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Inicio del foro > FORO DE MOVILIZACIÓN EDUCATIVA > General > SOBRE CÓMO RECUPERAR LA AUTORIDAD.
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Ángeles
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Buscar el principio, la causa de las cosas, es un ejercicio necesario y… no es perderse en cosas abstractas, Amadeo. Tenemos que ir a las causas primeras y partiendo de ellas buscar soluciones a los grandes y pequeños problemas. No podemos permitirnos el “lujo” de trabajar a tientas. No podemos buscar una solución a cada problema sin coordinarlo con los semejantes y los diferentes, porque aunque no todas las situaciones y personas sean idénticas, las hay muy parecidas. Los aparatos y sistemas de nuestro organismo trabajan coordinados…
Estudiar los problemas, desde mi humilde punto de vista, requiere estudiar el pasado y el presente, a otras civilizaciones y a otras sociedades e imitar... lo que de bueno hay en ellas; a las que están en una situación económica, cultural, etc. parecidas a la nuestra y las que están en situaciones diferentes. Las ciencias así lo... Considero que la abundancia mal administrada trae consecuencias serias. El hombre ha sabido y sabe sacar partido a la naturaleza (a veces descontroladamente, poniendo en riesgo el equilibrio natural, esto dicen muchos y servidora también lo cree). También creo que - mirando las riquezas que poseen instituciones, sociedades y algunos individuos – es difícil llegar al equilibrio justo. Hoy se habla de las fortunas más grandes del mundo, de las conciencias… Se recuerda a diario que en el mundo mueren muchas personas de hambre y de enfermedades que ya… A nosotros y a la sociedades que como nosotros son llamadas sociedades del bienestar (habrá pobres, pero no hay hambre; habrá desidia, dejadez, vaguedad, vicios… - estas palabras se inventaron ya antes - pero no hay hambre, hay fármacos maravillosos y cirugía… Habrá ricos muy ricos, pero no hay pobres muy pobres como en otros lugares de la tierra. Hemos avanzado tanto que… Las sociedades del bienestar se caracterizan por la falta de iniciativa de muchos… el estrés, la ansiedad, la depresión, el individualismo, la hamburguesa… pero no por la pobreza. Y esto debido, seguramente a esa dualidad de la que habla 123raus y con la que estoy casi de acuerdo: “…intentar educar a nuestros niños con los valores de la democracia, la cual prescribe la cooperación, el diálogo, la ayuda al necesitado, etc., y, al mismo tiempo, educar a nuestros niños en un sistema neoliberal que exige la competitividad feroz y la desigualdad social sin límites” (en nuestra sociedad, sí existen normas sociales, aunque unas contradigan a otras; además, éstas no se han degradado tanto – siempre desde mi punto de vista – sino que somos incapaces de acoplarlas, ajustarlas como si fueran un solo cuerpo; hay que pactar; somos muchos los que creemos que esa competitividad feroz y esa desigualdad social – una diría, para ser justa, con límites – no es buena, pero no podemos negar que está ahí y que son muchos los que la apoyan – todos los que piensan que hay clases: trabajadora… parásitos… y los que están en una zona intermedia y… ¿quién tiene la razón?; mi lucha primera es ésta, tenemos que hablar y pactar, llegar a acuerdos entre las partes).
Y… no creo que hayamos perdido el norte, Amadeo, ni que actuemos de forma desordenada y errática, es que nos interesa hacerlo así, es que nos atrae esa doble moral - así tenemos una justificación a nuestros actos… el otro también lo hace, no voy a ser yo el que… Esta es la realidad y, sí, somos capaces de solucionar los problemas, es… que… a muchos no les interesa y no dejan a los que... Con esto tenemos que contar y buscar puntos de conexión; y es esto realmente la democracia… No podemos obligar a otros a hacer lo que nos parece lo mejor (aunque lo sea), porque para ellos lo mejor es otra cosa; y porque sino esto seguiría siendo lo que es… una lucha de intentos de convencer al otro con mil y una estrategias, no todas honrosas, de…
Amadeo, dices: “cuanto mas exigentes con los demás y con nosotros mismo seamos mejores resultados tendremos”, así tendría que ser, pero aclaremos qué es la exigencia justa, de la sé que hablas, no vaya a ser que algunos la tomen por… trabajar mucho y ganar poco…
Amadeo, dices que te gustaría discutir sobre lo que falla y proponer soluciones. Y ¿no es esto lo que hacemos los que aquí escribimos? Unos creemos en unos métodos y otros en otras, muchas veces se ve el acuerdo. Ahora estamos en... No, yo no creo en ese azotillo puntual del que habla 123raus, no, mi experiencia me lleva a creer en la templanza (grité en más de una ocasión a mis hijos, cuando los criaba, y no me gustaba a mi misma en esos momentos y menos aún después, me sacaban de mis casillas y eso no era bueno ni para ellos ni para mí, lo he hecho y lo sigo haciendo en alguna ocasión en otras parcelas de mi vida y creedme tampoco me gusta, mi objetivo desde hace muchísimo tiempo es éste: domar esa ira que a veces me acosa… Lo voy consiguiendo. Por ello me gustan tanto las personas calmas… creo que todos vosotros los soy…

123raus, tan importante es para mí tu opinión como la de el nuestro anfitrión. Son ambas muy importantes créeme. Pero no me convence lo del manotazo ni siquiera el premeditado, el no nacido del susto irascible, no creo que solucione nada. Tampoco me gustan los gritos, aunque comprendo que a veces… con los niños no queda otra, porque lo del enchufe o lo de los coches… se le asusta porque tú te asustas, después hay que explicarles lo que puede ocurrir, lo que ha sentido mamá o… y… A los niños pequeños no se les puede quitar el ojo de encima, no se pueden dejar peligros a su alcance y hay que ir poco a poco enseñándoles como funcionan las cosas. Hay quién opina que todos tenemos que tropezar y caer – salvando, imagino, estas situaciones de extremo peligro - para aprender; no lo sé, puede, pero mejor sabiendo lo que nos puede ocurrir tras…
Y, estimado 123raus, no es comparable un azotillo en el culete a un divorcio o a una operación de apendicitis; igual que no es comparable una apendicitis estrangulada a una apendicitis benigna o un divorcio traumático a un divorcio de mutuo acuerdo, aunque nada de lo comentado sea plato de gusto, por supuesto, pero no es lo mismo. Tampoco, y salvando las distancias, nos gusta tener que contrariar a mis hijos ni castigarlos sin jugar un rato porque tienen que cumplir con sus deberes antes… Pero ellos tienen que saber que no queda otra y que tiene que ser así, porque algún día tendrán que enfrentarse… La proporción para mí es ésta. Y… no se pierde la autoridad por explicar y explicar y dialogar y dialogar y vigilar y vigilar, ayudar, y volver a explicar… se es un poco pesada, eso sí, y una acaba rendida, pero…
Es muy duro ver llorar a un hijo por dolor – físico o psíquico, es lo peor que le puede pasar a una madre -, pero hay veces que los niños lloran porque saben que así pueden conseguir lo que en ese momento desean - cuando ven que no te convencen con palabras y que tus razones son de mayor peso… miran por el rabillo del ojo muy sabiamente y valoran el efecto que está haciendo su llanto… y… También creo que cuando a un niño – en condiciones normales – se les trata desde su nacimiento así – cuando cumplen con sus deberes y se les premia dedicándoles tiempo, jugando mucho con ellos… acompañándoles para que jueguen con sus amiguitos, no hace falta quitarles privilegios, porque cumplirán con su parte…
Por otra parte, 123raus, entendí bien lo que comentabas sobre la anomia y sí creía que existía anomia en épocas pasadas, igual que doble moral y picaresca; siempre se ha dicho que España es el país que… ¿la inventó?, no lo creo, pero… ¿Cuántos hijos bastardos? La de nuestros padres y abuelos no fue mejor… ¿Cuántos hijos de señoritos y criadas?, ¿cuántas casas de prostitución? Y… violencia de género silenciosas… violaciones silenciosas… aprobados pagados con jamones, oposiciones… Siempre ha existido… La normas sociales, antes, – aunque peores que las de ahora - también se degradaban, creo que siempre se han degradado, “quién invento la ley (norma) invento la trampa”, esto no es nuevo.
Los problemas de hoy son graves, sí; estoy de acuerdo en todo lo que dices sobre individualismo feroz, la violencia, demagogia, capitalismo también feroz… Tampoco queremos, también estamos de acuerdo, que nadie sufra depresión ni padres ni maestros y menos niños – que creo también son bastantes los que la sufren.
Estoy contigo, 123raus, con todos, sigamos hablando de enseñanzas y aprendizajes, de educación, de valores, de escuela y familia, sigamos exponiendo cada uno los métodos que consideramos mejores y sus razones, las soluciones mejores y lleguemos a acuerdos…
Saludos a todos y sigamos adelante… Sigo aprendiendo de y con vosotros, aunque a veces no esté de acuerdo con todo lo que decís y… decir que no quiero molestar a nadie, ni convencer, mi intención es sólo exponer mi punto de vista, por si sirve.
24/2/2008 13:17 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
Amadeo
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Ángeles: mis expresiones son a nivel general, político, social y administrativo.
En general no le damos a la educación la importancia que tiene, en lo político nadie se lo toma en serio, socialmente no se valora ni se estimula y administrativamente no se investiga ni se pone remedios a las dificultades del aprendizaje.
Yo valoro tu esfuerzo y tu interés en buscar el principio y la causa de las cosas, que permite tener una buena formación para afrontar los problemas que se presentan.
Prefiero tratar los pequeños problemas porque son los que me encuentro. Los grandes problemas no dependen tanto de nosotros.
El que me preocupe mas la microeconomía no quiere decir que no me preocupe la macroeconomía, aunque todo va interrelacionado.
Sobre lo gritar hace falta una gran paciencia, y un inmenso esfuerzo para no perder el control muchas veces con los hijos, no siempre lo consigo aunque se sobradamente que el que grita, el que se excede en cualquier forma deja de tener razón.
En líneas generales siempre estoy bastante de acuerdo contigo.

25/2/2008 21:05 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
123raus
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Hola, estimada Ángeles. ¿Qué tal?

Veo que todo esto da mucho de sí. En realidad es lo que esperaba. Así debe ser. Estamos por el diálogo. Voy a ir contestando a cada una de tus réplicas. Y perdona por esta exposición tan prolija. De verdad que no es por ser quisquilloso, sino por ser educado. Creo que sería una falta de educación dar respuestas a medias o poco argumentadas. Yo no le voy a faltar el respeto a nadie, como nadie me lo ha faltado a mí en este foro.

