EL NIÑO DESOBEDIENTE 
Cristina Larroy, Mª Luisa de la Puente
Pirámide, Madrid, 1995
Nº de páginas: 133

Resumen y traducción: María de la Válgoma
 

COMENTARIO

 Un libro estupendo y utilísimo. A su sencillez y claridad se une el bien hacer de unas jóvenes psicólogas capaces de exponer sus conocimientos de una manera enormemente pedagógica, además de lo interesante que resulta el tema elegido, dada su incidencia en niños pequeños. Las mentiras y las desobediencias son el caballo de batalla de los padres y educadores y ambos tienen mucho que agradecer a estas buenas profesionales que prestan un gran servicio. Lleno de estrategias, sugerencias y consejos, que pueden ser, además, fácilmente llevados a la práctica diaria, el libro se centra en cómo conseguir un cambio de conducta en los niños, actuando tanto con los niños como con los padres. De gran utilidad para el proyecto FAD, en especial cuando se prepare el libro para padres y cuidadores infantiles. Está en la línea de "Aprender a vivir", en especial en lo relativo a la formación de los hábitos. Acaba con una breve lista de lecturas recomendadas.

INDICE

CAPITULO 1. La desobediencia: un problema cotidiano

La desobediencia y la conducta a ella asociada es un problema muy frecuente en la infancia. Para que haya desobediencia debe haber una orden previa que el niño se niega a seguir en un tiempo determinado (pueden ser 20 segundos), o bien se le pide al niño que interrumpa una conducta, sin que él haga caso, o lleva a cabo conductas que se le han prohibido. El problema es saber cuando esa conducta es normal y cuando constituye algún tipo de patología. Los estudios realizados concluyen que son conductas muy frecuentes en los primeros años -entre los 5-6 años el 50% de los padres afirman que sus hijos desobedecen- pero que van disminuyendo con la edad. A los 16 el 20% de los padres son los que se quejan. Se puede decir que hay patología cuando a la desobediencia se acompañan otras conductas como responder insultando, gritar o agredir. Es decir, que a la frecuencia de la desobediencia se unen otras conductas y en diferentes contextos (en la casa, el colegio, etc.). Los psicólogos hablan de "trastorno por oposicionismo desafiante" para referirse a los comportamientos desobedientes, que exceden los límites de la "normalidad" y cuyas manifestaciones son: Negativismo, hostilidad y conducta desafiante, escolerizarse, discutir con los adultos, desafiar las reglas, hacer cosas que molesten al otro, culpar a los demás de los fallos propios, etc., dura más de 6 meses y suele aparecer antes de los 8 años, o en cualquier caso antes de la adolescencia. Suele ser gradual, a lo largo de meses e incluso de años y suele interferir en el funcionamiento familiar, social y académico del niño. Con frecuencia estos niños presentan otros problemas asociados, como hiperactividad o problemas de aprendizaje.

CAPITULO 2. ¿Por qué mi hijo es desobediente?

La conducta de un niño -como la de un adulto- depende en gran medida de las consecuencias que esa conducta produce para uno mismo y para los demás. Los comportamientos que provocan consecuencias positivas tienden a repetirse en el futuro, mientras que las que producen consecuencias negativas tienden a hacerse menos probables. Las consecuencias positivas que siguen a una conducta se conocen como reforzadores, dado que ayudan a reforzar una conducta. Una conducta se puede reforzar positivamente (con un premio o recompensa, sea de tipo material -juguete, dulce- o social -elogio, atención-), a lo que se llama reforzador positivo o negativamente, poniendo fin a una situación desagradable, lo que produce un alivio, y entonces nos hallamos ante un reforzador negativo. A la hora de educar a un niño es imprescindible tener presente la importancia del reforzamiento en la conducta. Es difícil que un niño se porte bien solo porque es su deber. Si la conducta positiva se refuerza se mantendrá, mientras que si no se refuerza se extinguirá. Se pueden utilizar muchos tipos de reforzadores: 1) los reforzadores materiales o tangibles (dulces, juguetes, dinero, etc.). 2) Los reforzadores de actividad (jugar con los amigos, ver la Tele, dibujar), 3) Los reforzadores sociales (elogios, sonrisas, prestar atención abrazos). 4) Los reforzadores cambiables: fichas o puntos que después pueden canjearse por un reforzador material o de actividad. ¿Qué tipo de reforzador es mejor utilizar? Depende de las circunstancias, pero de manera general puede decirse que los reforzadores materiales y los de actividad son los más potentes, por lo que es aconsejable utilizarlos en los primeros momentos del aprendizaje de una conducta, y han de cambiarse para que no produzcan saturación o aburrimiento. Cuando se utiliza un reforzador de este tipo debe ir acompañado de un reforzador social, para poco a poco poder suprimir el material y sea el reforzador social el que mantenga la conducta. El efecto saciante puede evitarse con el reforzador cambiable-fichas, puntos- el material debe ir acompañado del social para que sea éste el que después de un primer momento sea suficiente. A la hora de aplicar los reforzadores es preciso tener en cuenta algunos principios fundamentales:

