tomar mucho sol puede ser desastroso para nuestra salud. Otra cosa es que, en efecto, dejemos de fumar, de ingerir grasas sabrosas, correr con el coche, de quemarnos al sol, etc.

Por eso, cuando alguien, por ejemplo, toma demasiado el sol, podemos albergar, razonablemente, las siguientes dudas:

A. ¿Toma el sol en exceso porque no reconoce a la autoridad sanitaria que le dice que no abuse del sol?
B. ¿Abusa del sol porque, aunque sepa que está contraindicado por una autoridad competente, no comprende bien los mecanismos que causan el daño a la salud o el mismo alcance y naturaleza del daño?
C. ¿Abusa del sol porque, pese a reconocer la voz de la autoridad médica y comprender los mecanismos que producen daño a la piel, no tiene fuerza de voluntad o temple para verse blanca mientras sus amigos y conocidos van (peligrosamente) bronceados?

Por tanto, nuestra pedagogía necesita una red más grande. Nuestros niños no sólo tienen que aprender a pensar para comprender que hay diferentes autoridades en este mundo: también tienen que tener formado el carácter lo suficiente como para acatar, de hecho, la voz de esas autoridades.

En realidad, el punto B no es preocupante si el A y el C están en su sitio. Yo me tomo las pastillas para combatir el resfriado porque me las manda el médico (una autoridad), no porque comprenda bien qué efecto concreto hacen las pastillas en mi cuerpo. Hoy día parece que las personas estamos interesadas en comprender lo que dicen las diferentes autoridades intelectuales (físicos, médicos, psicólogos, meteorólogos, filósofos…, quizá porque, aparte la natural curiosidad intelectual, no se quiere obedecer o acatar la voz de la autoridad sin antes comprenderla.

Para establecer una educación basada en el respeto a la autoridad legítima, debemos, pues, estimular y formar el intelecto de los niños y, además, su fuerza de voluntad.

Siento decir que aquí, en este punto, estamos perdidos. Estamos perdidos si los educadores no conseguimos convencer a los políticos y las familias de que es necesario establecer en nuestros colegios regímenes disciplinarios mucho más firmes y eficaces que los que tenemos ahora. Si los políticos y las familias no consienten la implantación de tales regímenes, yo creo que no podremos hacer gran cosa.

Cuando los docentes, las familias y los políticos estén de acuerdo con imponer mayor disciplina en nuestros colegios, entonces la cosa cambiará.

La manera de endurecer el carácter y fortalecer la voluntad es la que todos ustedes conocen. No estoy hablando de cuarteles militares o espartanos, ni nada por el estilo; sino de poner límites al niño. Hablamos, simple y llanamente, de aplicar los mecanismos del condicionamiento operante: No saldrás a jugar hasta que no hagas los deberes; si no bajas la televisión, la apago; si vuelves tarde a casa, no saldrás el próximo sábado de fiesta… Explicar, razonar y dialogar con el chico, únicamente, no es suficiente. Al menos en la inmensa mayoría de los casos.

Si el chico obedece, entonces está fortaleciendo su voluntad (se pone a estudiar y aprende a evitar la tentación de irse a jugar).

Si el chico no obedece, tendrá que soportar el castigo impuesto (no ver la tele, no jugar con la consola, etc.), lo cual le obligará a soportar la frustración y, con ello, a endurecer el carácter.

Seguiré trabajando en esta propuesta inicial si ustedes la consideran de algún valor. Ojalá que sí.


RESUMEN.

1. La pedagogía posmoderna se funda, entre otros, en los principios de igualdad, mediocridad y relatividad.
2. En este tipo de pedagogía, la actividad de comparar está coartada, asfixiada. Pues todo es igual, todo vale lo mismo y no hay criterios objetivos o intersubjetivos para elegir y preferir.
3. En consecuencia, no es admisible proponer que unas voces tengan más autoridad que otras. Atenta contra la inteligencia, al no dejarla trabajar y, por ende, contra la autoridad.
4. La pedagogía que aquí propongo es contraria a esa pedagogía. Pretende establecer una educación respetuosa con la autoridad, haciendo explícitas las comparaciones de cosas, situaciones, estados y conductas, y, claro está, también los juicios consecuentes a la comparación.
5. La comparación explícita de las cosas concienciará al alumno de la diversidad de calidades y niveles de eficacia de las cosas comparadas.
6. Habrá un reconocimiento explícito de la mayor capacidad o preparación de ciertos sujetos en determinadas actividades o materias (reconocer la autoridad en las personas)
7. Necesitamos regímenes disciplinarios basados en sanciones proporcionales a la falta, pero muchísimo más firmes que los actuales. Ello fortalecerá el carácter y la voluntad de los alumnos; y aprenderán a soportar las frustraciones de la vida. Una persona con inteligencia y voluntad, sabrá comprender y acatar la orden, la prescripción o el consejo de la autoridad.

GRACIAS.

24/10/2007 18:51 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
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