REASON TO HOPE 
MOTIVOS PARA LA ESPERANZA 
A psychosocial perspective on violence and youth
Una perspectiva psicosocial sobre la violencia y la juventud
Leonard D. Eron, Jacquelyn H. Gentry y Peggy Schlegel
American Psychological Associaton, Washington DC, 1994
Nº de páginas: 492

Resumen y traducción: Rafael Bernabeu
 

COMENTARIO

Partes 1, 2 y 3; etiología de la violencia, grupos étnicos y poblaciones vulnerables. Hay una serie de ideas sobre la violencia que parecen claras en este libro. La primera de ellas es que la infancia es el período clave para el desarrollo de comportamientos violentos en el futuro o por el contrario para su prevención, por lo que los programas educativos y preventivos deberían centrarse en etapas del desarrollo lo más tempranas posible. La segunda idea es que la violencia no es el resultado de los instintos, ni de los impulsos, ni de estados emocionales, sino que se trata de un comportamiento aprendido, que es fruto de una educación y de un entorno que enseñan a ser violento. La tercera idea es que la comprensión de la violencia por parte de la Psicología da lugar a muchas perspectivas y muchos tipos de intervenciones, con resultados muy diversos, pero que no hay por el momento una teoría suficientemente comprensiva de este problema. La cuarta idea es que la violencia está de alguna manera relacionada con la existencia en la sociedad de grupos, poblaciones y culturas muy diferentes, así como de situaciones socio-económicas muy desequilibradas que están en relación con la pertenencia a unos u otros grupos, estableciendo relaciones conflictivas entre los individuos, tanto entre los de un mismo grupo como entre los de unos y otros grupos. La quinta idea es que la vulnerabilidad, la diferencia, los prejuicios y la violencia tienen relaciones complejas que originan procesos sociales muy negativos y de riesgo. Partes 4, 5 y 6: influencias sociales, intervenciones, investigación y recomendaciones Se estudia la forma en que la violencia es aprendida o promovida desde diferentes ámbitos sociales, entre ellos los medios de comunicación, de manera que se observa cómo la sociedad mantiene algunas situaciones en las que los niños y los adolescentes se ven expuestos a la violencia y no reciben una educación suficientemente cuidadosa y eficaz como para protegerles de los riesgos fundamentales que encuentran a lo largo de su desarrollo. Se demuestra que los jóvenes tienen una relación cotidiana con fenómenos violentos, como testigos directos o indirectos o como protagonistas de actos de violencia, ya sea como agresor o como agredido. Por lo tanto, las intervenciones que se proponen, aunque sean eficaces en el entorno más o menos reducido en el que se aplican, necesitan de un acompañamiento generalizado de la sociedad, de forma que no solo se apliquen remedios temporales sino que se desarrolle una verdadera educación de los niños y de los adolescentes en la que la violencia no tenga lugar, tanto en el colegio como en la familia y en el entorno social próximo ( un ejemplo de esto es el programa aplicado en Noruega en 1991 a escala nacional con un compromiso general de la sociedad). Finalmente, las recomendaciones de la APA indican como factores a considerar en el origen de la violencia entre los jóvenes los problemas de discriminación por cualquier motivo, la exposición a la violencia de todo tipo, las situaciones de riesgo para el desarrollo y el consumo de alcohol y otras drogas.
INDICE
PARTE 1: ETIOLOGÍA DE LA VIOLENCIA

