CITIZENSHIP AND EDUCATION IN LIBERAL DEMOCRATIC SOCIETIES. 
CIUDADANÍA Y EDUCACIÓN EN LAS SOCIEDADES LIBERALES DEMOCRÁTICAS. 
Kevin McDonough y Walter Feinberg
Oxford University Press, Nueva York, 2003
Nº de páginas: 444

Resumen y traducción: Rafael Bernabeu
 

COMENTARIO

Las cuestiones que trata este libro son importantes desde el punto de vista de la educación de los alumnos como ciudadanos. La perspectiva de la teoría política liberal democrática es adecuada para analizar las cuestiones que surgen en la educación sobre cómo educar a los alumnos dentro de las tradiciones culturales al mismo tiempo que en las normas de la democracia en las que se basa el funcionamiento de la sociedad civil. Los autores de cada capítulo exponen argumentos sólidos, aunque no siempre llegan a conclusiones válidas, ya que la perspectiva desde la que analizan la realidad es la de una teoría política, por lo que siempre dan lugar a posturas contrarias y a visiones parciales de la realidad. Sin embargo, creo que uno de los elementos más importantes en este libro es la posibilidad de comprender la realidad de un país desde la cultura, la tradición democrática y las formas de pensamiento de otro país.


INDICE
PARTE 1: Primera Parte: Cosmopolitanismo, liberalismo y educación común

Primera Parte: Cosmopolitanismo, liberalismo y educación común

CAPITULO 1. Enseñar el derecho cosmopolita


Primera Parte: Cosmopolitanismo, liberalismo y educación común

CAPITULO 2. Educación liberal: El ejemplo de los Estados Unidos

El autor expone cómo los principios de una sociedad liberal como los Estados Unidos, influyen en el tipo de acuerdo que se produce entre la sociedad y el Estado para llevar a cabo la educación de los niños y los adolescentes. Los principios liberales son el respeto a la dignidad de la persona y el fortalecimiento de la autonomía individual, sin embargo, un Estado liberal, al recoger la responsabilidad social depositada por los ciudadanos en su gobierno haciéndose cargo, entre otras cosas, de la educación formal, garantiza el desarrollo de un proyecto educativo público cuyo objeto es la formación de ciudadanos de acuerdo a los ideales liberales. En la vida cotidiana, se produce un acuerdo implícito entre las familias y los colegios sobre la educación de los hijos: en este acuerdo los padres renuncian a decidir qué se enseña a sus hijos cuando estos son educados por el Estado y a su vez el Estado renuncia a educar a los niños y adolescentes en valores religiosos, educando sin embargo en valores de la ciudadanía liberal. Esto no significa que los valores de la educación pública no puedan tener importancia moral: el autor indica que la percepción de que el liberalismo no contiene una referencia a valores morales es errónea, ya que la dignidad y la autonomía, además de principios de funcionamiento de la sociedad, son en sí mismos bienes cuya adquisición requiere de un esfuerzo colectivo. Desde esta perspectiva la separación de las preocupaciones religiosas de los contenidos generales de la educación se justifica en el hecho de que la religión es una cuestión privada que debe desarrollarse en un ámbito distinto al de la sociedad en su dimensión colectiva y pública, es decir, en un ámbito social íntimo. Entre otras cosas, la educación pública se basa en los Estados Unidos en un avance social realizado en el New Deal, en el que con posterioridad a la Gran Depresión de los años 30 del siglo veinte, al liberalismo clásico de los derechos se le añadió un conjunto de compromisos económicos por el que el gobierno federal aceptaba por primera vez una responsabilidad nacional en garantizar un nivel de riqueza mínimo para todos los ciudadanos. De esta forma, la educación pública en un estado liberal no solo es expresión de unos principios ideales, sino también de un compromiso real con las posibilidades de vida de los ciudadanos en una sociedad competitiva, es decir, que introduce un ajuste en la distribución de los recursos, en este caso, de los recursos educativos.


