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123raus
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VIOLENCIA DEL HOMBRE CONTRA LA MUJER.
TERCER MENSAJE.

Hola a todos.
He leído recientemente alguno de los artículos del foro que trataban el terrible asunto de la llamada violencia, de género, o doméstica o machista, como indistintamente se suele calificar.
Me permitirán que yo no la llame así, por varias razones. En primer lugar, porque la palabra género no existía en castellano con el significado que ahora le damos en esa expresión. Género tienen las palabras. Las personas tenemos sexo. Según el eximio Lázaro Carreter (y a su autoridad me remito), los españoles incorporamos esa palabra a nuestro idioma con el significado actual, como consecuencia de una traducción hecha a mocosuena del inglés al castellano, en una conferencia celebrada en Pekín en la que se trataban asuntos de discriminación sexual y anejos. En inglés sí existe la palabra gender con el significado que aquí tiene la palabra sexo. Por supuesto, cada cual es libre de hablar como desee, si bien, por otra parte, creo que es nuestro deber intentar hablar con propiedad y no hacer concesiones al qué más da (o sea, que no sé si deberíamos ser tan libres para hablar como nos dé la gana). Nadie tome esto a mal, que no es mi intención ofender, por supuesto. Errores lingüísticos los cometemos todos, hasta los mejor hablados. Por otro lado, hay quien justifica la inclusión de esta palabra en nuestro idioma porque con ella se está intentando hablar de la identidad sexual que la familia y la sociedad enseña a los niños y a las niñas. Al decir género masculino nos estaríamos refiriendo a las actitudes típicamente masculinas que, según quiere la posmodernidad, son aprendidas. Una persona con género femenino sería, análogamente, una persona que ha aprendido a comportarse como prescribe la convención sociocultural correspondiente. La palabra sexo alude a la condición biológica, genética de la persona (xy, para el hombre; xx para la mujer) y la palabra género al aprendizaje social de los respectivos papeles conductuales que la sociedad asocia a cada individuo en función de su sexo.
Yo me niego a aceptar esa manera de pensar, porque no responde a la realidad. La ciencia ya ha demostrado que el cerebro tiene sexo, por así decir. Por razones que costaría mucho explicar, la ideología posmoderna está empeñada en decirnos que el ser humano carece de naturaleza e inclinaciones naturales y que, por tanto, todo es cuestión de educación. Mosterín, en su libro La naturaleza humana (que, por cierto, sólo me gustó parcialmente) escribe el caso de unos padres preocupados por conseguir que su niña pequeña no aprendiera los estereotipos femeninos (supuestamente) establecidos por la sociedad. Para ello le compraban juguetes típicamente masculinos; por ejemplo, camiones. Su sorpresa fue descubrir que la niña arropaba los camiones, pretendiendo que eran muñecos que dormían.
Yo les aseguro que si a los hombres, en general, nos gustan las mujeres y a éstas les gustan los hombres no es porque ninguna convención sociocultural lo haya establecido así. Los perfiles intelectuales tampoco son exactamente los mismos, ni la manera de percibir el mundo, emocionalmente hablando, ni la forma de comunicarnos. Pero yo lo aseguro porque la ciencia psicológica lo asegura sin margen para la duda. Ni qué decir tiene que ninguna diferencia entre hombre y mujer justifica, de ningún modo, la discriminación política o social de ningún sexo. Hablamos de diferencias, no de superioridad o inferioridad en ningún sentido concebible.
El hombre es, por término medio, mucho más agresivo que la mujer. Suele haber diez veces más hombres que mujeres encarcelados por delitos de sangre. Cuando alguien nos dice que ha habido una reyerta, no pensamos en mujeres, sino en hombres. Y con razón. Rara es la noche de sábado que los jóvenes no se lían a puñetazos por razones nimias (pero explicables en términos evolutivos), como mirar a la novia de otro, ser de otro pueblo, de otro equipo de fútbol, etc. Por no hablar de las guerras y sus crueldades innúmeras, casi siempre perpetradas por el hombre. El hombre suele recurrir a la fuerza y a la violencia con mucha mayor frecuencia que la mujer. Por desgracia, también contra las mujeres.