1.- Es más eficaz cuando se administra inmediatamente después de la conducta que queremos reforzar (especialmente si se trata de niños pequeños).
2.- En las primeras fases del aprendizaje debe aplicarse de forma continua, cada vez que el niño observe la conducta a lograr.
3.- En un primer momento el niño debe conseguir mucho refuerzo con poca conducta, que le sea fácil conseguir el refuerzo (para que se anime).
4.- Cuando una conducta es compleja, hay que reforzar cada uno de los pasos de que se compone, y no esperar a que la conducta se de en su totalidad.
5.- Cuando la conducta se aprende y se da con cierta frecuencia, conviene dejar de reforzarla de forma continua para pasar a reforzarla de forma intermitente.
6.- Todos, tanto los niños como los adultos, necesitamos el refuerzo y la aprobación de los demás, si el niño no es reforzado perderá interés y su conducta y desarrollo pueden presentar deficiencias.

Las consecuencias negativas que siguen a una conducta reciben el nombre general de castigos. Existen dos formas de penalizar una conducta: haciendo que la conducta vaya seguida de un estímulo o situación aversiva (cachete, azote, burla), que es lo que se conoce como castigo positivo, o haciendo que la conducta vaya seguida de una retirada de una recompensa que el niño había conseguido previamente ("si pegas a tu hermana te quedarás sin ver la tele, o sin la paga"), es el castigo negativo o costo de respuesta. Para que este tipo de castigo sea eficaz debe ser intenso, de corta duración y aplicarse nada más realizarse la conducta que queremos eliminar. ¿Qué sucede cuando una conducta no produce ninguna consecuencia? Lo más probable es que se produzca la extinción de la conducta, en especial si antes se había reforzado. En ocasiones, la misma conducta tiene consecuencias diferentes e incluso contradictorias. A veces el niño lo puede entender (puede jugar al fútbol en el patio, pero no en el salón), pero otras veces no entiende porqué haciendo lo mismo unas veces es premiado y otras ignorado. También puede que haya desacuerdo entre el padre y la madre, si esto ocurre el niño no puede aprender a comportarse, porque no puede saber que consecuencias va a tener su conducta, lo que le genera desconcierto e inseguridad. Patterson (1982) enfatiza el papel del refuerzo negativo en las conductas coercitivas e inadecuadas no sólo por parte de los niños sino también por parte de los padres. A veces un niño que chilla o grita o llora consigue lo que quiere más fácilmente que si lo pide, lo que reforzará su mala conducta. O se presta más atención -un potente reforzador- a la conducta negativa que a la adecuada. La conducta del niño es el resultado de una compleja interacción de factores que es preciso tener en cuenta.

CAPITULO 3. Algunos procedimientos para lograr el cambio de conducta

La primera regla a tener en cuenta a la hora de intervenir ante la presencia de un problema es adoptar una actitud serena y tranquila, pensar en las posibles alternativas y ponerlas en marcha de forma firme y segura. Enfadarse y perder los nervios agrava el problema e impide llegar a una solución eficaz. Si, como vimos en el capítulo anterior, la conducta depende de las consecuencias, el procedimiento para cambiar una conducta no querida es cambiar las consecuencias que dicha conducta produce.

Un procedimiento muy eficaz es el de ignorar la conducta, eliminar la tensión. Si se consigue -lo que implica ser constante en esta postura- el niño acabará dándose cuenta de que ya no atrae la atención que desea, por lo que es de esperar que gradualmente deje de realizar esa conducta. Para conseguirlo conviene: 1) Evitar el contacto ocular con el niño, no mirarlo e incluso salir de la habitación donde él esté. 2) No hablar con él (si se ha decidido ignorarle no hay que regañarle, ni hacerle ningún reproche, que son también formas de prestar atención), 3) No mantener ningún contacto físico y si se acerca, apartarse sin decir nada. 4) Es importante ignorar al niño cuando la conducta comienza y dejar de hacerlo cuando esa conducta inadecuada termina, pero sin referirse para nada a lo sucedido anteriormente. 5) La retirada de atención es un procedimiento de extinción, drástico, por tanto es esperable que en los primeros momentos de su puesta en marcha se produzca una agudización de la conducta. 6) Es un procedimiento lento, que requiere paciencia y esfuerzos en quien lo sigue, por lo que debe elegirse el momento adecuado para iniciarlo. 7) Hay que mantener la retirada de atención de modo constante, porque si la interrumpimos, en vez de eliminar la conducta la estaremos reforzando de forma intermitente, lo que hará que se mantenga durante más tiempo. 8) Este procedimiento no debe ser empleado cuando la conducta pueda suponer un daño para el propio niño o para otro, ni para las conductas que tienen que desaparecer de forma inmediata, porque es un procedimiento eficaz pero lento.