Por otro lado, considero que el asunto que nos ocupa (no ya el azotillo o el manotazo, sino la necesidad de imponer disciplina a los niños) es de extraordinaria importancia en relación con nuestros actuales problemas sociales. De modo que no escatimaré esfuerzos en demostrar que estoy en lo cierto. Y animo a todo el que discrepe a que lo manifieste y dé sus razones, pues la discusión será el único camino que nos permitirá salir de este atolladero.

Para más claridad expositiva, dividiré el texto en apartados numerados. Es que de otra manera yo al menos no sé quién ha dicho qué. También he ordenado las respuestas no por orden de aparición de tus alusiones, sino por temas.


Para que los compañeros interesados en estas cuestiones sepan un poco mejor qué se van a encontrar en este mensaje, expongo a continuación una especie de prefacio con los puntos más importantes tratados, con la adición de alguna nota aclaratoria.

***
El ser humano es un ser social y, como tiene ideas, un ser ideológico. Hoy, por aquello de la globalización planetaria, estamos ideológicamente unidos por ideas que se engendran en lugares lejanos. La ideología “políticamente correcta” no ha sido concebida exactamente aquí, sino por la “izquierda estadounidense”, vanguardia de muchos excesos. Su éxito ha sido mucho mayor del que merece. Sus mentores y sus hinchas ya están por todas partes, intoxicando la opinión pública con todo tipo de proclamas demagógicas. La demagogia de los políticamente correctos encuentra terreno abonado en muchos corazones de buena voluntad de estos pagos.

Vivimos en el apogeo de la posmodernidad, pero todavía hay quien nos supera en reciedumbre posmoderna. Así, por ejemplo, hay lugares de este mundo que encuentran políticamente muy correcto considerar a los animales como seres con los mismos derechos que los humanos, extremosidad ésta que les permite casar a dos perros “enamorados”. Los animales no tienen derechos: más bien nosotros tenemos la obligación moral de tratarlos con la mayor humanidad posible.

Al igual que hay sujetos drogodependientes, hay sociedades culturo-dependientes. Nosotros, los españoles, somos culturo-dependientes. Decimos catering en vez de servicio de comidas. Estamos pendientes de las novedades culturales de los Estados Unidos (¿sabe usted de algún día en que este país no salga en los telediarios?). EE. UU. es uno de los dos países del mundo que no reconocen oficialmente los derechos de los niños, aunque luego se los reconozcan a dos perros “enamorados”. Desde luego, esto sí es anomia. Importamos “catering” e importamos esas maneras melifluas de tratar a los niños en que se prodigan los abrazos, los “cariño”, y esa moda de consolar al niño enrabietado diciéndole cositas como: “Cariño mío, tú eres mi niño y yo siempre te querré y te protegeré.” Luego, como digo, nada de esto obsta para que menores y retrasados pasen por la silla eléctrica. Decía Vicente Verdú en uno de sus estudios sobre EE.UU que todo esto está muy bien para aquellas gentes, pero no para nosotros. Creo que ni para ellos está bien. Cuidémonos de su demagogia constante.

Esta es la definición de demagogia: Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.

Por eso, algunos políticos, en sus mítines y debates electorales, hablan del país que quieren para la <<“niña” que nazca>>… Lo que quieren es tocar la fibra sensible del ciudadano para ganarse su voto. En este caso, principalmente el voto feminista. El caramelo después de lucir los colmillos ensangrentados.

Pero también es pura y llana demagogia proscribir y prohibir el azote o el manotazo al crío en cualquier circunstancia, incluida aquélla en que la vida del niño está en peligro. Son propuestas que calan pronto en los corazones, especialmente los de las madres, de natural piadosas y condolidas con el llanto de cualquier niño. Y es demagogia porque el natural y agobiante sentimiento de culpa que una madre suele sentir ante el berrinche de su hijo, se exacerba, ahora, con la moralina de la política correcta. Ésta que convierte en maltratador a un padre que da un azotazo en el culo a su crío por haber cruzado la carretera corriendo y sin mirar. Ésta que convierte en desalmado o presunto culpable a un adulto que ha dado un manotazo a un niño que iba a electrocutarse metiendo los dedos en el dichoso enchufe, o a destrozarse el estómago con un buen trago de lejía. Donde falta el sentido de la proporción, empieza a faltar el sentido común. No les faltaba otra cosa a los atribulados padres de hoy que sentirse ideológicamente culpables por el llanto de un niño que ha sido reprendido para que aprenda a evitar los peligros cotidianos.

Todo esto no hace más que confundir a los padres y a los maestros, cuyos sentimientos de culpa ante el berrinche del crío, les impiden asumir la autoridad que su condición de adultos exige. Prohibido todo uso de la fuerza (ni siquiera cuando la vida del crío está en juego); prohibido expulsarlos de la clase; cuidado con alzarles la voz; nada de negarles los caprichos, no sea que se emberrinchen y lloren; nada de reprenderles, no sea que se traumaticen…

Al final, ya privados de los instrumentos de autoridad lícita y eficaces, a los padres y los maestros no les queda otra que recurrir a la palabra suave y afectuosa, y a una y mil explicaciones, para intentar hacer entrar en razón a niños pequeños que de ningún modo alguno están capacitados para entender qué porras se les está diciendo. Pero incluso cuando entienden lo que se les dice, simplemente no suelen hacer caso. Van a la suya. Las palabras no sirven para contenerlos. Y, desde luego, tampoco sirven siempre para contener muchas veces a los adultos. Por eso existen los policías, los jueces, las sanciones, las multas y las cárceles.

Para la llamada corrección política todos los métodos de la autoridad son métodos represivos. Y los padres, impotentes ante los niños, sin saber negarles nada. “¿Cómo callar a este crío que no para de protestar y berrear por todo? Menudo espectáculo me va a dar en el supermercado. Lo mejor será tenerle contento y darle lo que pide. ¿Un bollo? Toma bollo. ¿Una palmera? Toma palmera…” Quizá por eso nuestros niños son los más gordos del mundo, después de los ingleses y los estadounidenses. Según los médicos, será la primera vez que la esperanza de vida de los hijos sea menor que la de los padres. ¿Sigue ustedes pensando, señores padres, que no hay que disciplinar al niño? Sigan ustedes practicando el cómodo laissez faire (dejar hacer) posmoderno: comprueben cuántas veces su hijo, libre para hacer lo que desee, elige las verduras antes que la bollería. No les hará falta a ustedes ser expertos contables.


Empecemos a tener claras algunas cosas:

&#61550; El padre responsable es quien ejerce de adulto, el que manda en la relación, el líder. Eso no está en absoluto reñido con el amor y el afecto.

&#61550; Los niños pequeños necesitan obedecer a la autoridad (al adulto), con independencia de si comprenden o no las razones de la autoridad. Las razones vendrán más adelante, cuando tengan capacidad para entenderlas.

&#61550; Tendemos a denostar conceptos como autoridad, dar órdenes, disciplina… Pues son conceptos que asociamos automáticamente a regímenes dictatoriales, despóticos y milicianos. Craso error, la educación y la democracia exigen esas cosas, pero dentro de un marco de relaciones humanitarias y decisiones compartidas, razonables y razonadas.





1.

No, yo no creo en ese azotillo puntual del que habla 123raus, no, mi experiencia me lleva a creer en la templanza


Mucho temería yo, Ángeles, que de tanto hablar del azotillo, la propuesta que yo he presentado aquí fuera recordada por algunos como la propuesta del azotillo. Hablas de templanza. Muy bien, pero si relees mi escrito comprobarás que yo también hablo de lo poco convenientes que son los gritos destemplados y los enfados. Que un padre dé un manotazo a su niño y le diga “¡No!” cuando éste corre un peligro inminente con el enchufe dichoso o con cualquier otra conducta de riesgo, no es un signo de destemplanza, sino de firmeza. Lo diré tantas veces como sea necesario: El objetivo no es dañar al crío, sino que el niño aprenda a evitar determinados peligros. No confundamos medios con fines.

Reproduzco las palabras que dije en ese artículo, Ángeles, para que tú misma compruebes que estoy muy a favor de la templanza. De hecho, la destemplanza es un signo de pérdida de control:

<<En niños que ya entienden bien nuestras órdenes, bastará con aplicarles las consecuencias que les hemos anunciado si no obedecen. Por ejemplo: si el niño no deja de dar guerra con un juguete, se le quitará por un tiempo. No debemos discutir con ellos, ni ponerles malas caras ni reprocharles nada. No queremos enfados, queremos que obedezcan.>>

Vamos a intentar aclararnos, amiga Ángeles. El manotazo, precedido y seguido de un contundente ¡NO!, tal como proponemos algunos, no es, en modo alguno, una vuelta al pasado represivo. Sencillamente, no tiene nada que ver. Por una razón muy sencilla:

En tiempos de autoridades represivas se recurría al azotazo (y un azotazo bien fuerte) cuando el niño desobedecía al adulto. Por tanto, el azote se empleaba para castigar la desobediencia, porque en aquellos brutales tiempos la desobediencia del niño (y no niño) se interpretaba como algo intolerable. Invito a cualquiera de mis lectores a que me diga dónde he dicho yo que haya que azotar a los niños si nos desobedecen. Estamos ante un asunto delicado, y exijo la prudencia exigible.

El uso de manotazo o el azotillo que yo propongo no es para castigar la posible desobediencia del niño, ni mucho menos. Ha de emplearse exclusivamente en los casos en que el niño va ha hacer algo extremadamente peligroso, para él o para los demás. Es decir, si un padre o un adulto ve a un niño de tres años que está en peligro inminente, el uso del manotazo será providencial, pues evitará que en lo sucesivo repita la conducta peligrosa. No se le estará dando el manotazo para castigar la desobediencia, pues podría tratarse de la primera vez que el niño hace eso. Y si es que nos ha desobedecido, eso es lo de menos. Insisto, no es un método para castigar la desobediencia, que es justo el uso que tenía en tiempos represivos. Es sólo y únicamente para evitar males de consideración.

El propósito no es castigar la desobediencia infantil, sino condicionar al niño de una manera eficaz para que evitar conductas peligrosas. La desobediencia infantil debe castigarse, pero no físicamente, sino simplemente con la retirada de privilegios.