Primera Parte: Cosmopolitanismo, liberalismo y educación común

CAPITULO 3. Pluralismo, identidad personal y libertad de conciencia

El pluralismo es el reconocimiento en el funcionamiento legal de una sociedad de los derechos individuales de los ciudadanos sin hacer distinciones en función de criterios como la raza, el género, las ideas religiosas o las tradiciones culturales. Sin embargo, las sociedades modernas contienen un sistema de derechos y obligaciones que es universal para todos sus ciudadanos, en el que a través de los poderes legislativo, judicial y ejecutivo el Estado ejerce una autoridad sobre la vida de los ciudadanos que en algunos casos puede verse enfrentada a la autoridad que sobre las vidas de algunos de esos ciudadanos ejercen los imperativos de su propia conciencia o de la conciencia de su grupo religioso o cultural. En el centro de este conflicto está el problema de la identidad personal, ya que esta se forma tanto gracias al reconocimiento civil que la sociedad hace de la persona como al reconocimiento particular o privado que la persona recibe a lo largo de su vida en sus entornos personales más significativos, como pueden ser su familia y su entorno geográfico o su religión. Por lo tanto, la persona se reconoce (y según el autor el reconocimiento es una forma de identidad) desde dos entornos, el privado y el público, de manera que en el equilibrio entre ambos contextos es donde es posible mantener una libertad de conciencia. El autor indica que en las sociedades modernas el discurso sobre la identidad (“identity talk”) perjudica al desarrollo de la ciudadanía responsable, ya que ayuda a formar “tribus” dentro de las sociedades que suelen ejercer su influencia a partir del principio de la marginación o de la minoría, devaluando el concepto de ciudadanía autónoma, individual y responsable que esas mismas sociedades tratan de asegurar para todos los ciudadanos sin hacer distinciones.


Primera Parte: Cosmopolitanismo, liberalismo y educación común

CAPITULO 4. Entre el Estado y la Sociedad Civil: Contextos educativos europeos

El autor considera que el instrumento de homogeneización de los ciudadanos más eficaz que tiene un Estado es la educación pública. Denomina “homogeneización” a la formación de identidades compartidas basadas en el respeto a valores universales y también basadas en las tradiciones culturales del país. Para el autor, el caso de la Unión Europea es significativo de una traslación de ese poder homogeneizador del Estado a unas instituciones representativas de los ciudadanos que superan el límite del Estado y que recogen algunas de sus funciones. De esta manera, según el autor, los países de la Unión Europea tienen una mayor autonomía para desarrollar los elementos de la identidad cultural y al mismo tiempo para recoger las influencias de otros países miembros de la Unión. De esta manera, se pretendería favorecer el desarrollo de la sociedad civil, disminuyendo el peso del Estado sobre el país, integrando el concepto de nación en un concepto más amplio, como es la Unión Europea, y favoreciendo el intercambio entre las sociedades de los distintos países. El objetivo es reducir la solidaridad impuesta por el Estado y aumentar la solidaridad que por sí misma es capaz de generar la sociedad civil, lo que en último término daría lugar a un fortalecimiento de la ciudadanía sin perder la autoridad depositada por los ciudadanos en sus Gobiernos y a su vez en la Unión Europea. Al mismo tiempo, la Unión Europea promueve una solidaridad entre sus Estados miembros destinada a favorecer un crecimiento más homogéneo de sus economías.