Hay que reforzar las conductas positivas y si a veces la retirada de atención no es suficiente o si se necesita mayor rapidez se puede utilizar el costo de respuesta -retirar actividades agradables (jugar, ver la tele)-. El costo será más eficaz cuanto más alto sea y cuanto más inmediato sea a la conducta negativa, pero siempre que previamente el niño conozca claramente las reglas de juego. Otra conducta que puede ser eficaz es la que se conoce como tiempo fuera o aislamiento, que coloca al niño en un lugar donde no pueda obtener ningún reforzamiento, pero para que este procedimiento sea eficaz es necesario que el lugar al que se retire al niño no sea amenazante, pero sí aislado y aburrido y que no se discuta con el niño, sino que se actúe con firmeza y se mantenga al niño fuera un periodo breve (algunos autores hablan de un minuto por año, y nunca que exceda de 20). Y es imprescindible combinar este procedimiento con el refuerzo de la conducta alternativa. El castigo positivo puede ser muy eficaz, pero hay que utilizarlo como último recurso, cuando los otros métodos han fracasado y solo para conductas muy inadecuadas o peligrosas, que hay que frenar de manera inmediata, ya que puede tener efectos muy negativos (daños físicos, humillación, baja autoestima, modelo agresivo, rechazo hacia quien lo infiere y dificultad de restablecer las relaciones afectivas).

CAPITULO 4. Cómo identificar las conductas de desobediencia del niño

Para cambiar la conducta de un niño hay que ser capaz de describir ésta de forma clara, precisa y cuantificable, lo cual puede no ser tan sencillo como parece a primera vista. Esto ayudará también a los padres a tomar conciencia de sus propias reacciones ante la conducta del niño. Estamos acostumbrados a utilizar un lenguaje poco específico y nada descriptivo. Es distinto decir "Javier es muy inquieto" que decir " Javier se levantó hoy del asiento 7 veces durante la clase de matemáticas". El lenguaje poco descriptivo que solemos usar deja demasiado margen a la interpretación. otro peligro es la vaguedad. Los juicios sobre las conductas tienden a cambiar, no solo con el paso del tiempo, sino también de una situación a otra y, a veces, del humor de quien los formula. (Los padres de Alicia no habían considerado que la conducta de su hija en la mesa era incorrecta hasta el día en que tuvieron invitados a comer). Aunque la conducta de un niño sea la misma, un padre al que le han despedido, o simplemente que está muy cansado no reaccionará de igual manera. Por tanto hay que evitar hacer juicios y sí describir lo que ocurre y poder cuantificar de algún modo la conducta. Las autoras formulan una regla general: Habrá definido la conducta en términos observables y mensurables si significan lo mismo para la mayoría de la gente. Hay que preguntarse si la descripción de la conducta es lo suficientemente clara como para seguir siendo la misma independientemente del tiempo transcurrido, de los lugares donde se dé o del humor que se tenga. En principio deberemos precisar que característica de la conducta del niño es la que vamos a observar: las conductas se prolongan durante un tiempo (duración), se producen un determinado número de veces (frecuencia) o se dan con un cierto grado de intensidad. Lo interesante será medir la característica que mejor nos ayude a cambiar la conducta del niño. Las autoras proponen una serie de métodos de observación y de registro de los denominados de lápiz y papel porque bastan estos instrumentos para llevar a cabo el estudio de la conducta. No hay que registrar solo las conductas negativas, sino también las positivas. Es más motivador ir viendo como aumentan los progresos que como disminuyen los fracasos. Entre los registros más frecuentes está el registro de frecuencias, de intervalos, de duración y proporción, lo que debe realizarse antes, durante y después de la intervención.