Creo que tú, amiga Ángeles, ya has entendido esto, pues más adelante dices que con los niños a veces no queda otra. Buena parte de la culpa de lo que está ocurriendo la tienen muchos psicólogos y pedagogos que aconsejan mal a los padres y a las autoridades políticas y legislativas. Yo, desde aquí, invito a cualquier colega a que me explique qué método debe emplearse cuando el niño de tres años va a meter los dedos en un enchufe. Ruego que se me explique paso a paso.

Vayamos al caso concreto. Recreemos la escena. Usted, amigo lector, está leyendo el periódico. Su niño de tres, cuatro, cinco años… juega en la misma habitación. De repente, observa usted que el crío está manoseando el enchufe e intentando meter los dedos. ¿Qué hace usted? Estoy absolutamente seguro de que, al menos, le dará usted una voz bien fuerte (¡No!), aunque es posible que destemplada en ese momento. Una voz para llamar la atención del crío y evitar la catástrofe.

Si yo quisiera dramatizar le diría: << ¿Pero qué es eso de gritarle a un niño? Si usted recurre al grito es porque no sabe usted controlar sus impulsos…>> Pero no, yo comprendo que usted haya recurrido a una voz estentórea. Es posible que la voz de desaprobación sea suficiente para que niño se asuste y comprenda que no debe hacer eso. ¿Podemos evitar que se asuste? Rotundamente, no. Pero sería injusto que a usted lo acusaran de emplear métodos intimidantes para educar a sus hijos, ¿no cree? Que en la educación que usted da a sus hijos vea la necesidad de incluir métodos que asusten al niño, no significa que usted proponga una educación basada en el miedo y la represión. Simplemente, usted sabe que es imposible evitar tener que asustar a veces al crío, pues la vida está llena de peligros cotidianos tremendos que el pequeño debe aprender a evitar como sea.

Y si usted ha corrido hacia el niño y le ha dado un manotazo y le ha dicho: ¡No, eso no, pupa!, tampoco está usted ejerciendo de padre represivo o cruel. Ni muchísimo menos. Haga lo que haga usted para que el niño evite los enchufes, dará como resultado el susto y el llanto del niño. Pero de esto no se puede concluir que usted asuste al niño para castigarlo, ni que usted use métodos de educación intimidantes. Serían acusaciones totalmente injustas, y no habría padre de este mundo que no se las tuviera que ver ante el juez, acusado injustamente de maltratador infantil.

Base usted la educación de sus hijos en el amor y el respeto. Sí señor. Pero, precisamente en nombre del amor, no podrá evitar asustar y hacerle llorar de cuando en cuando a su hijo. Incluso aunque jamás haya usted recurrido al castigo físico para castigar la desobediencia de sus niños.

Pero usted no es un insensato. Sabe que en el caso que estamos explicando, es absolutamente inevitable asustar al crío que quiere meter los dedos en el enchufe o darse un buen trago de lejía. Los psicólogos y pedagogos que reprueban todo tipo de métodos intimidantes (incluso el manotazo ante un peligro de electrocución), deberían explicar, paso a paso, qué se debe hacer en estos casos. Es muy fácil echar mano de mensajes políticamente correctos (“no meter miedo, no asustar, no pegar jamás, dar afecto y amor…”. Lo difícil es proponer una alternativa eficaz.

¿Alguno de los colegas que se escandalizan por lo del manotazo o el azote aparatoso, puede explicarme cómo hay que proceder en estas situaciones? ¿Qué propone usted, si es que me está leyendo? ¿Coger al niño de tres años o cuatro y explicarle tranquilamente la pupa que sufriría si metiera sus deditos en el enchufe? ¿Qué proponen?

Al igual que es políticamente muy correcto desaprobar el azotazo en cualquier circunstancia (incluso para condicionar al niño ante un peligro terrible), también es políticamente muy correcto abogar en contra de la voz estentórea de desaprobación. No nos quedemos a medias, señores colegas. Hablemos de lo terrible de asustar al niño con una voz fuerte de desaprobación. Convenzamos a las autoridades legislativas para que también prohíban dar este tipo de voces. Consigamos un mundo silencioso y armónico.

Todo esto es políticamente muy correcto, pero tan educativamente incorrecto e ineficaz que, de llevarlo a cabo, muchos padres tendrían que lamentar el accidente de su hijo, cuando no la muerte.

Dices, amiga Ángeles, que a los niños pequeños no hay que quitarles ojo de encima. Estoy de acuerdo. Y más de una madre que lea esto tendrá la solución: tapar los enchufes. Hágalo así en su casa. Estoy de acuerdo. Pero también lo tendría que hacer la vecina donde su niño va a jugar con su amiguito; y en todas las casas donde usted fuera de visita con su crío. Pero es que es absolutamente imposible prevenir todos los peligros. Cuando usted lleva o recoge a su hijo de la escuela, es relativamente fácil evitar peligros si usted no tiene más de uno o dos niños. Bastará con llevarlos de la mano para que no se suelten y puedan cruzar la carretera atestada de tráfico. Aunque le resultará bastante difícil no tener que soltar a algún crío en algún momento, siquiera sea para abrir el bolso, quitarse el pelo de la cara, atarle el zapato a uno de los nenes… Pero por otro lado, hay mamás que tienen que llevar a tres o más niños. En este caso se les explica que no se suelten de la manita del hermano. La madre no podrá dejar de vigilar a todos sus niños. Eso es evidente. Pero ni siquiera la vigilancia más esmerada podría evitar que alguno de sus hijos decidiera soltarse de la mano del hermano y cruzar la carretera corriendo, entusiasmado porque ha visto cualquier cosa llamativa en la acera de enfrente.

Prevenir todo lo posible es lo ideal, pero incluso cuando tratamos minuciosamente de prevenir accidentes, los accidentes se producen. Y entonces hay que tener claro cómo se debe reaccionar. El niño ha sido advertido de que no se suelte de la mano, pero se suelta y cruza la calle. ¿Y entonces qué, señores colegas? ¿Qué recomiendan ustedes? ¿Se le podrá al menos dar una voz fuerte a ese niño? ¿Sí o no? Si es que sí, entonces, es muy probable que la criaturita se ponga a llorar, con gran susto en el cuerpo. ¿Es políticamente correcto que un niño pequeño pase por tan mal trago? ¿Es que es necesario hacerle llorar a la criaturita?...

¿Alguno de mis colegas u otros profesionales de la educación pueden responderme? ¿Se debe asustar al niño en esos casos? ¿Sí o no?

Antes de la esta oleada de corrección política que nos inunda, cualquier padre tenía perfectamente claro qué había que hacer en estos casos de tremendo peligro. Se asustaba al crío con una fuerte voz y un azotazo para asegurar el susto del niño. Porque se tenía perfectamente claro que era preferible que el niño se asustara a que, libre de todo miedo, pusiera en peligro su vida en cada una de las situaciones cotidianas de grave peligro. Pero la ola de corrección política ha conseguido que muchos padres, confundidos con su retórica demagógica, crean que asustar al crío es, siempre, inaceptable y aborrecible.

¿Habrá quien me diga que no es lo mismo asustar al niño con una fuerte voz que con un aparatoso azotazo? Pues seguro. Que la voz fuerte podría estar justificada pero que el azotazo no. Sería una distinción sin gran fundamento, pues a voces se puede llegar a asustar a un niño más que con un par de azotes en el culete o un manotazo. Las voces enfadadas son parte de la intimidación física. Vano escrúpulo, pues ambas cosas forman parte de la misma intención y consiguen lo mismo: asustar al crío con el propósito de evitar y prevenir peligros. Ambas cosas pueden ser eficaces por separado, pero más eficaces juntas. Lo ideal sería utilizar la medida justa. Cuando el anestesista anestesia a su paciente, lo ideal es inyectar la anestesia justa. Sin duda. Ni poca ni demasiada. Pero la madre asustada por lo que iba a hacer su niño recurre a la voz fuerte y al azotazo porque no quiere quedarse corta. Es tan sencillo como eso. Y es sensato y comprensible.

Sólo les faltaba a las atribuladas mamás (también papás) tener que sentirse culpables por asustar al niño con la intención de salvarle la vida y prevenir males futuros. Las recomendaciones pedagógicas de los psicólogos y pedagogos políticamente correctos no hacen otra cosa que complicar el ya de por sí difícil asunto de la educación actual. Ya solo le faltaba a la madre sentirse culpable por cosas así.



***
Lo importante de todo esto, Ángeles, es que el niño comprenda cuanto antes mejor, quién es el líder, quién manda, quién fija los límites. Preguntado con todo afecto, amiga Ángeles: ¿Quién debe mandar en la relación: el adulto o el niño de tres años? ¿O ambos por igual para ser democráticos? Conozco muchos casos en que manda el niño. Y como te puedes figurar, la cosa no marcha muy bien que digamos. El padre responsable es quien ejerce de adulto, el que manda en la relación. Eso no está en absoluto reñido con el amor y el afecto.

Creo, amiga Ángeles, que aquí radica nuestra discrepancia (y corrígeme si me equivoco): tú crees que mandar, ordenar e imponer disciplina está reñido con el amor y el afecto. Si es así, puedo asegurarte -dicho con afecto pero con firmeza- que estás equivocada. Por aquello de hablar con prudencia, podría expresarme con las fórmulas que aquélla aconseja. Te podría decir: “yo creo, Ángeles que…”; “Mi opinión es…” “Yo diría que…” Pero no, hasta la prudencia puede ser excesiva, Ángeles. Las cosas que uno sabe de firme debe expresarlas con las fórmulas lingüísticas que la firmeza exige. Por eso yo aquí te digo con toda rotundidad que los niños necesitan amor y disciplina. Te lo digo con la misma seguridad que te diría que la Tierra no es el centro del universo, que necesitamos oxígeno para respirar o que en este mundo hay muchas injusticias. Y si hiciera falta recurrir a las pruebas, no tendría problemas en recurrir a los experimentos (inocuos, claro).

Pues bien, el niño comprende que es el adulto quien manda no por medio de las palabras (¡si estamos hablando de críos que no entienden el lenguaje, Ángeles, o no al nivel necesario!), sino por medio de las consecuencias que siguen a sus actos de desobediencia. Eso lo entienden a la perfección.