Primera Parte: Cosmopolitanismo, liberalismo y educación común

CAPITULO 5. Las obligaciones y los dilemas de la educación pública

En todas las sociedades modernas, los colegios públicos tienen la obligación de asegurar que se cumplan los objetivos que la sociedad deposita en ellos, dentro de los cuales en muchos casos surgen dilemas o contradicciones. El principal obstáculo es la integración del principio de igualdad y del derecho a la diferencia. Las sociedades modernas tienen el proyecto educativo de favorecer la igualdad al mismo tiempo que respetar la diversidad, lo que en la práctica resulta en algunos casos un problema sin solución. Según el autor esta concepción general de la educación implica la conexión de dos influencias complejas. Por un lado, la educación pretende dirigir a los alumnos hacia los valores comunes o compartidos de la sociedad. Pero por otro, como se recoge en el Informe Swann sobre la educación encargado por el Parlamento Británico en 1985, la autonomía del niño es considerada como innegociable, como lo son los tipos de cualidades y disposiciones a ser desarrolladas en todos los alumnos, incluyendo la flexibilidad mental, la habilidad de participar en análisis críticos y racionales, la perspectiva global, la voluntad de encontrar “la normalidad y la justicia de varios puntos de vista” como no amenazante y estimulante, y las habilidades para resolver conflictos positiva y constructivamente. Igualmente no negociable es la “perspectiva genuinamente pluralista” que debería caracterizar el contenido y los materiales de aprendizaje del curriculum y que debería también ser llevada al “curriculum oculto”, así como la necesidad de una forma apropiada de educación política. En una perspectiva radical, Alasdair MacIntyre argumenta que dado que existe en las sociedades liberales un número de propuestas rivales e incompatibles sobre la moral, ninguna de las cuales puede establecer su superioridad por criterios de argumentación racional compartidos y aceptados de forma general, no puede haber un programa compartido para la educación moral que sea racionalmente defendible, sino solo un conjunto de programas rivales y conflictivos basados en puntos de vista específicos. Desde un punto de vista más moderado, el autor no resuelve las cuestiones problemáticas de la educación pública, pero indica que las obligaciones de los colegios públicos son compatibles con la existencia entre sus objetivos de ciertos dilemas o contradicciones, para cuya resolución el autor indica la importancia de ejercer una capacidad de juicio tanto moral como práctico en el colegio.


Primera Parte: Cosmopolitanismo, liberalismo y educación común

CAPITULO 6. ¿Deberíamos enseñar historia patriótica?

La teoría política liberal democrática no otorga al Estado la facultad de desarrollar a través de la educación pública una formación en los niños de los vínculos particulares/culturales que aprenden en sus familias y comunidades, sino que propone que el papel de la educación pública debe ser expandir los horizontes de los alumnos, enseñarles que son parte de una comunidad moral más amplia que aquella en la que crecen, y que sus opciones vitales no deberían limitarse a aquellas proporcionadas por sus padres y sus comunidades. Sin embargo, esta teoría asume en muchos casos que este proyecto justifica el favorecimiento de la identificación patriótica con el Estado liberal y democrático. La razón de este proyecto es que los valores de un Estado liberal y democrático son universales y no van a ir en contra de otros valores particulares. Autores como Arthur Schlesinger, en su obra “La desunión de América” (Norton, Nueva York, 1992), critican el multiculturalismo que pretende utilizar “la historia como un arma” para sostener o incluso crear identidades étnicas separadas en América, dice en esa obra (p. 72) que “La historia como arma es un abuso de la historia. El alto propósito de la historia no es la presentación del yo ni la reivindicación de la identidad, sino el reconocimiento de la complejidad y la búsqueda del conocimiento”. Por ello, el autor de este capítulo considera que no es adecuado enseñar desde una perspectiva patriótica la historia, que no se debe pretender educar una identidad nacional histórica, sino que más bien se deben proporcionar elementos de juicio para comprender la historia. Además, el autor considera que la educación patriótica es moralmente inadecuada, ya que propone un respeto y una valoración mayor de las personas que pertenecen al propio país que de las personas de otros países. Según el autor: “Los niños son especialmente vulnerables y capaces de desarrollar visiones completas por sí mismos sobre qué es vivir bien. Si sus propias visiones de lo que es vivir bien y del lugar que ocupa en ese “vivir bien” la lealtad a su país van a ser verdaderamente suyas, y no simplemente explicables por la actividad inculcadora del Estado, es importante que sean animados a reflexionar de manera crítica sobre el carácter de su identidad nacional”. La complejidad de esta cuestión, según el autor, está en que los niños deberían ser quienes comprendiesen, a través de su proceso educativo y de su desarrollo personal, los derechos y obligaciones que un Estado liberal y democrático asegura. Debido a la importancia que la comprensión de la historia de un país tiene para la comprensión del valor de los derechos de los ciudadanos, es según el autor “especialmente inapropiado” tratar de inculcar el patriotismo en la enseñanza de la historia, porque esta debe ser un instrumento de conocimiento libre y dar lugar al pensamiento.