Tampoco me convence la expresión “violencia doméstica”, por la sencilla razón de que carece de importancia, creo yo, que la agresión se cometa en casa o fuera de ella. Las mujeres que son asaltadas en plena calle por sus maridos, ex maridos o novios furibundos, son víctimas de agresiones no domésticas. Da igual, es lo mismo de terrible.
¿Y lo de violencia machista? Opino que tampoco, y enseguida me explico. Lázaro Carreter llamaba a este tipo de agresiones “Violencia del hombre contra o hacia la mujer”. Las demás denominaciones se prestan a confusión. Por ejemplo: si una mujer agrede repetidamente a su marido, ¿debemos decir que estamos ante un caso de violencia machista?
La propuesta de Carreter elude el eufemismo y busca la precisión y la justicia, pues de lo que comúnmente hablamos es precisamente de eso: de las agresiones que cometen los hombres contra las mujeres. Y eso es lo que nos interesa denunciar. Si un niño me oye hablar de violencia doméstica no tendrá tan claro a qué me estoy refiriendo exactamente como si me oye hablar, clara y explícitamente, de violencia del hombre contra la mujer. Hablar de violencia doméstica tiene la virtud de incluir todo tipo de agresiones cometidas en el hogar: las de los adultos contra los menores, las de las mujeres contra los niños o el marido. De acuerdo, pero es que resulta que la inmensa mayoría de las agresiones cometidas en el hogar son cometidas por los hombres contra las mujeres o los niños. Esto es lo que merece ser destacado por su macabra abundancia.
Decía antes que explicaría también por qué no me parece adecuado llamar a esta violencia “violencia machista”. Sencillamente porque no me parece que lo sea. Les diré una cosa: a todo el mundo nos gustaría que se tratase de una violencia machista, una violencia directa o indirectamente aprendida de diferentes estereotipos masculinos de nuestra sociedad. Pero me temo que no es así de sencillo. Hace unas semanas entrevistaron en la radio a una estudiosa feminista. Dijo que la violencia del hombre contra la mujer se daba en todas las sociedades del mundo y sin distinción de procedencia social, estatus o nivel cultural, intelectual o económico. Quién crea que es una violencia propia o casi exclusiva de hombres incultos, toscos, anticuados o sin educación, se equivoca. Esta misma señora feminista nos advertía que en países socialmente mucho más avanzados que el nuestro se perpetran más agresiones contra la mujer y más uxoricidios. Estamos hablando, por ejemplo, de Alemania o los países Escandinavos, países que nos llevan muchos años de adelanto en materia de políticas de igualdad sexual. Sin duda, los españoles hemos recibido una educación “más machista” que los ciudadanos de esos países nórdicos. Si de educación machista se tratase, nosotros estaríamos a la cabeza de la macabra clasificación de uxoricidios. Y no es así.
Y quisiera llamarles la atención sobre un argumento que a mí me parece irrefutable. Verán, hay gente que piensa que la cultura enseña al hombre a ser celoso, le enseña a que crea que la mujer es una cosa, un objeto, una propiedad más. Esto tampoco se sostiene, no es cierto; por una razón muy sencilla, la siguiente: las mujeres también son celosas. Si los celos fueran cosa aprendida, ¿para qué iba a enseñar el sistema patriarcal a ser celosas a las mujeres? Podría entenderse que el sistema patriarcal enseñara a los hombres a ser posesivos y celosos, quizá como torturado y cruel medio de someter a las mujeres, pero lo que no se entiende es que esa enseñanza se la inculcasen también a las mujeres. Pues, en un sistema enajenador de la mujer, como el patriarcal, el sueño dorado de los hombres (de muchos hombres) sería vivir en un sistema que les permitiera a ellos ser celosos, pero que educara a las mujeres para no serlo. Ello permitiría a los hombres ser infieles sin tener que ocultárselo a la esposa o a la novia. Los hombres se irían de picos pardos y acudirían a sus casas con la cara llena de carmín pero tranquilos y con la conciencia tranquila. Dirían: “Qué bien, puedo estar con las mujeres que me dé la gana. Las mujeres no se ponen celosas. Han sido educadas por el sistema patriarcal para no ser celosas. Los hombres las hemos educado para eso. Es lógico: las educamos a nuestra conveniencia.”
Lo que quiero decir es algo tan sencillo que me da casi rubor decirlo: los celos, masculinos o femeninos, son perfectamente naturales, instintivos. Tan naturales como el amor y los enamoramientos. Nadie nos enseña a enamorarnos ni nadie nos enseña a ser celosos. Amamos a las personas porque está en nuestra naturaleza amar a las personas que nos gustan, que nos cuidan o con las que nos divertimos: nuestros padres, hermanos, novios o novias, amigos… Porque somos seres sociales.
Por eso mismo la tasa de uxoricidios y agresiones a las mujeres no es mayor aquí, en esta España famosa por su ancestral machismo, no es mayor que en otros lugares de este mundo, más adelantados en políticas de igualdad de sexos.