Pero, Ángeles, si es que esto que te digo es el pan nuestro de cada día. Constituye el quebradero de cabeza de millones de padres (no exagero) que están amargadísimos porque no consiguen que sus hijos pequeños les hagan caso. ¿Crees que han dialogado poco? No hacen otra cosa que dialogar; o, mejor dicho; monologar. Yo te aseguro -y sigo hablando con tono apodíctico porque te lo podría demostrar- que no hay manera humana de conseguir la obediencia de la mayoría de los niños pequeños a base de buenas palabras y razonamientos. Para los niños, los límites de la conducta no los fijan las palabras, sino las consecuencias que siguen a su conducta. Los padres que han aprendido a imponer límites claros a sus niños (normas claras), nunca o casi nunca tienen que recurrir ni a voces ni a gritos, ni a manotazos. Les basta con un simple “¡no!” dicho con firmeza. Eso no es dar gritos, si acaso una voz fuerte y enérgica de desaprobación. Una orden.

Quienes no han enseñado a sus niños a conocer los límites ni quién manda en la relación, están abocados a todas las expresiones habidas y por haber de la destemplanza, de unos y de otros: voces, gritos, azotazos, lloros, reproches, amenazas, ruegos, sobornos, pactos, engatusamientos... Y, por supuesto, a la ansiedad, la frustración y el estrés de unos y otros.

El método que yo propongo tiene probada eficacia en todos los casos de niños pequeños y no tan pequeños. En todos. Y evita, precisamente, recurrir al azotazo, al grito o al manotazo consuetudinario. Por eso mismo, estimada Ángeles, me resulta tan irónica toda esta discusión sobre lo del manotazo o el azotillo. Si precisamente lo que yo intento explicar es la solución para evitar todo eso. Mas, dicho por enésima vez, esto no evitará que en algún momento el padre responsable tenga que recurrir al manotazo para asustar lo suficiente al crío en relación con un peligro inminente y muy cotidiano. Pero por Dios, esto es la excepción. Quien lo utilice a diario está fracasando estrepitosamente como educador. Y merecerá nuestra más firme reprobación.

Te voy a poner un ejemplo que seguramente pueda escandalizarte, Ángeles. Ojalá que no, pues no es esa mi intención. Los sábados y domingos emiten un programa sobre adiestramiento de animales. Al entrenador le llaman el encantador de perros. Se llama César Millán. Es un fenómeno. Recorre todo Estados Unidos enseñando a las personas que tienen perros a disciplinarlos. Apenas recurre a la fuerza. Pero si es necesario, agota y tumba al animal hasta que éste comprende quién manda. Hasta que él llega, todo es caos en el hogar. El perro ladra, se muestra agresivo, se comporta como un líder que no quiere aceptar límites (normas)… El perro es el amo, es el que manda en la relación con las personas que lo tienen. Millán no se cansa de repetir que a los perros hay que darles amor y afecto, pero también disciplina. El amo es el amo. Es quien manda. Cuando sale a pasear con el perro, Millán va delante del perro, porque el líder tiene que ir delante. En cosa de media hora Millán ha conseguido llevar paz al hogar, tranquilidad a los amos y templanza al mismo perro. El caos ha podido imperar durante años, hasta que llega el entrenador e impone disciplina al perro y le enseña que el líder es el ser humano, el amo.

¿Estás protestando, amiga Ángeles? Supongo que sí. Te estás preguntando qué porras tendrá que ver el adiestramiento de un perro con la educación de un niño. Pues bien, más de lo que pudiera pensarse. ¿Hay diferencias? Muchísimas, cómo no. Pero cuando el niño es pequeño aprende con los mismos principios que el perro, suene como suene. Es así. Ni el niño ni el perro entienden tus razones ni tus palabras. Lo que entienden son las consecuencias que siguen a sus actos y, por así decir, tu energía, tu resolución de líder. Si bien eso no quita, por supuesto, que el padre, cuando proceda, vaya explicando cosas al niño, apoyándolo y estimulándolo. El niño irá entendiendo las razones del adulto poco a poco, evidentemente, pero insisto, el principio que gobernará la conducta del crío no serán las palabras, sino las consecuencias que sigan a esa conducta. De hecho, si no fuera así, los niños de los padres sordomudos no serían aptos para educar a sus niños. Y yo tengo amigos perfectamente educados cuyos padres son sordomudos.



2.
Y, estimado 123raus, no es comparable un azotillo en el culete a un divorcio o a una operación de apendicitis; igual que no es comparable una apendicitis estrangulada a una apendicitis benigna o un divorcio traumático a un divorcio de mutuo acuerdo, aunque nada de lo comentado sea plato de gusto, por supuesto, pero no es lo mismo

Supongo que me he perdido, Ángeles. Porque lo que yo intento dar a entender es que nada de todo eso es cosa buena, o plato de gusto, como tú dices. No son lo mismo, claro, pero se parecen todas esas cosas en que suelen ser males necesarios. Cada cosa es cada cosa, pero un denominador común es que nos cosas desagradables que, no obstante, hay que hacer: operar, divorciarse, abortar...

Pero fíjate, Ángeles, en lo que voy a decirte: cualquier padre que empleara excepcionalmente el azotillo y la voz contundente para los casos que ya hemos hablado, podría ser tenido por un padre cruel sin serlo en absoluto. Sin embargo, nadie cuestiona la responsabilidad de las parejas que se divorcian. Y hay que decir que muchas parejas con hijos pequeños se separan por razones más que cuestionables, sin importarles el terrible daño psicológico que sufrirán los hijos. Marina dice que, según algún estudioso, muchas parejas se separan no porque haya realmente una crisis entre sus miembros, sino porque no soportan la idea de no tener más experiencias con otras personas. Les atormenta la idea de tener que seguir con su pareja toda la vida. Pues bien, yo afirmo aquí que cuando una pareja con hijos pequeños se separa por estas razones, está cometiendo un acto de frivolidad terrible. No sé si calificarlo de maltrato infantil, pero es evidente que esos adultos anteponen sus caprichos sexuales, eróticos (o de otro tipo) al bienestar psicológico de sus hijos. Pero como el divorcio ha sido una (excelente) conquista civil, resulta que nadie (o casi nadie) se para a cuestionar si siempre es ético o lícito divorciarse. Estamos demasiado entusiasmados con la conquista de ese derecho como para atrevernos a juzgar la licitud de cada caso. Incluso de aquellos casos en que el divorcio no es más que la expresión de la frivolidad y la irresponsabilidad paternas.


3.
Tampoco me gustan los gritos, aunque comprendo que a veces… con los niños no queda otra, porque lo del enchufe o lo de los coches… se le asusta porque tú te asustas, después hay que explicarles lo que puede ocurrir, lo que ha sentido mamá o

Cuánta razón llevas, estimada Ángeles, cuando dices: “aunque comprendo que a veces… con los niños no queda otra, porque lo del enchufe o los coches…” Cierto es que, en ocasiones, el niño se asusta porque te nota asustado. Pero la cuestión es que si el niño no se asusta en relación con cruzar la carretera sin mirar, el resultado puede ser fatal.

Por otro lado, los niños que han aprendido a reconocer a sus padres como sus autoridades, saben obedecer, de modo que los padres no necesitarán esforzarse mucho para que el niño evite peligros y riesgos. Una negativa del padre, una mirada, un gesto de desaprobación será normalmente suficiente. El niño no cuestionará al padre ni sentirá miedo ante él. Ni necesitará mayores explicaciones, Ángeles. En niños pequeños, las explicaciones, por sí solas, no funcionan ni lo más mínimo. De hecho, pueden ser contraproducentes, como enseguida explicaré. Otra cosa es que cuando el crío se haga mayor, vaya exigiendo razones y explicaciones. Será necesario dárselas, adecuadas a su edad. Si bien hay que tener en cuenta que muchas veces los niños preguntan “por qué” no para conocer mejor el asunto de que se hable, sino como un intento de cuestionar los límites que les imponemos.


Lo que al niño pequeño pre-lingüístico o semi-lingüítico le debe quedar claro es que tú, como autoridad que eres respecto de él, no quieres que él meta los deditos en el enchufe (o que juegue con un cuchillo, se suelte de tu mano y corra cruzando la carretera, se acerque a la hoguera de la paella campestre, coja la botella de lejía…. Con eso basta. El niño pequeño no tiene por qué entender que su conducta era peligrosa ni en qué pueda consistir el peligro. Eso ya lo comprenderá a su debido tiempo. De momento, no necesita explicaciones ni nada por el estilo; necesita reconocer a los padres como autoridades indiscutibles a las cuales debe obedecer sin más. Pues ¿cómo le puedes explicar a un niño de pocos años en qué consiste el peligro de cruzar la calle llena de tráfico? ¿Qué entenderá una criatura de tres o cuatro años?

¿Debemos cifrar nuestra esperanza de que el niño no cruce la carretera en el improbable hecho de que el crío entienda por qué eso nos asusta y por qué eso es peligroso? Si el niño de cuatro años no cruza la carretera, ¿será atribuible a que ha comprendido realmente en qué consiste el peligro de cruzar él solo la carretera? ¿No será más bien que el crío no la cruza porque sabe que eso disgustará mucho al padre, a su autoridad?


4.
no se pierde la autoridad por explicar y explicar y dialogar y dialogar y vigilar y vigilar, ayudar, y volver a explicar… se es un poco pesada, eso sí, y una acaba rendida, pero…

A base de palabras, únicamente de palabras, Ángeles, desde luego que no vas a perder autoridad ante los niños, porque jamás la vas a tener. No se puede perder lo que no se tiene. Es más, te intentaré demostrar que, en muchas ocasiones, sí pierdes autoridad por intentar dialogar o dar explicaciones, si de un niño pequeño se trata… o no tan pequeño. Las explicaciones a un niño pequeño de tres, cuatro, cinco, seis años, o incluso mayor son contraproducentes, sobre todo si las explicaciones son largas e insistentes. No debes tener la esperanza de que los chicos te harán caso porque hayan comprendido tus razones. Por decirlo muy a lo llano: Los niños pequeños necesitan obedecer a la autoridad, con independencia de si comprenden o no las razones de la autoridad. Las razones vendrán más adelante, cuando tengan capacidad para entenderlas.

Eso de acabar rendida, Ángeles, es revelador de cuanto te estoy diciendo. ¿Cómo no va a acabar rendida una madre que intenta que su niño pequeño “entienda” por qué unas conductas son buenas y otras no? Por fortuna, podemos conseguir que el niño nos obedezca sin traumas aunque no nos entienda en absoluto. Menos mal.