PARTE 2: Liberalismo y educación tradicionalista

Liberalismo y educación tradicionalista

CAPITULO 7. Educaciones comprehensivas y el concepto liberal de autonomía

La educación comprehensiva es aquella que contiene suficientes recursos educativos respecto al desarrollo moral como para permitir al niño construir un razonamiento moral individual y compartido por un grupo social. La objeción liberal a este tipo de educación es que puede no permitir al niño desarrollar su autonomía, dentro en este caso de lo que desde la perspectiva teórica liberal se considera autonomía, es decir, la capacidad de adquirir de forma libre un conjunto de valores universales relativos a la convivencia sin perder por ello la identidad personal y por tanto sin comprometer la diversidad de la sociedad. El autor niega esta objeción porque considera que precisamente desde la educación con un contenido moral es desde donde es posible para los niños comprender la existencia de valores morales muy importantes que pertenecen no a la persona en su dimensión íntima, sino a la persona como ciudadano de un Estado democrático moderno y comprender que los valores de la ciudadanía son valores otorgados y que por tanto contienen derechos y obligaciones. La discusión del autor está también en relación con la importancia de respetar el proceso evolutivo del niño en la medida en que puede comprender diferentes puntos de vista morales y/o religiosos a lo largo de su crecimiento. Por ello, el autor propone que en la educación se comuniquen una serie de valores morales elementales pero de importancia universal, que pueden ser los propios de una sociedad liberal democrática y/o los propios de una tradición cultural y religiosa, según sea el caso de una educación confesional o aconfesional. Según el autor el ideal de autonomía del proyecto educativo de un Estado liberal es proporcionar al niño los instrumentos de juicio necesarios para que pueda hacer comparaciones evaluativas entre la forma de vivir que conoce a través de sus padres y su entorno más cercano y otras formas de vida de otras personas que viven en su misma sociedad.


Liberalismo y educación tradicionalista

CAPITULO 8. Ciudadanía como identidad, ciudadanía como destino compartido y las funciones de la educación multicultural

En este capítulo la autora analiza la posibilidad de que la premisa implícita de las democracias liberales de que la ciudadanía y el orden constitucional estable deben fundamentarse en una identidad compartida entre los ciudadanos no sea correcta. Más específicamente, pone en duda la idea de que debiéramos entender la ciudadanía en términos de una adhesión a ciertos compromisos morales y que la función de la educación democrática sea la inculcación de esos compromisos. Las ideas de ciudadanía como lealtad, adhesión, patriotismo y compromiso tienen sus raíces en ritos y concepciones mucho más antiguas sobre el valor de la confianza. Cualquier noción de la ciudadanía como identidad – como profundamente constitutiva del sentido individual del yo- llevaría a estándares implícitos o explícitos de lealtad como el prerrequisito para la completa pertenencia. Y siempre que la lealtad se convierte en el estándar, hay una tendencia natural a sospechar de aquellos cuyas formas externas y hábitos mentales internos son diferentes de los comúnmente reconocidos como el paradigma de la ciudadanía. El concepto de ciudadanía como identidad está interconectado con la emergencia del Estado-nación moderno. Es un tópico actual que el Estado-nación moderno, y la concepción de soberanía nacional que lo acompaña, están bajo creciente presión desde el desarrollo del fenómeno que denominamos “globalización”. Esta transformación que está teniendo lugar sobre los fundamentos del orden político nos ofrece la oportunidad de reconsiderar el significado de la ciudadanía, particularmente a la luz del hecho de que los contextos y los objetivos del compromiso político están cambiando rápidamente, como demuestran las manifestaciones trasnacionales de los trabajadores, las de los grupos ecologistas y de derechos humanos en contra de la Organización Mundial del Comercio en Seattle y Génova y en contra del Fondo Monetario Internacional en Praga. La línea básica de argumentación de la autora es que la mayor parte de los conceptos actuales sobre la ciudadanía se basan en la convergencia histórica de las fronteras de la ciudadanía, esto es, el territorio, la cultura, la nación y la lengua, las instituciones y la moral. La autora considera que esta nueva realidad puede ser enseñada en la educación de la ciudadanía, partiendo de la hipótesis de que la capacidad para desarrollar un “pensamiento extendido” (“enlarged thinking”) y la capacidad de verse a uno mismo en relación con personas diferentes requiere encuentros con la diversidad real e inmediata. Idealmente los alumnos obtendrían de esa educación un conocimiento compartido y unas capacidades efectivas que les permitirían actuar en colaboración como ciudadanos.