CAPITULO 5. ¿Qué puedo hacer con mi hijo?: cómo actuar ante problemas concretos

Forehand y McMahon (1981) desarrollaron un programa para padres de niños pequeños, de 3 a 8 años con conductas de oposición. El programa consta de dos fases: en la primera, se enseña a los padres a reforzar determinadas conductas de los niños e ignorar otras, de forma adecuada; en la segunda, los padres aprenden a dar órdenes/instrucciones de manera apropiada y se entrenan en las técnicas de tiempo fuera (o aislamiento) y, en ocasiones, de costo de respuesta, como procedimientos para reducir las conductas de los niños. Un problema que se plantea es que a veces, los niños no obedecen porque las órdenes no se han dado bien. Hay unas reglas muy sencillas que pueden aplicarse a todos los casos, y en las que casi todos los autores coinciden: las órdenes, instrucciones, o peticiones de los padres deben ser: claras y sencillas; comprensibles para los niños; cortas; no entrar en contradicción con otras; ser un número reducido (en algunos experimentos se ha comprobado que los padres daban al niño una media de ¡117 instrucciones por hora!); deben darse de una en una y suficientemente espaciadas en el tiempo y no deben ir acompañadas de contacto físico instigador (se ha demostrado que la instigación física potencia el incumplimiento). Las órdenes claras, cortas, específicas y razonadas facilitan su cumplimiento. A la hora de hacer peticiones también es necesario tener en cuenta la edad del niño. Son capaces de obedecer órdenes sencillas a partir de los l8 meses y a los 24 ya podrán seguir algunas más complejas (ayunque no hay que olvidar las "rabietas de los dos años"). También, al menos al principio, deberá elegirse un momento que no interfiera con una actividad placentera del niño. Las autoras tras sentar estas útiles reglas, contemplan casos de problemas específicos: el niño "sordo" (acaba obedeciendo, pero tras gritarle o repetírselo varias veces y casi siempre con amenazas de castigo), el niño que siempre dice "no", que ofrece una oposición activa -aunque no agresiva-, en muchos casos para llamar la atención, o el niño de las rabietas, frecuentes a los 2-3 años y que por lo general desaparecen a los 5-6, salvo que haya aprendido que es un buen método para conseguir lo que quiere. Lo importante, en este caso, es enseñar al niño que de ese modo no va a lograr lo que desea, y luego utilizar la técnica del aislamiento o tiempo fuera con el reforzamiento de las conductas de cooperación. Una vez que se ha decidido lo que se va a hacer hay que mantener un programa con el tiempo suficiente para que pueda mostrar su eficacia.

CAPITULO 6. A pesar de todo, desobedecer

En este capítulo se trata de conseguir que los padres "no tiren la toalla" si el niño sigue desobedeciendo, dando una serie de recomendaciones útiles para conseguirlo. Lo primero es insistir en la importancia de la constancia, ya que cambiar conductas no es fácil. Supone una carga de trabajo y esfuerzo para quien la lleva a cabo, sobre todo al principio, lo que puede desanimar. Hay que perseverar, porque son técnicas eficaces, en las que a veces, se aprecian los resultados en poco tiempo pero otras veces son semanas ignorando rabietas o siguiendo el método elegido el tiempo suficiente para que se produzcan cambios. Las autoras quieren recordar una vez más una serie de consejos para facilitar el cambio: reforzar siempre las conductas adecuadas del niño (así se enseña lo que se debe hacer y mejoran las relaciones, en ocasiones muy deterioradas); determinar de antemano el momento de comienzo de la intervención (hacerlo cuando no se tenga sobrecarga de trabajo o se esté excesivamente tenso); comenzar por conductas que se puedan modificar fácilmente (conductas que hayan aparecido recientemente y que se produzcan pocas veces, o en circuntancias especiales); en circunstancias iguales tenga la misma conducta (si ha decidido reforzar un comportamiento, hágalo siempre. No permita que su estado de humor o sus ocupaciones interfieran en el proceso); facilite la cooperación (si quiere que su hijo recoja las cosas, pídaselo antes de que empiecen los dibujos); establezca una rutina. Así conseguirá un hábito facilitador); de instrucciones cortas, claras y espaciadas (que el niño no tenga dudas sobre el qué, como y cuando lo debe hacer); controle su ira y conserve el buen humor; instruya al resto de las personas significativas para el niño para que le secunden (abuelos, amigos) y no culpabilice al niño. (Olvide frases como "vas a acabar conmigo", "no te aguanto más").
Si siguiendo todos estos consejos en un tiempo prudencial (tres o cuatro semanas) no ha conseguido cambios significativos, o no puede hacerlo, -no tiene el tiempo ni la energía suficiente- póngase en manos de un profesional.

CAPITULO 7. Un caso clínico

En este último capítulo se describe un caso de un niño de 7 años el que sus padres han llevado a la consulta de un psicólogo, ante sus continuas desobediencias tanto en su casa como en el colegio. Se realizó una evaluación tanto de las conductas de los padres como de la del niño, en la que se pudo ver que eran conductas que se habían reforzado, tanto positiva como negativamente. Tras instruir a los padres como programar y cambiar su conducta -bastaron dos sesiones- a los seis meses tanto la conducta de los padres, como la del niño eran las adecuadas.