Pero voy a darte yo razones de por qué lo de dar explicaciones a un niño pequeño suele ser contraproducente. A ti, Ángeles, que eres adulta, no puedo convencerte si no es con razones. Otra cosa es a un niño. Vayamos a un ejemplo si te parece, Ángeles. Sacas a tu niño de cuatro años a la calle. El crío ve golosinas en el quiosco de la esquina y te pide una. Tú se la compras y le adviertes que sólo una. El niño se la toma pero luego te pide otra, el muy pillín. ¿Qué harías? Supongo que no dársela. Pero el niño va a llorar muy enojado. ¿Recurrirías a explicarle que no es bueno que coma tantas golosinas porque luego le saldrán caries o le dolerá la tripita? ¿Crees que entendería algo? Yo creo que no. De hecho, lo que suele ocurrir -y a mí me parece algo tragicómico cuando lo presencio- es que la madre se siente culpable por el llanto desconsolado de su niño y, entonces, ensaya todo tipo de razones para que el niño la entienda. Cuantas más razones da la madre, más llora el crío, pues éste intenta decirle a la madre: “No me convences con eso que me dices.” De modo que cuantas más razones le das para que se calme y te comprenda, menos se calma y menos te comprende. Cada razón que tú le das, es una oportunidad para que él te replique, para que él redoble sus esfuerzos por hacerte sentir culpable (de manera inconsciente, claro). Tú estás consiguiendo entonces convertir la cosa en una lucha de poder. Cómo te diría yo, Ángeles: el niño percibe instintivamente que tú estás fatal por verlo llorar, que flaqueas, y cuanto más manifiestas ese sentimiento de culpa, más se crece él en su berrinche.

Por eso es tan normal esto que te digo: cuantas más razones da la madre al nene pequeño, más porfía éste en su llanto. La razón es sencilla: él no puede contraponer razones y palabras a tus razones y palabras. El diálogo que se puede establecer entre tú y él (un crío de cuatro años) consiste en dar tú una razón y él un berrido. Eso es lo que él puede aportar a tu intento de dialogar con él. ¿Me entiendes? Al darle tú razones de tu decisión, él entiende muy bien que intentas convencerlo, a lo que él te responde, a su manera, que no lo estás convenciendo. Tú estás iniciando y manteniendo una contienda que no debería darse. Ellos perciben instintivamente el sentido emocional de tus palabras, el tono de súplica que utilizas, tu debilidad al verlo llorar. El significado del tono sí que lo entienden: te notan ansiosa y se aprovechan de ello. Desde muy pequeños (meses de edad), los niños saben interpretar el significado emocional de los gestos faciales y el mensaje prosódico de nuestras palabras. Se asustan si ven una cara enfadada. Y saben cómo aprovecharse de la actitud sumisa de la madre o el padre.

Esta cuestión es de notable importancia, Ángeles. Por eso te pondré el mismo ejemplo, pero ahora entre adultos. Estoy seguro de que lo vas a comprender perfectamente. Imagina que pillan a un peligroso narcotraficante. El juez, después de juzgar los hechos, le impone una pena de diez años de cárcel. El narcotraficante se echa a llorar desconsolado. El juez, entonces, le intenta dar razones para que entienda su fallo: “Señor X, usted ha cometido un delito grave y tiene que ser castigado por ello”. Pero el narcotraficante sigue llorando. El juez, más piadoso que justo, sigue buscando razones: “Señor X, no me queda más remedio que imponerle este castigo, de lo contrario yo no estaría haciendo justicia, porque usted ha traficado con una sustancia ilegal y…” ¿Sabes qué ocurriría, Ángeles? Que el narcotraficante intuiría flaqueza en el juez, alguna suerte de piedad incoercible, de modo que él aprovecharía para llorar más y más.

La ideología posmoderna y su política correcta han calado muy bien en el corazón sufriente de las madres. Para las mamás tan bondadosas como tú, amiga Ángeles, ver llorar a un niño es muy doloroso, incluso aunque sea un llanto por berrinche. No puedo sino conmoverme de la infinita piedad que las madres sienten por el dolor de niños y no niños. Es algo que me emociona. La naturaleza nos ha hecho así, y es fabuloso. Pero Ángeles, esto lo saben instintivamente los niños pequeños, los muy pillines, y tratan de aprovecharse para explotar (inconscientemente) nuestros sentimientos de culpa. En cuanto razonamos más de la cuenta con ellos, ya saben que estamos flaqueando. Por eso se suelen salir tantas veces con la suya. Sólo faltaba esta dichosa política correcta para acabar de completar el cuadro de la culpabilidad paterna. Al sentimiento natural de culpa de la madre (también del padre) ante el llanto del crío, se unen ahora las razones de la política correcta. Lo natural y lo ideológico reforzándose mutuamente. El éxito de cualquier manifestación de demagogia consiste, precisamente, en esta alianza entre lo natural y lo cultural.

Mi propuesta, que es la propuesta de la psicología actual -o de parte de ella- es básicamente conductista. Se basa en sus principios. Yo jamás me he declarado conductista, por más que mi formación principal sea conductista. Pero la utilidad de sus principios es incuestionable en estos casos, y en muchos otros.

Veamos y tratemos el caso de las golosinas con los principios conductitas. Sacas a tu niño de cuatro años al parque. Ve el quiosco de golosinas y te pide una. Le adviertes que sólo una. El niño se la toma y luego te pide otra más. Tú le recuerdas que sólo una. El niño insiste, pero tú ya no le contestas (no quieres iniciar una discusión, una lucha de poder) y te mantienes firme. No intentas razonar ni justificarte (el que se excusa, se acusa). Llora, llora y llora. Pero tú no le haces ningún caso. Los niños son listos. Cuando compruebe que su rabieta no da resultado, dejará de utilizarla, al menos con asiduidad. Sólo cuando se calma el crío (y debe aprender a consolarse solo), lo coges y lo acaricias y lo besas. Lo felicitas por haberse sabido calmar. Eso es lo que tú premias: ese estado de calma, de consuelo autoinducido, de templanza conquistada. Sólo le prestas atención en ese estado calmado y consolado. Si empleas razones y explicaciones, estás perdida: él redoblará el llanto como forma de replicar a tus razones.

Ángeles, créeme, esto es así, aunque te pueda sonar inhumano o cruel. Es así como funciona. No es una teoría sin contrastar ni una opinión. Es así, amiga. Cada día vemos en la consulta casos en que los padres no soportan el llanto y la rabieta del crío y eso lo estropea todo. No ceder a su llanto caprichoso es el mejor regalo que unos padres pueden hacerle a su hijo. Porque ello le ayudará a forjarse un carácter tranquilo y templado. Cuando se cede al capricho o se le consuela por un berrinche, el chiquillo acaba siendo emocionalmente heterónomo: necesitará probablemente del adulto para consolarse. Ese no es el camino.


5.
También creo que cuando a un niño – en condiciones normales – se les trata desde su nacimiento así – cuando cumplen con sus deberes y se les premia dedicándoles tiempo, jugando mucho con ellos… acompañándoles para que jueguen con sus amiguitos, no hace falta quitarles privilegios, porque cumplirán con su parte…

Quizá haya niños así en este mundo, Ángeles. Y si ese ha sido tu caso con tus hijos, felicidades de corazón. La psicología dice otra cosa muy distinta. Dice que los niños, por naturaleza, intentan explorar su entorno y llevar a cabo sus apetitos, que no son pocos. Y como sus deseos no siempre son convenientes, el padre se ve en la obligación de pararle los pies y, muy a menudo, retirarles temporalmente algunos privilegios. Los niños cumplen con su parte cuando los padres les han enseñado que el deseo de éstos no es cuestionable, pues si se cuestiona, entonces experimentarán una retirada temporal de algún privilegio. Muchos problemas con los niños empiezan, sencillamente, porque la figura de autoridad de los padres está desdibujada. Amor y disciplina no son contrarios, sino totalmente necesarios. Los niños que reciben amor y disciplina, rara vez se ven privados de sus privilegios, pues rara vez incumplen con su parte. Pero para llegar a ser obediente, el padre ha tenido que enseñarle quién manda en la relación. Los tiempos posmodernos han desarrollado una tremenda fobia a conceptos como mandar, obedecer, ser el líder, tener autoridad, etc. Puedo comprenderlo, pero es hora de sanear esos conceptos, porque no están exclusivamente asociados a la dictadura o al despotismo. La democracia necesita ciudadanos con carácter, voluntad y disciplina, precisamente para saber controlar sus deseos, no siempre éticos.

Te pediría afectuosamente, Ángeles, que observarás la progresión de tu mensaje. Has empezado poniendo objeciones a lo del azotillo. Puedo entenderlo, de verdad. Pero es que ahora ya cuestionas una regla de oro en la educación de los niños: la retirada de privilegios. Y yo entiendo tu apego a las bondades del amor (y lo digo sin ninguna ironía). Lo entiendo, pero lo cierto es que la disciplina es absolutamente necesaria en toda buena educación, y no hay manera de conseguirla adecuadamente si no es con la retirada temporal de privilegios.

6.
en nuestra sociedad, sí existen normas sociales, aunque unas contradigan a otras; además, éstas no se han degradado tanto – siempre desde mi punto de vista – sino que somos incapaces de acoplarlas,


Por supuesto que existen normas sociales, amiga Ángeles. De hecho, si no existieran, no estarían degradadas, sino desintegradas, inexistentes (aunque ésta es otra posibilidad de la anomia). Das en el clavo cuando continúas diciendo que lo que pasa es que somos incapaces de acoplarlas. Exactamente, en este caso existe degradación, no inexistencia. Pero si determinadas normas, digamos las que prescribe el código democrático, no se satisfacen en demasiadas ocasiones porque chocan con otras de signo contrario, o por otras razones, el resultado es, efectivamente, la anomia, ¿no te parece? En el caso de la educación: nos encantaría que los niños y los maestros se respetaran mutuamente. Lo que vemos en muchas ocasiones es que los alumnos no respetan al maestro, si bien habrá casos en que la cosa sea al revés, cómo no. Nuestros chicos oyen el discurso de la democracia (respeto, cordialidad, solidaridad…, pero no parece que cale en ellos como quisiéramos. Nuestro desconcierto, amiga Ángeles, se debe precisamente a los efectos de la anomia. Nos preguntamos: “¿pero qué porras está pasando?” Son muchas las cosas que están pasando, y sean cuales sean las razones que lo expliquen, constatamos cada día con desazón que las normas democráticas están notablemente degradadas. Pues el hecho de que las normas existan claramente en el papel, no significa que sean consistentes. Son consistentes si, y solo si, se cumplen. De lo contrario, sólo tienen un valor nominal.


