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¿CRIMEN Y CASTIGO?
¿CRIMEN Y CASTIGO?

Todavía no sé si estamos ante un efecto paradójico o ante un exceso de coherencia. Es manifiesta la reluctancia general a dar órdenes e imponer disciplina y castigos (incluso los justos y proporcionales a la falta) a nuestros jóvenes. Un temor casi patológico a pasar por déspota si les damos órdenes y por verdugos si los castigamos. En televisión salen psicólogos y pedagogos proscribiendo el empleo de cualquier mínimo uso de la fuerza en la educación de los niños: un tirón de orejas, un aparatoso azote en el zurrón, un cachete, son, por lo visto, el colmo de la barbarie. Lo más repugnante que pudiéramos imaginar. Cualquier maestro o profesor está en riesgo casi permanente de ser acusado y denunciado por “maltratar” a un alumno: por darle una voz, por cogerlo del brazo para separarlo en una pelea con otro, por decirle chaval… Esto último me ocurrió a mí una vez. Era la primera clase que daba y no me había aprendido todos los nombres de los chicos. Uno de ellos, trece años y el más díscolo, se levantó a mitad de clase con intención de pegarle a un compañero. Lo intercepté y le dije: “¡Eh, eh, chaval! ¿Qué haces? ¡Vuelve a tu sitio!” Volvió a su sitio, espetando un insulto a mi persona. Sin más miramientos, lo expulsé de clase. Su madre, luego, me dijo que yo lo había llamado chaval, en vez de por su nombre. “Chaval” no es ningún insulto; “gilipollas”, que es lo que él me dijo, sí.

Más razonablemente, la sociedad muestra su creciente rechazo a los maltratos físicos o psicológicos que algunos hombres encelados y agresivos infligen a sus novias o esposas. Nos repugna, y con razón, la brutalidad policial, otrora legal. Nos escandaliza el uso de la fuerza, asimilándolo, sin mayores reparos, a brutalidad. Todo va al mismo saco.

Por tanto, dada nuestra aversión a todo uso de la fuerza (incluso en aquellos contados y escogidos casos en que es razonable), ¿cómo podemos explicar que los siguientes y comunísimos hechos, noticiados en prensa, radio y televisión?:

- Un salvaje agrede en los vagones del metro a una pobre niña. Pero, como no hay parte de lesiones, el agresor campa por sus respetos, quizá en busca de una nueva víctima. Total, no resulta muy caro agredir a una pobre niña indefensa. No basta, por lo visto, lo evidente: las horribles imágenes de la agresión, el pellizco en el pecho, la agresividad que rezumaba el bárbaro. Todo esto el juez, o las leyes, no lo puede considerar, por lo visto. Pues yo no sé que pensarán ustedes, pero creo que, si ya ni siquiera nos valen evidencias tan conspicuas, algo está fallando en la justicia que tenemos.

- Para horror de sus seres queridos, el asesino de Sandra Palot, ya está en la calle, después de cumplir condena de unos escasísimos años. Quizá la pena impuesta se ajuste a la ley, pero entonces una cosa es clara: La ley no se ajusta a la pena de la madre de la víctima, ni en lo más mínimo.

- ¿Cómo es posible que la Administración diera permiso para manifestarse un repugnante grupo de neonazis en Madrid? Un grupo racista y xenófobo declarado. Nada tiene de extraño que se produjera aquella bronca monumental que le costó la vida a un chico de dieciséis años.

- ¿Cómo es posible que los menores de edad gocen de impunidad para robar, asaltar y amedrentar tantas veces como quieran a sus víctimas? Tal impunidad hay en este sentido que, algunos delincuentes adultos, mandan a “trabajar” a la calle a los chicos. Claro está que hay que perseguir a esos adultos, pero también que esos chicos no deberían tener derecho a delinquir sólo porque sean menores de edad. ¿Qué nos pasa? ¿Es que estamos perdiendo el sentido común?

- ¿Cómo es posible que muchas mujeres víctimas de los celos agresivos de sus maridos, presenten decenas de denuncias ante la justicia y ésta no mueva un dedo para acabar con la situación? ¿Cómo es posible que, en muchos casos, la víctima tenga que morir de una paliza del bárbaro para que los periodistas noticien el caso?

- ¿Cómo es posible que las autoridades penitenciarias dejen sueltos, tras pocos años de cárcel, a sujetos que han violado a niños o mujeres, sin tener ni la más mínima constancia de que se han rehabilitado? A veces, incluso a sujetos con perfiles psicológicos de psicópatas: es decir, sujetos que, con toda seguridad, volverán a violar.

¿Ustedes entienden algo? ¿Entienden todo esto? Yo, no.

¿Coherencia con nuestras ideas o paradoja? ¿O, en el colmo de los líos conceptuales, ambas cosas? Pues, si tanto abominamos de la brutalidad y la violencia, ¿por qué la dejamos impune o casi impune? ¿O es que, acaso, tememos que castigar la brutalidad y la violencia, nos convertirá automáticamente en brutos y violentos?

¿Pero quién dice que es necesario ser bruto para combatir la brutalidad? La brutalidad consiste en un uso desproporcionado, sañudo e innecesario de la fuerza. Pero no todo uso de la fuerza y el castigo es bruto. Muchísimas veces es un uso justo y necesario.

14/11/2007 09:56 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
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