Liberalismo y educación tradicionalista

CAPITULO 9. Amistad civil y educación democrática

El autor considera que la democracia debe basarse en unas bases morales más profundas de lo que por sí misma como sistema puede proporcionar. Siguiendo las teorías políticas liberales de John Rawls, considera que la democracia se fundamenta en dos sistemas de valores que se generan en un ámbito anterior al político, como son los valores morales y los valores religiosos. Por lo tanto, el mismo concepto de ciudadano es una realidad social que tiene unas garantías legales, pero es también un compromiso individual de cada persona con los derechos y las obligaciones que conlleva ser un ciudadano. El autor propone el término “amistad civil”, para indicar la importancia de que cada persona aporte el verdadero contenido al concepto de ciudadanía, haciendo de ello algo más que un modo de comportamiento social aceptado o acatado. Desde la perspectiva educativa, la “amistad civil” sería un imperativo que se dirige a dos metas: asegurar un cierto nivel de profundidad espiritual y/o moral y/o estética en los compromisos políticos individuales de los ciudadanos y cultivar en los ciudadanos una habilidad para observar y tolerar los diversos grados de profundidad (dentro de un grado razonable) de sus conciudadanos. La “amistad civil” por lo tanto requiere un tipo más profundo de tolerancia que emana de la propia profundidad de los compromisos por sí mismos. Hay muchas formas razonables de ser respetuoso con las normas democráticas. Lo que no es razonable es esperar que esas normas no necesiten apoyo fuera de sí mismas ni que todas las personas deban siempre apoyar las normas democráticas de la misma manera. Según el autor, la preocupación principal que subyace en el concepto de ciudadanía es la estabilidad y ya que el liberalismo democrático se ocupa de las políticas democráticas, también debe ocuparse de lo que es necesario para preservarlas y perpetuarlas. La complacencia en este punto es un riesgo excesivo porque como enseña la historia, las normas políticas que no tienen apoyo porque no se cree en ellas tienen una gran probabilidad de colapsarse. Y no hay razón para pensar que esto es menos cierto para las democracias que para otros sistemas políticos.


Liberalismo y educación tradicionalista

CAPITULO 10. Escolarización y equilibrio cultural de las minorías religiosas en el Estado liberal