7.
Por otra parte, 123raus, entendí bien lo que comentabas sobre la anomia y sí creía que existía anomia en épocas pasadas, igual que doble moral y picaresca; siempre se ha dicho que España es el país que… ¿la inventó?, no lo creo, pero… ¿Cuántos hijos bastardos? La de nuestros padres y abuelos no fue mejor… ¿Cuántos hijos de señoritos y criadas?, ¿cuántas casas de prostitución? Y… violencia de género silenciosas… violaciones silenciosas… aprobados pagados con jamones, oposiciones… Siempre ha existido… La normas sociales, antes, – aunque peores que las de ahora - también se degradaban, creo que siempre se han degradado, “quién invento la ley (norma) invento la trampa”, esto no es nuevo.

Muy bien, Ángeles, lo has entendido. Así es, todas las épocas tienen sus normas y sus contra-normas. Somos baúles de doble fondo. Ahora bien, todo el mundo tiene nariz, pero no por ello todo el mundo es narigudo. ¿Me captas, estimada Ángeles? Los ejemplos que citas son buenos para ilustrar el hecho de que, en efecto, en todos los sitios se cuecen habas. Las normas que se contradicen forman parte de todas las sociedades humanas sin excepción, incluso las de las tribus en que no conocen el individualismo. Ahora bien, lo que aquí decía yo es que la anomia es un rasgo caracterizador, distintivo, de esta época posmoderna (tenemos narices y, además, somos narigudos). Creo que es un hecho distintivo de nuestra época, Ángeles, la heterogeneidad de ideologías y el cruce de caminos, la confusión conductual. Por ponerte un ejemplo: hoy, en un mismo pueblo (en una misma familia) hay personas agnósticas, ateas, cristianas, creyentes en no sé qué secta… Antes no era así. No había tanta libertad de culto, precisamente. Ni tantas oportunidades para explorar otras maneras de vivir. Esto puede ser bueno, o malo. Cuando es bueno, no pasa nada. Aleluya. Pero no nos queda más remedio que detectar los casos en que la heterogeneidad da lugar a contradicciones nocivas para la sociedad. Por desgracias, de éstas hay muchas.

8.
123raus, tan importante es para mí tu opinión como la de el nuestro anfitrión. Son ambas muy importantes

No puedo menos que comentar tan ditirámbico comentario, Ángeles. Pobre de mí. En fin, gracias, mujer.


9.
Saludos a todos y sigamos adelante… Sigo aprendiendo de y con vosotros, aunque a veces no esté de acuerdo con todo lo que decís y… decir que no quiero molestar a nadie, ni convencer, mi intención es sólo exponer mi punto de vista, por si sirve.

Muy bien, Ángeles. Me gusta tu combatividad. Ojalá muchas personas mostraran tanto entusiasmo y tantas ganas aclarar las cosas que nos afligen. Yo, eso sí, no tengo problemas en decir que intento convencer a los demás, porque tampoco tengo ningún problema de reconocer el derecho de mi interlocutor a intentar convencerme a mí. Aquí no hay más que confrontación de ideas, razones y pruebas. No hay posible intimidación. Tratar de convencer no es un signo dictatorial, sino un signo de vigor democrático. Los tiranos no intentan convencer, Ángeles, y menos con razones y pruebas. Intentan persuadir por medio de la intimidación física. Suelen emplear grandes discursos, pero siempre respaldados por alguna suerte de aparato intimidador, que es precisamente lo que les confiere su poder ilícito y siniestro. Insisto, intentar convencer sólo con los instrumentos de la inteligencia y la razón no es síntoma de despotismo, sino de democracia vital. Pero eso sí, hay que estar igualmente dispuesto a dejarse convencer por las razones del otro; si no, no vale. Espero haberte convencido. Y si no, aquí me tienes para seguir discutiendo para que me convenzas de que estoy en un error.

Totalmente de acuerdo cuando contestas al compañero Amadeo que necesitamos buscar las causas profundas de nuestros problemas. Así es. Totalmente necesario, sobre todo en una sociedad que no hace otra cosa de resbalar en la piel de las cosas sin osar adentrarse en ellas. Quiero escribir un artículo que verse precisamente de las causas profundas de lo que nos está pasando.

Gracias. Cordiales saludos a todos

28/2/2008 09:56 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
Ángeles
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Amadeo, en esto que dices, estoy de acuerdo: no se le da a la educación la importancia que tiene. Todos hablamos de educación, pero se hace poco y es que no se puede estar “a Dios rogando y con el mazo dando” y por desgracia esto es lo que ocurre y ha ocurrido siempre o casi siempre. No podemos enseñar valores… a nuestros hijos y alumnos si nosotros mismos no… - si me puedo ahorrar esto o me apetece hacer lo otro, me lo ahorro o lo hago, aunque sea… engañándome, engañando, pasándome los límites de velocidad, etc. - … Los niños y jóvenes no son tontos, saben que esto es… ¿doble moral? y callan y comienzan bien pronto a actuar de la misma manera, esto no es nuevo. Y cómo podemos educar a nuestros hijos y alumnos en valores positivos y serios, si nosotros estamos constantemente haciendo trampas (perdón a quiénes no las hagan). Y no es sólo que actuemos de modo diferente al que predicamos, es que, además, hay una lucha constante, también más o menos soterrada, por imponer nuestro criterio - que no nuestro modo de actuar, que es, tal vez, más parecido de lo que a simple vista parece; así, a veces, me pregunto, ¿no estaremos en la práctica de acuerdo en más de dos cosas? – cosas que como no son políticamente correctas, no las predicamos, aunque sí las…
¡NO SE INVESTIGA! ni en el micro ni en el macro espacio, o se hace poco, tienes toda la razón y el motivo es el mismo: grupos de poder… manipulación… y los centros educativos no están fuera del juego; se debería investigar más en los centros educativos y perder menos el tiempo en… pero, ¿nos dejan? A mí también me interesa solucionar los problemas con los que me encuentro, Amadeo.
Una vez más, tienen que emerger en los centros educativos las distintas soluciones que se puedan dar a un problema y acordar e intentar, sin salirse del marco institucional, solucionar el problema como decida la mayoría. Hay que trabajar en equipo. Hay que llevar a cabo las decisiones y si no funciona lo acordado, volver a acordar…

123raus, me ha gustado mucho tu introducción, con la que estoy totalmente de acuerdo; por otra parte me gustaría decirte que:

1. Tu opinión, la de Amadeo, María, José Antonio Marina, al igual que la de todas las personas que aquí escriben, así como la de todas las que al comunicar llevan una noble intención, aunque sea equivocada para otros, me merecen todo el respeto del mundo. Me puede impactar más lo que dicen personas como Marina o lo que escribe, comenta y propone alguien conocedor del tema en cuestión.
El prestigio profesional es un rango, pero también hay que tener cuidado con esto, a veces se ensalza en demasía a quién realmente aporta poco.

2. En cuanto al tema de querer o no querer convencer a los demás, te diré, estimado 123raus, que no puedo querer convencer a nadie cuando una misma no está completamente segura de… que lo que pienso sea lo mejor. Lo que sí puedo decir es que mi experiencia personal y profesional me ha llevado a pensar que:

A los niños y adolescentes hay que hacerles ver, una y mil veces si es necesario, que hay cosas que son obligatorias hacer, cosas que están prohibidas hacer y cosas que pueden decidir hacerlas o no y cómo hacerlas. Las cosas se les deben ir explicando a medida que vayan admitiendo su comprensión - hay que explicarles qué es la mayoría de edad y a qué edad se alcanza, así como que, mientras la alcanzan, no podrán decidir sobre lo prohibido ni lo obligatorio y sí seguir decidiendo en esas cuestiones en las que pueden ellos decidir que no son pocas (desde mi punto de vista, es necesario que los niños aprendan, incluso se les exija desde pequeño, a decidir en cuestiones como: ¿qué cartera eliges de entre éstas?, ¿qué color prefieres?, ¿qué tebeos?. Cuando alguna norma de las obligatorias o prohibidas se incumpla, le pediremos que participen en la toma de decisiones sobre sanciones, al igual que en la de premios si no se vuelve a incumplir en... Igualmente en el centro educativo.
Los niños tienen la obligación de cumplir las normas y castigos y el derecho a recibir halagos y premios. Los niños tienen que aprender a decidir y a mecanizar decisiones para los casos urgentes. A los adolescentes hay que decirles que cada vez tendrán que tomar más decisiones por su cuenta y que es necesario que reflexionen antes de decidir y actuar, siempre que puedan, porque, a veces, tendrán que decidir con rapidez - por esto es obligatorio que estén acostumbrados a tomar decisiones y tengan mecanizadas bastantes...
También habrá que hacerles ver que las obligaciones hay que cumplirlas (y si no se está de acuerdo con alguna o algunas habrá que luchar para que cambie, con otros, con acuerdos, pero no dejar de cumplirlas sin buscar antes alternativas consensuadas); habrá que explicarles las bases democráticas y la de los derechos humanos y tendrán que aprender a exigirse respeto a las leyes, a sí mismo y a las demás personas… Lo prohibido es prohibido y lo obligatorio, obligatorio, porque así lo exigen las normas del juego, las sociales. Pero los padres, los maestros… deben actuar conforme a lo que exigen a los hijos. ¿Por qué nos quejaremos tanto de los hijos y alumnos?, ¿qué hay de padres, docentes y resto de la tribu? ¿Quiénes tendrían que cambiar primero? ¿Exigimos a nuestros hijos y alumnos aquello que nosotros incumplimos? Pedimos a nuestros alumnos respeto en el orden de palabra, pero ¿quién respeta el orden de palabra?, ¿los periodistas?, ¿los políticos?, etc.
(123raus, el tema de la anomia creo que ya lo entendí del todo, aunque me gustaría decirte, con respecto al ejemplo que pones sobre las religiones, que en mil quinientos y pocos los Reyes Católicos, si no recuerdo mal, echaron a los judíos y a los árabes de España, los que quedaron se tuvieron que convertir… no sé cómo se vivió esto en las familias conversas de puertas adentros… con la Inquisición y el miedo y los miedos… y una sola religión; tampoco dejaron de existir los curanderos, veedores y brujos).
En cuanto al azotillo ha quedado claras las posturas: Servidora piensa que habría que buscar otros métodos, pero no sabe cuáles, ya que cuando ha tenido que solucionar un problema de las características comentadas se ha limitado a hacer, más o menos, lo que dice123raus, aunque no le gustó, no le pareció buen método; 123raus dice que demos por bueno, sin complejos, lo que es evidente, porque no hay mejor solución – ¿lo resumí bien?