Ustedes habrán observado una cosa cuando la televisión anuncia un caso más de uxoricidio. Habrán observado que siempre, o casi siempre, el uxoricida estaba separado de su mujer o en trámites de separación cuando, en un acto de desesperación criminal, atacó a la pobre, causándole la muerte o heridas graves. Separado por petición de la mujer, claro. Los hombres recurren a la violencia o a la guerra para defender su territorio o para adueñarse del que no les corresponde. Y eso mismo hacen cuando creen perder lo que sienten que les pertenece. Los celos consisten en un horrible conjunto de pensamientos y emociones posesivos. Pero, insisto, son la cosa más natural del mundo, no son aprendidos. Si ustedes son padres y han tenido dos o más niños, habrán observado que los mayores se sienten celosos por la llegada del último. ¿Han enseñado ustedes a ser celoso al hermanito mayor? Ni por asomo. Al contrario, ustedes se esfuerzan en que el mayor ame al hermanito recién nacido. Somos celosos de todo lo que amamos, como no podría ser de otra manera. Las mujeres, puesto que también aman y se enamoran, también son celosas. Pero no son, ni mucho menos, tan agresivas como los hombres. Al menos no tan agresivas físicamente hablando.
Ustedes dirán: “Si el que escribe lleva razón, ¿qué podemos hacer?” Supongo que podemos hacer mucho. Y lo primero que nos toca es aceptar las cosas como son, no como quisiéramos que fueran. Erraremos en tiro si seguimos porfiando en implantar en nuestras escuelas programas para eliminar la idea de que la mujer es una propiedad del hombre. Si me he explicado bien, ustedes entenderán que esa no es la cuestión de fondo. Amor y celos son naturales, pero eso no quiere decir que no podamos fortalecer nuestro carácter y controlar nuestros impulsos. Para ello tenemos que aprender a soportar, dentro de lo humanamente posible, las frustraciones que depara la vida. Recurrimos a partes de nuestra naturaleza para neutralizar otras partes de nuestra naturaleza. Recurrimos a unos instintos para controlar otros instintos. Por ejemplo, existe el llamado gen del alcoholismo. Quien lo tiene está más inclinado a la bebida patológica que quien no lo tienen. Está natural y fuertemente inclinado a beber más de la cuenta. Pero los instintos no determinan nuestra conducta (o no siempre). La condicionan, no la determinan. ¿Qué puede hacer el que es naturalmente propenso a la bebida? ¿Cómo vencer esa inclinación? Pues contraponiendo a esa inclinación otras inclinaciones igualmente potentes. Pensando, por ejemplo, en los seres queridos (padres, hermanos, esposo-a, hijos… y la suerte que correrán si se da a la bebida. De esta forma, el propenso a la bebida (instinto), puede vencer esa propensión recurriendo a otro instinto: el amor a sus seres queridos.
Pero no será fácil, pues el amor truncado y las separaciones matrimoniales son la segunda causa de depresión, detrás de la pérdida por muerte de seres queridos. ¿Podemos educar el carácter de nuestros jóvenes para que sepan controlarse y soportar las frustraciones anejas a la vida? Yo creo que sí. Pero vamos por muy mal camino, en este caso. El ambiente de permisividad y lenidad, familiar, escolar y judicial, en que crecen nuestro jóvenes no es, precisamente, una buena escuela del carácter. Si no enseñamos a nuestros jóvenes a tolerar las frustraciones diarias, si les consentimos todo, ¿qué relaciones tendrán el día de mañana con sus parejas, con sus amigos, sus vecinos o sus conciudadanos? Tendrán las que ya tienen: relaciones inestables y conflictivas, peligrosamente colindantes con la agresividad verbal y física. La violencia aumentará en las casas, las aulas y las calles.
Debemos, creo yo, crear sistemas educativos destinados, entre otras cosas a fortalecer el carácter (y el carácter ético) de nuestros niños y jóvenes. Pero el fortalecimiento del carácter implica, necesariamente, aprender a tolerar la frustración, a forjar una mentalidad sufrida, la única garante de la conducta solidaria y tolerante. No se trata de formar a estoicos, tampoco digo tanto. (Yo mismo no lo soy ni deseo serlo en el sentido pleno de la palabra). Pero todavía menos de niños blandengues y consentidos que, como no soportan las frustraciones de la vida, recurren a la pataleta, la violencia y el delito. Quiero decir que una educación para la ciudadanía debería incluir esto que aquí digo. Pues si dicha educación se limitase a dar a conocer a los chicos lo más granado de los filósofos éticos, sin incluir un entrenamiento del carácter y la contención, en ese caso creo que el fracaso estaría cantado. Pero la escuela, no me cansaré de repetirlo, poco o nada podrá hacer si no cuenta con el respaldo y la colaboración de los padres. Si éstos siguen mimando y consintiendo a los niños, poca cosa podremos hacer los educadores. Recitarían a Séneca, pero actuarían como Maquiavelos. Creo que esto es lo que, explicado mucho mejor que yo, nos dice Marina en Anatomía del miedo y en otros de sus libros.