Por nacimiento, por elección o por azar, los ciudadanos viven la mayor parte de sus vidas dentro de grupos, y los grupos contribuyen significativamente a su identidad y a su autoconcepto. Algunos grupos conllevan solo una forma ligera de vínculo, pero otros pueden ejercer mayores demandas de lealtad que la que ejerce el propio Estado. Los grupos pueden tener tanto efectos beneficiosos como perjudiciales para los individuos: pueden proteger y hacer avanzar los intereses y ayudar a satisfacer sus necesidades, pero pueden también ejercer un control excesivo y opresivo sobre los individuos, y por tanto inhibir su libertad para dirigir el curso de sus vidas. Generalmente, sin embargo, los individuos necesitan el contacto social que los grupos proporcionan, y valoran el sentido de la pertenencia que proviene de compartir las metas y las aspiraciones de otros miembros del grupo. Puede también argumentarse que pertenecer a un grupo proporciona una parte esencial de la seguridad emocional y de la orientación que las personas necesitan para crecer hacia la madurez moral y la autonomía personal. Sin embargo, no todos los grupos son del mismo tipo. En este capítulo el término “grupo minoritario” se utiliza para referirse a un colectivo o una comunidad identificables y políticamente significativos de personas que comparten durante un período de tiempo duradero una identidad cultural distintiva que difiere de aquella de la mayoría o del grupo dominante en el Estado. El sentido de la pertenencia y de la lealtad que es típico entre los miembros de estos grupos minoritarios resulta de que comparten al menos uno ( y a menudo varios) de los siguientes distintivos: la lengua, la religión, la nacionalidad, la etnia, la historia, la raza, el conjunto de tradiciones culturales, o valores o estilos de vida, u otras características definitorias más o menos permanentes que tengan un impacto significativo en su forma de vida y que les ayuden a definir su identidad ante ellos mismos y ante otras personas. El significado de estas características definitorias se construye socialmente, pero generalmente se perciben como recibidas, más que como una cuestión de elección. El problema de la educación en un determinado vínculo cultural contiene varias cuestiones importantes: ¿Es beneficioso que un grupo cultural determinado establezca sus propios colegios? ¿Puede un colegio tener un carácter democrático (como requiere la educación para la ciudadanía) y un carácter cultural específico al mismo tiempo? ¿Se reforzarían los prejuicios o una rivalidad insana o una animosidad entre colegios de diferentes vinculaciones culturales? ¿Las lealtades generadas por el colegio tenderían hacia la desunión más que hacia la integración social? El autor propone una distinción provisional entre tres elementos de la educación: la educación para la ciudadanía democrática, la educación para un vínculo cultural específico y la educación para el entendimiento transcultural. El desarrollo de estas tres educaciones implica compromisos por todas las partes: entre los padres y el Estado, entre liberales y no-liberales y entre todos los tipos de grupos culturales. El fin último de este tipo de educación para la ciudadanía es permitir a los grupos culturales desarrollar un compromiso interiorizado con las leyes y los valores de la sociedad en general, de manera que sean aceptados como guías en su vida social, política y económica pero no, por supuesto, de su vida cultural, personal o religiosa, en la que deberían ser libres para buscar sus propios fines. Es evidente que la educación dentro de un vínculo cultural específico debe equilibrarse con una educación para la ciudadanía democrática para contrarrestar sus tendencias a la división y que la educación para el entendimiento transcultural contribuirá al desarrollo de la tolerancia y el respeto en la sociedad.

PARTE 3: Restricciones liberales a la educación tradicional

Restricciones liberales a la educación tradicional

CAPITULO 11. Acomodación multicultural en la educación

El autor expone una explicación de las razones por las cuales en los Estados culturalmente diversos la educación es tan importante y cómo en algunos casos no atiende a las diferencias culturales adecuadamente. En primer lugar, los colegios son un vehículo básico de transmisión cultural, quizás el más importante junto con la familia. Más allá de la socialización en la familia, los colegios juegan un papel crucial en iniciar al niño en las normas, creencias y costumbres de un grupo social de mayor escala, formando y profundizando en sus identidades culturales en ese proceso. Segundo, cuando los niños de grupos etnoculturales, religioso-culturales o de nacionalidad minoritarias asisten a colegios públicos, frecuentemente son ignorados por una cuestión de política estatal, ya que la educación pública en muchas partes del mundo, y en especial en los Estados Unidos, ha tratado históricamente de eliminar los vínculos culturales y las creencias en un intento de asimilar a los niños de grupos minoritarios a la cultura mayoritaria. Y tercero, los colegios frecuentemente restringen la asistencia de algunos niños, reforzando normas implícitas sobre quienes son considerados educables o merecedores de una educación. Es el caso de la práctica histórica en los Estados Unidos de impedir a los afroamericanos asistir al colegio o forzarles a asistir a colegios empobrecidos, o la práctica actual en algunas partes del mundo de educar solo a los niños y no a las niñas. La preocupación del autor respecto a las políticas educativas destinadas a promocionar o a preservar a los grupos culturales, potencialmente sitúa la integridad del grupo por encima de la libertad y la igualdad de los individuos, especialmente los niños. El autor considera que cuando el Estado trata de garantizar los derechos de grupos minoritarios, puede producirse un efecto contrario al pretendido, debido a que dentro de esos grupos, algunos de sus miembros pueden ver reforzado su poder de influencia, pero sin embargo otros, generalmente niños y mujeres, con mucha probabilidad verán perjudicadas sus opciones de vivir de forma digna, ya que al reconocerse su excepcionalidad como grupo y no como individuos, se impide en realidad el acceso a los derechos que se trataban de garantizar, quedando estos reducidos a un exceso de poder que queda en manos de los miembros del grupo que menos deberían haber sido objeto de protección por el Estado. Es lo que Ayelet Shachar denomina “la paradoja de la vulnerabilidad multicultural” (Multicultural Questions, Oxford University Press, 1999). A pesar de estos problemas, el autor considera que el Estado liberal debe mantener, como mínimo, la autoridad en la regulación de la educación y la escolarización e intentar proporcionar una educación que, entre otras cosas, favorezca el desarrollo de la autonomía en los niños, así como la ética civil.