3. En cuanto al tema del conductismo, sé que hay problemas que sólo tienen una única solución y estímulos que, en un contexto determinado, tienen una única respuesta, pero esto no es siempre así, creo. Me gustan los métodos del moderno conductismo, aunque no sé qué resultados científicos está obteniendo... A pesar de lo dicho, pienso que hay que dejar abiertas las puertas a la creatividad... La diversidad es natural, de modo que aprovechemos lo bueno de cada singularidad individual y social y enriquezcámonos de ello individuos y sociedades…

Como madre he cometido errores mientras educaba a mis hijos y me duelen, no me culpo porque lo hice lo mejor que supe. Creo que no lo tenía lo suficientemente claro. Debí permitir a mis hijos decidir en más ocasiones, debí enseñarles mejor el valor de la iniciativa. También debí explicarles mejor cómo es la sociedad, hablarles de esa doble moral que aqueja a las sociedades, porque sufrieron, porque no entendían, porque les decía constantemente que la honestidad era un valor en alza y ellos presentían a su alrededor lo contrario, les mentí sin querer, porque también lo creía. ¿Cómo debemos pues educar a nuestros hijos y alumnos? ¿Debemos mostrarle lo bueno y lo malo de la sociedad y exigirles lo bueno aunque ni nosotros mismos lo acatemos? o ¿debemos enseñarles, además de lo bueno, las triquiñuelas sociales para que se integren mejor en la sociedad que les ha tocado vivir? Queremos arreglar un poco este desaguisado, pero… ¿por dónde empezar? Saludos a todos. Y espero leer pronto ese artículo, 123raus.
2/3/2008 18:05 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
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Pienso que un aspecto que favorecería la recuperación de la autoridad docente sería la delimitación real de las competencias educativas. Somos testigos atónitos muchas veces de las indicaciones de los padres y madres de NUESTROS PROPIOS ALUMNOS Y ALUMNAS sobre cómo debemos "hacer" nuestro trabajo. Hay mucha confusión y muchas intromisiones. Padres y madres que de pronto actuan como autoridad educativa, y profesores que dudan por esto de su propia autoridad en su labor . Esto sólo lo podemos reconducir delimitando con palabras y obras dichas competencias.
18/4/2008 20:00 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
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123raus: La filosofía no es precisamente santo de mi devoción, la forma de expresarme por mi formación de ciencias es directo y preciso, así que los textos filosóficos siempre me han aburrido. Después de leer sus artículos sobre la autoridad, que literalmente me han atrapado, confirmo que cualquier disciplina se puede hacer entendible, interesante y ÚTIL cuando un gran enseñante la filtra a través de sus explicaciones.Le felicito y le agradezco enormemente su visión global del tema, desde el pasado para poder entender el presente.En mi casa, con mis hijos, ha funcionado la autoridad mezclada con afecto y explicaciones. Sin embargo, en las aulas no me funciona.
Todo su artículo rezuma sentido común y creo que esa es la clave para entender el principio de autoridad.Con este sistema educativo, los profesores son el filtro para compensar los despropósitos utilizando el sentido común. Donde hay unanimidad, ya sea en el centro o, al menos, en un equipo educativo, los alumnos observan que los adultos-profesores van en serio y que al mismo tiempo que ayudan, vigilan para que los comportamientos de unos pocos no dañen la convivencia. Ésto que es muy costoso de conseguir, se viene abajo desde que haya una mayoría, en el centro o en el equipo educativo, posmoderna (que por lo que he llegado a entender es la gente que confunde continuamente los términos educativos, por ejemplo autoridad con autoritarismo y quieren ser amigos de sus hijos y de sus alumnos hasta el punto de ver adultos mendigando reconocimiento por parte de los adolescentes a cambio de aprobados y un largo etcétera de incoherencias).
Sin embargo, en la enseñanza pública considero que la batalla para recuperar la autoridad está perdida.Creo han de pasar unos 20 años para una nueva generación de padres y legisladores recobren el sentido común. Lo malo es que por la ley del péndulo se vuelva a lo que yo sufrí como alumna en los años 60.
Por último, le doy otra vez las gracias por sus artículos. Ayuda a la salud mental saber que hay que gente que piensa como uno y, encima, es más intelegente y lo sabe expresar tan bien.
18/4/2008 20:59 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
123raus
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Muchas gracias a usted, jdelgado (también a los demás compañeros que me han apoyado). Debo de ser un “sensiblón”, porque reconozco que me emociona leer todos estos mensajes de apoyo de ustedes. Les escribo con mucho gusto y mucho esfuerzo, y reconforta de veras que haya gente que exprese su parecer y su comprensión. Con esto no digo, por supuesto, que solo tenga a bien las críticas favorables. Las que no lo son, también las acepto y las discuto hasta donde buenamente sé.

Jdelgado, hace unos días estuve a punto de contestar al primer mensaje que usted mandó a este foro. Ése en que se quejaba usted amargamente de su situación con los alumnos. Aprovecho ahora para decirle mi parecer: el odio que usted siente muchas veces en clase, no es inadecuado ni irracional. Lo inadecuado o irracional sería que usted, bobaliconamente, mantuviera que ante esa panda de díscolos no siente otra cosa que comprensión, amor y ternura. Usted se expresó muy bien, y con la valentía que esta tremenda situación en que nos encontramos requiere. Sí, convenimos en que el odio no es bueno, pero nuestros sentimientos son el resultado inevitable de cómo nuestro organismo evalúa la situación en que nos encontramos. Si alguien es ninguneado día tras día durante veinte años, el sentimiento que se impone, muy a pesar de ese alguien, es el odio o algo parecido. De hecho, lo que necesitamos es reconocer públicamente que estamos hartos de sufrir tanto ninguneo y tanta impotencia. Solo estos sentimientos “inadecuados” podrán sacarnos de este lío, si bien manejados dentro de un proyecto constructivo, como se diría ahora. Es necesario decir que estamos asqueados de esta trampa posmoderna en que estamos metidos todos, los adultos y los niños. También ellos serán las víctimas de todo esto. Se contarán por miles los chicos que se enrolen en las drogas, que acaben sufriendo trastornos de personalidad, ansiedad, depresiones... Se cuentan ya por miles los que se entregan al mundo de la delincuencia o del maltrato a sus propios padres. La cerrazón de confundir todos los términos educativos nos está llevando a una crisis general que algunos tememos de sea de dimensiones mastodónticas e irreversibles.

Le diré la verdad: yo tampoco lo paso precisamente bien con un grupo de niños a los que doy clases de técnicas de estudio (en un curso de actividades extraescolares). Y no porque no sepa yo controlarlos, sino porque al no contar con la necesaria colaboración de los padres, resulta sencillamente imposible sancionar adecuadamente a algunos críos. La culpa no es nuestra, jdelgado: no se pueden clavar clavos con el puño, se necesitan los instrumentos adecuados. Y no contamos con ellos.

Lleva usted toda la razón: en lo público al menos, hemos perdido la batalla. Y la ley del péndulo ya asoma de nuevo sus narices en forma de propuestas legislativas que, de aprobarse, permitirían encerrar en la cárcel a chicos de doce años.

Peor aún: mucho me temo que también está perdida en las familias. Mi hermano tiene una academia de música en Valencia. Muchas veces tiene que salir de clase para pedir un poco de silencio a los niños que juegan y corren por los pasillos. Lo gordo del asunto es que los padres y las madres están allí presentes, tan panchos y tan panchas, como si la cosa no fuera con ellos. El debido decoro me impide decir lo que pienso de esos padres.

¿De dónde saldrán los científicos, los filósofos y los profesionales cualificados que necesita toda sociedad adelantada? ¿De esta caterva de cerriles que, salvo honrosas excepciones, no piensan más que divertirse y pasarlo “guapo”?

jdelgado, estoy preparando un artículo que versará sobre cómo es posible que hayamos ido a parar a tan dura y cruda realidad: seguiré abundando en ello. Espero que sea útil y que ayude a despertar conciencias. La suya, jdelgado, ya está muy despierta, dolorosamente despierta. Gracias por su interés, valor e inteligencia.

Un cordial saludo a todos.