Muy a favor me siento de disfrutar de los placeres de la vida: sexo, comida, amistades, comodidades, lujos… Pero cuidado con la dosis. Creo que el hedonismo es, con suma facilidad, la antesala de la agresividad y la violencia. ¿Por qué? Por lo ya dicho. Porque quien está acostumbrado a llevar una vida regalada y algodonosa, suele soportar mal los reveses de la vida y las frustraciones que ésta siempre nos reserva, antes o después. Y la frustración prefigura la agresividad. ¿Aprenderemos a vivir en la abundancia y la contención?
La abundancia y la vanidad le abren la puerta a la permisividad y la lenidad. La permisividad y la lenidad se la abren a la frustración. La frustración le franquea al paso a la violencia.
Dejaré que lo explique, mucho mejor que yo, la siguiente cita catenular de Quevedo.

Guerra
Sale de la guerra, paz;
de la paz, abundancia;
de la abundancia, ocio;
del ocio, vicio;
del vicio, guerra.


Ojalá Quevedo y yo nos equivoquemos.

22/10/2007 19:29 Vínculo - Ip: Registrado - Cita:
 
QuickView: VIOLENCIA DEL HOMBRE CONTRA LA MUJER. - 123raus 22/10/2007 19:29
 La cita de Quevedo es muy interesante, pero no puedo estar t... - Ángeles 23/10/2007 11:06
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