Restricciones liberales a la educación tradicional

CAPITULO 12. “Dueñas de su propio destino”: Derechos de grupo, género y derechos realistas de salida

Cualquier defensa consistente de los derechos de un grupo que se base en premisas liberales tiene que asegurarse de que al menos un derecho individual - el derecho a abandonar el grupo- se impone a cualquier otro derecho del grupo. No poder abandonar el grupo en el que uno ha crecido a favor de un modo alternativo de vida es una seria violación del tipo de libertad en el que se fundamenta el liberalismo. De hecho, los defensores de los derechos de los grupos deberían reconocer que los individuos no deben ser libres solo formalmente, sino que deben ser sustancialmente libres para abandonar su religión o cultura de origen; deben tener un verdadero derecho de elegir. A partir de esto, la autora considera sorprendente la poca atención que se ha prestado en la literatura sobre los derechos de los grupos culturales al hecho de que las personas en diferentes subgrupos dentro de la mayoría de los grupos culturales y religiosos tienen diferentes posibilidades de ser capaces de salir de ellos de forma satisfactoria. En muchos grupos para los que los teóricos liberales han reclamado derechos especiales o exenciones, las mujeres tienen muchas menos posibilidades que los hombres de ejercitar el derecho a salir del grupo. La autora argumenta en tres partes sobre esta cuestión. Primero, muestra cómo los defensores liberales de los derechos de los grupos tienden a no tomarse la desigualdad de género tan en serio como otras formas de desigualdad moralmente arbitraria. Segundo, especifica y discute un número de razones que contribuyen a que las mujeres sean, en muchos contextos culturales, significativamente menos capaces que los hombres a elegir sus propios cursos vitales. Y tercero, expone desde el punto de vista teórico las razones por las que los grupos culturales y religiosos deberían permitir a sus miembros ejercer el derecho a salir de esos grupos.


Restricciones liberales a la educación tradicional

CAPITULO 13. Educación cívica multinacional

El autor hace referencia con el concepto de “educación cívica multinacional” a la forma en que se resuelven en la educación los problemas que existen en los Estados compuestos por diferentes tradiciones culturales que se consideran a sí mismas nacionalidades históricas, como puede ser el caso de los Quebequeses en Canadá, los Catalanes en España o los Escoceses en el Reino Unido. La identificación de los ciudadanos de estas regiones con la nación a la que pertenecen suele ser débil y provisional. En algunos casos estas diferentes lealtades nacionales se integran y pueden convivir, pero en otros surgen conflictos. Por esa razón el autor considera que debe existir una teoría educativa sobre la convivencia dentro de una nación de las diferentes tradiciones e identidades. En primer lugar, lo que la educación cívica multinacional propone no es que una identidad nacional existente, establecida y robusta está amenazada y debe ser reforzada a la luz de nuevas formas de diversidad, sino que las naciones que contienen estas identidades múltiples, típicamente carecen de una identidad nacional basada en la confianza mutua y en la solidaridad. En segundo lugar, surge otro problema debido a que los grupos nacionalistas minoritarios demandan el derecho al autogobierno y a la autodeterminación, lo que produce una inestabilidad en la nación. La educación que propone el autor pretende favorecer identidades condicionadas tanto en el nivel de la nación como en el nivel de las minorías. La justificación para promover una identidad civil nacional compartida se basa en la necesidad de asegurar las condiciones necesarias para la justicia en el Estado cuando los miembros de los grupos nacionalistas minoritarios están sujetos a injusticias dentro de sus propios grupos. Esto requiere que los miembros de grupos nacionalistas minoritarios desarrollen capacidades y disposiciones que les permitan comprender sus lealtades nacionalistas minoritarias como condicionales. El autor cita una explicación de Will Kymlicka ( Política vernácula: nacionalismo, multiculturalismo y ciudadanía. Oxford University Press, 2001) sobre el motivo de la identidad nacional: “Las personas hacen sacrificios por otras personas con mayor probabilidad cuando les consideran “uno de nosotros”, y por lo tanto promover un sentido de la identidad nacional fortalece el sentido de obligación mutua necesario para mantener la justicia liberal”.