19/4/2008 11:51 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
curra
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Autoridad docente
Creo con firmeza que la autoridad docente debe ser recuperada por nosotros los docentes en el ejercicio de la limitación y aclaración de las competencias educativas. Ya está bien que cualquiera ya, hoy, se erige en autoridad educativa.....Hoy todo el mundo sabe de todo: de organización escolar, de didactica, de dinámica escolar, de curriculum, de programación educativa, de recursos por supuesto, de metodología y no digamos de evaluación..... y los maestros, profesores , directores y equipos directivos asistimos atónitos a las recomendaciones y orientaciones de padres, madres, politicos....... Todos creen que saben, todos son autoridad educativa.... ¿ Cómo no va haber confusión en la Educacion si aqui es experto hasta el gato ?. Mientras no se delimiten y respeten las competencias de cada sector en la COMUNIDAD EDUCATIVA esto no va tener solución.
20/4/2008 21:55 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
jdelgado
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123raus: Pues la sensiblería es mutua, a mí me ha emocionado que alguien me haya dedicado unos minutos y además me quite el mal sabor de boca que me dejé a mí misma cuando confesé públicamente mis sentimientos hacia mis discentes, porque siempre, siempre, eres tú, el adulto, el que te sentirás culpable, precisamente por ser adulto y no saber controlarte, o no saber ser políticamente correcto.
Todo ésto me lleva a reflexionar, para que no se quede en un asunto meramente personal, en la necesidad afectiva que tenemos todos los que de alguna forma convivimos con los adolescentes.El desgaste emocional es enorme y, a pesar de que nos estamos quejamdo siempre y de lo mismo, no encontramos ni consuelo por parte de nadie (familia, amigos:¡qué pesada eres, suspéndelos a todos y no te comas el coco) ni solución práctica. Como comentaba un padre en el foro, que se quejaba de que su mujer lo desautorizaba delante de su hijo y eso lo confuncdía aún más, opino que en los centros educativos no hay nada más penoso que unos profesores desautorizándose entre ellos, sin medidas unánimes y de sentido común frente a una clase indisciplinada e insolente. Mientras unos profesores actúan como sargentos para mantener el orden, a otros no les importa dar la clase sobre el murmullo generalizado de la clase y el lanzamiento de papeles de un lado a otro del aula.
Insisto en el desgaste emocional porque creo que después de 20 años de docencia, un profesor debería estar orgulloso de haber contribuido a formar a varias generaciones, y sin embargo mantener el tipo, todos los días, delante de unos malcriados (que van camino de convertirse en cretinos fáciles de manipular)te deja inerme, sin fuerzas, sin aliento, sin ilusiones.Este estado de ánimo te lleva a no luchar ni siquiera por los pocos de la clase que tanto ellos como sus familias, sí quieren progresar.
Bueno, hoy me enredado mucho. Lo que quería decir con todo ésto es que los profesores nos desgastamos mucho tanto si mantenemos una actitud de autoridad contra marea como si nos volvemos pasotas, ningún extremo es bueno, y frente a ello y,como posible solución a pie de aula yo opino que las soluciones pasan por adoptar medidas concretas y unánimes con grupos concretos o alumnos determinados.
21/4/2008 01:14 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
curra
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Autoridad docente
Me gustaría mucho que hablaramos de la Autoridad docente. ¿ Existe en Educación el complejo de joven democracia como muy bien designa el juez de menores de Granada, Emilio Calatayud? . ¿ Acaso los docentes sentimos "reparos a la hora de "imponer " esta Autoridad ante padres y Administración?. Hay muchas cosas que debatir y muchas medidas que reivindicar, y tan bien por qué no, exigir. ¿ Hablamos de este tema ?
23/4/2008 21:38 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
jdelgado
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Un breve comentario sobre las visitas a los posts o entradas.
Las más visitadas son, con mucho, la ley del mínimo esfuerzo y sobre la recuperación de la autoridad.
Es sintomático, no?
29/4/2008 22:33 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
123raus
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Pienso, estimada jdelgado, que la pérdida de autoridad y la ley del mínimo -o nulo- esfuerzo son caras de un mismo prisma, componentes de una misma ideología.

En la medida en que las autoridades lícitas (padre frente a hijo, maestro respecto a alumno, profesional frente aficionado… pierden su autoridad, se hace evidente que quienes deberían obedecer, ya no lo hacen. Así, el padre o el profesor apenas puede otra cosa que “expresar su deseo” de que el hijo/alumno estudie. Pero éste prefiere jugar o vaguear, y como nadie osa obligarle a que estudie, pues nada, el chaval no estudia. Y si estudia, muy poco.

La pérdida de autoridad es, de nuevo, una de las más importantes causas de los malos resultados escolares.

Saludos.
5/5/2008 19:57 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
Sofía
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Hola a todos.

Llevo poco tiempo en el foro y ojalá hubiera podido leer antes este artículo, con su permiso 123raus, divulgaré sus propuestas y reflexiones entre los compañeros.

No se me ocurre mejor manera que la expuesta por 123raus para recuperar la autoridad. El diálogo puede funcionar a veces y con niños que ya se manejan con el lenguaje, pero con niños prelingüísticos o demasiado pequeños, difícilmente puedes hacerles comprender las consecuencias de introducir los dedos en el enchufe. En derecho existe una figura jurídica llamada "estado de necesidad", consiste en que el mal causado (en este caso un azote) no sea mayor que el que se trata de evitar (electrocución).

Ángeles, tambien antes pensaba como usted y desarrollaba mi labor educativa con el arma del diálogo, pronto me percaté que esto no funcionaba y rápidamente cambié de estrategias, algunas ya propuestas por 123raus, y hasta ahora los resultados han sido satisfactorios, pero si aplicamos estas estrategias no esperemos milagros, ni cambios de un día para otro, es un trabajo diario y constante con el alumnado, y en ocasiones es necesario recurrir al especialista, en este caso el psicólogo. Y aunque pienso que el afecto y la cercanía son también indispensables para la educación, también lo es la disciplina, todo ello en su justa medida. "In medio stat virtus".

Tenemos, los padres, educadores, políticos, demasiado miedo o rechazo a palabras como autoridad o disciplina, estas palabras no tienen por qué tener un significado negativo, y creo que junto con esfuerzo y recompensa nos ayudan en nuestro equilibrio psicológico.

Debemos tener claro que la persona que ostente la autoridad siempre será impopular, y para conseguir o recuperar la autoridad en la educación habrá que trabajar desde distintos ámbitos, escuela, padres, medios de comunicación. La autoridad no debe estar basada en el terror, la violencia o la opresión, sino en la competencia. Cuanto hacemos los educadores en las escuelas, institutos y universidades es demasiado importante y decisivo para el porvenir de nuestros alumnos. Podremos desarrollar cerebros pero no personas, de ahí la importancia de no restar más horas a la filosofía y a la ética.

Será necesario realizar un esfuerzo intelectual y racional, crítico, dar pequeños pasos, y uno de estos pasos, pero muy importante, es este foro y participar en él. Gracias.

Cordiales saludos.
13/5/2008 22:39 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
mati
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Reciban todos mis saludos:

Sofía estoy plenamente de acuerdo con usted. La autoridad hay que ganarla a través de la seguridad y la competencia dentro de la o las materias que se imparten.

También tengo claro que la ignorancia es muy atrevida y muchos de nuestros alumnos no van a dejar de buscar provocaciones para saber hasta donde pueden llegar. Se muestran como niños pequeños. Pienso que todo aquel que busca encontrar el punto flojo de un profesor y sólo “eso” tarde o temprano lo consigue. En realidad son chicos con algún tipo de frustración, que buscan la consideración del grupo y como por sus agudezas intelectuales no pueden conseguirla, tratan de alcanzarla de la forma que pueden. Estos alumnos, por lo general, ya han buscado antes, y en un porcentaje alto lo han conseguido, hacer lo mismo dentro de su familia. Por eso en el centro educativo cuentan con la ventaja de su experiencia.

El profesor no está prevenido para esto y por modestia, respeto, educación ..., no responde al alumno con la autoridad que tiene y le dotan sus conocimientos. No puede ni debe bajarse nunca al nivel de nimiedad de esos alumnos. Bien al contrario debe utilizar sus conocimientos y competencias para cortar desde el primer momento cualquier atisbo de atentar sobre su autoridad.

Si en épocas anteriores, esta situaciones de menoscabo de la autoridad no se daban, es porque en la familia tampoco se daban. Había más respeto porque la opinión de los padres era considerada más sabia y no se cuestionaba. Pero se llegó a un punto de inflexión cuando los chicos comenzaron a darse cuenta que, gracias a la escuela, tenían mejores conocimientos que sus padres y comenzaron a retarles, a decirles que se callaran, que no sabían... y los padres claudicaron. De ahí hemos trasladado la situación a los centros educativos. En ellos, donde están los conocimientos, no se debe permitir que un alumno supere la autoridad del profesor en ningún momento y debe dejárseles claro desde el primer día por parte de todos que allí no se va a medir fuerzas, sino a adquirir conocimientos.

¡Qué a todos nos vaya bien!
13/5/2008 23:36 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
123raus
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Hola a todos.

Muchas gracias por sus palabras, Sofía. Me siento encantado y muy honrado de que usted divulgue con el poder de la palabra los límites de la palabra en la educación.

Me parece muy bien que usted haya enriquecido esta reflexión con una aportación del mundo del derecho: la figura jurídica llamada “estado de necesidad”. Y, en efecto, en el medio está la virtud. Ya nos lo dice el juez Calatayud: que a los chicos hay que darles una de cal y otra de arena. Así es.
En fin, toda su reflexión me parece muy atinada.

Lo que dice mati es igualmente acertado y un excelente motivo para la reflexión. Los chicos que faltan el respeto de sus maestros, seguramente también se la faltan a sus padres o abuelos. M. Mead habló de culturas o sociedades pre-generacionales, sociedades generacionales y sociedades post-generacionales. En las pre-generacionales, los padres enseñan a sus hijos. En las generacionales, hay un cierto equilibrio entre padres e hijos. En las post-generacionales (que son las nuestras), los hijos enseñan a los padres. Es este un factor a considerar detenidamente. El nieto o el hijo puede sentirse superior al abuelo o al padre por aquello de que él sabe manejarse mejor con la tecnología puntera. No obstante la verdad de este fenómeno, hay que decir que la pérdida de autoridad de los padres comienza antes de que el pequeño sepa nada de tecnología. Cuando el crío comienza a hacer sus pinitos con los ordenadores, la play, los móviles o el DVD, la cosa se agrava, sin duda. Como dice mati, debemos dejarles claro que a la escuela no se va a medir fuerzas, sino a adquirir conocimientos.

Los niños pueden saber más del manejo de la tecnología que sus mayores, pero la sapiencia de éstos y su juicio crítico y ético está a años luz del de los niños, muy a pesar de lo que nos quiera decir la teoría del Buen Salvaje. Los aires de importancia de los niños en relación con sus mayores por motivos de manejo tecnológico, son un reflejo, seguramente, de la preeminencia actual de la tecnología (no ya la ciencia) sobre los saberes filosóficos y la razón ilustrada. Un error cuya gravedad ya estamos sufriendo en nuestras sociedades.

Aprovecho aquí para decirle a mi amiga Ángeles que me ha gustado mucho que dijera que necesitábamos a alguien de la sabiduría de Marina para llegar a acuerdos políticos, o con los políticos. Esto es clave, Ángeles, porque los acuerdos interpersonales son tan viejos como la humanidad misma: la clave está en “la calidad del acuerdo”. Dos hombres necios pueden llegar a acuerdos para tratar diferentes asuntos. Pero lo importante es que quienes se reúnan para acordar cosas, se sepan guiar por criterios ilustrados e inteligentes, los únicos capaces de sentar las bases para la justicia y la felicidad universales, a despecho de creencias e intereses privados o particulares. De ahí la singular importancia de la filosofía en nuestras escuelas, una cuestión que trataré de explicar lo mejor que sepa en próximos artículos. Creo, amiga Ángeles, que ya estamos más cerca de entendernos. ¿Acuerdos? Sí, claro. Pero acuerdos entre personas ilustradas e inteligentes. Lo demás nos lleva al caos y la sinrazón.

Gracias a todos.
Un cordial saludo.

14/5/2008 08:26 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
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