Restricciones liberales a la educación tradicional

CAPITULO 14. Educación religiosa en las sociedades democráticas liberales: La cuestión de las garantías y la autonomía

El autor analiza las tensiones que se producen entre el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos y la obligación del Estado democrático liberal de garantizar la igualdad en la educación de sus futuros ciudadanos. El autor explica cómo en el contexto de un colegio religioso, el alumno adquiere una identidad y unos objetivos cívicos no completamente equiparables a la identidad y los objetivos cívicos que adquiere un alumno en un colegio público. Sin embargo, argumenta que cuando se introducen unos criterios comunes a través de las políticas educativas del Estado, se pueden asimilar las diferentes identidades a unos valores compartidos que se recogen en el concepto de ciudadanía. De esta manera, la ciudadanía no es identitaria, no se basa en la diferenciación, sino en la igualdad y la homogeneidad, por lo que es posible garantizar su fortalecimiento en los dos tipos de educación posibles y al mismo tiempo respetar la autonomía de los colegios para llevar a cabo sus ideales tanto religiosos como éticos. El autor expone cuatro premisas sobre la educación que considera erróneas: la regulación que el Estado debe hacer de la educación en los colegios religiosos es una regulación de mínimos, la autoridad en los colegios privados es únicamente de los padres y los administradores y el Estado no debe intervenir en sus decisiones, los colegios públicos ejercen una forma de tiranía sobre sus alumnos al impedirles desarrollar razonamientos morales diferentes a los que sustentan el Estado democrático y los colegios privados son los únicos contextos educativos en los que es posible el reconocimiento cultural y religioso. El autor propone cuatro requisitos para que el apoyo del Estado a la educación privada sea justo: que sobre la autonomía y el crecimiento del colegio se imponga su misión educativa, que la educación sea políticamente igualitaria, que no esté cerrado a alumnos por razones que vayan contra los principios de la ciudadanía y que ofrezcan garantías y coherencia en la calidad de la educación que desarrollan.


Restricciones liberales a la educación tradicional

CAPITULO 15. Liberalismo e identidades de grupo

Los valores liberales democráticos proporcionan según el autor un fuerte apoyo del reconocimiento, la afirmación y la celebración de las identidades de grupo. Incluso, los valores liberales básicos acomodan y permiten todas las clases de medidas educativas que implican la celebración del amplio espectro de identidades que coexisten pacíficamente dentro de las comunidades modernas y pluralísticas. La hostilidad desde la perspectiva liberal hacia grupos determinados se justifica solo cuando estos pretenden, en sus políticas educativas o en otros campos, oprimir a miembros del grupo o negar a algunos individuos o clases sociales el acceso igualitario a las oportunidades básicas. El autor rebate la acusación de que la filosofía pública liberal adopta un individualismo estrecho, considera que algunos grupos tradicionalistas buscan prerrogativas especiales en parte porque rechazan los valores liberales de libertad por igual para todos los ciudadanos y describe los conflictos que surgen dentro de algunos entornos educativos, como puede ser la universidad, con respecto a la relación entre las identidades y los comportamientos sexuales y los valores de algunos grupos culturales o religiosos. Concluye que las propuestas liberales tienen el objetivo de reconocer las identidades de los grupos culturales de la sociedad y de evitar las situaciones de desventaja generadas por algunos de esos grupos entre sus miembros, basándose en la premisa democrática de que los derechos de los ciudadanos están por encima de cualquier otro imperativo social, cultural o individual.