ETIOLOGÍA DE LA VIOLENCIA

CAPITULO 1. PERSPECTIVAS TEÓRICAS Y EVOLUTIVAS sobre la juventud y la violencia

Las primeras teorías psicológicas proporcionaron pocas explicaciones sobre el control de la agresión, porque comprendían la agresión humana como el resultado directo de factores instintivos o biológicos (Freud, 1950; Lorenz, 1966). Estas teorías no reflejaban la influencia de los aprendizajes cognitivos y sociales que determinan si el comportamiento agresivo se produce o no y cómo se produce, así como la forma en que puede prevenirse. Las teorías de impulso ( drive theories), como la teoría de la frustración-agresión ( Dollard, Doob, Miller, Mowrer & Sears, 1939) proponían que los seres humanos no se comportan agresivamente por instinto, sino por impulsos internos originados por estímulos externos, como las experiencias de frustración. Aunque las teorías de impulso implicaban que el comportamiento agresivo podría prevenirse eliminando las experiencias frustrantes, esta solución potencial era inalcanzable, debido a la amplitud y la subjetividad de esta experiencia, que incluye ser atacado o insultado, fracasar, el retraso, la pérdida de algo valioso o la obstaculización de un comportamiento dirigido a una meta. Berkowitz (1989, 1993) afirma que la relación entre frustración y agresión es solo un caso especial de la tendencia de un fuerte afecto negativo a generar inclinaciones agresivas. El fuerte afecto negativo activa automáticamente un síndrome de enfado (ira) / agresión – una red de sentimientos, pensamientos, recuerdos y reacciones motrices- que se asocia con la instigación a atacar algún objetivo, principalmente, pero no solo, la fuente percibida del afecto desagradable. La teoría del Aprendizaje Social (Bandura & Walters, 1959, 1963; Bandura, 1973, 1983, 1986), se basa en la premisa de que “las personas no nacen con repertorios pre-formados de comportamiento agresivo. Los aprenden” (Bandura, 1983, p. 4). Esta teoría se centra en influencias ambientales controlables, así como influencias aprendidas cognitivas y de auto-regulación. El comportamiento agresivo se adquiere y se mantiene primordialmente a través de (a) aprendizaje observacional, por ejemplo, ver modelos de comportamiento agresivo en la vida real o en los medios de comunicación, (b) experiencia directa, como por ejemplo recibir una recompensa o un castigo como consecuencia de una agresión, y (c) influencias auto-regulatorias, por ejemplo, mediante la auto-recompensa o el castigo, y vinculando o desvinculando el comportamiento agresivo propio de las reacciones auto-evaluativas. Los modelos cognitivos-sociales han aportado perspectivas adicionales a la comprensión de la adquisición, mantenimiento, cambios evolutivos y control o prevención de la agresión y la violencia. Se han elaborado a partir de teorías anteriores, como los mecanismos de autorregulación de Bandura (1973), los principios del desarrollo cognitivo de Piaget (1970), los modelos de solución de problemas (Zurilla & Goldfried, 1971), nociones del procesamiento de la información (Miller, Galanter & Pribram, 1960; Newell & Simon, 1972), formulaciones de las habilidades sociales (McFall, 1982), procesos de atribución (Kelley, 1972), conceptos del guión social (Schank & Abelson, 1977) y perspectivas sobre los juicios sociales ( Walters & Parke, 1964). Los modelos cognitivos-sociales son: el modelo del procesamiento de la información (Dodge, 1980, 1986, 1993), el modelo del guión cognitivo (Huesmann, 1988; Huesmann & Eron, 1984, 1989), el paradigma de la solución social de problemas (Rubin & Krasnor, 1986; Spivack & Shure, 1974), el paradigma de los mediadores cognitivos (Guerra & Slaby, 1989, 1990), el paradigma de los mediadores cognitivos- sociales del aprendizaje (Perry, Perry & Rasmussen, 1986), el paradigma de la atribución (Fergusson & Rule, 1983) y el paradigma del desarrollo del entendimiento interpersonal ( Selman, 1980, Selman et al., 1992). Desde la perspectiva del desarrollo evolutivo se proponen formulaciones sobre cuándo, dónde y cómo las intervenciones pueden ser aplicadas con mayor efectividad para reducir o prevenir la violencia. Son los modelos social-interaccional (Patterson, 1982), evolutivo-organizacional (Greenberg & Speltz, 1988) y de las vías de evolución ( “developmental pathways”), de Loeberet (1993).


ETIOLOGÍA DE LA VIOLENCIA

CAPITULO 2. FACTORES SOCIOCULTURALES en la etiología y la prevención de la violencia entre jóvenes de minorías étnicas

La mayor parte de la investigación psicológica actual – hasta 1994 - sobre la relación entre las culturas étnicas y la violencia no da cuenta de la importante variabilidad que se encuentra en las poblaciones – la cultura se convierte en una fuente de variabilidad errónea -. Otro problema en el estudio de la relación entre cultura y violencia en los Estados Unidos es el uso indiscriminado del término “cultura” para denotar subpoblaciones y cogniciones internas – creencias, valores y normas-. Cuando se utiliza el término para referirse solo a subpoblaciones, como en algunos estudios trans-culturales de la violencia, las diferencias de grupo se limitan a explicaciones a posteriori, muchas de las cuales asumen equivocadamente la homogeneidad de los grupos étnicos. Cuando se relaciona con cogniciones internas, los rasgos culturales que influyen en esas cogniciones se asume que son igualmente importantes para todos los miembros de un grupo racial o étnico determinado, lo que generalmente no es cierto. En todas estas situaciones, la comprensión de las culturas de las minorías étnicas y su efecto sobre varios comportamientos, incluyendo la violencia, no ha sido clara. Otra consideración importante sobre la participación de los jóvenes en la violencia es el grado en el que las demandas psicológicas de los estadios normales del desarrollo pueden ser atendidas con éxito de manera prosocial. Teóricos del desarrollo, como Erikson (1968) o Kagan y Coles (1973), han incluido en las funciones básicas del desarrollo de la adolescencia la necesidad de establecer un sentido de la identidad ( incluyendo un sentido de la identidad sexual) y de experimentar y correr riesgos en situaciones sociales. La búsqueda de un sentido de la propia eficacia, el impulso hacia la individuación y la separación de las familias de origen, y la necesidad de ser capaz de proyectar una vida propia para el futuro son partes de este proceso. Siendo formidables estas tareas para todos los jóvenes, las dificultades pueden magnificarse para los jóvenes de las zonas urbanas deprimidas, generalmente pertenecientes, en los Estados Unidos, a alguna minoría étnica o racial, ya que la cultura americana se caracteriza con respecto a estas minorías por una historia de racismo y discriminación y de pobreza y desigualdad. Esta puede ser una de las razones por los que algunos jóvenes de entornos urbanos y de minorías étnicas terminan en la bandas, debido a que ofrecen un sentido de la pertenencia – falso, pero aparente- y proporcionan una estructura de reglas y normas, así como un sentido del grupo y de la identidad individual ( ver capítulo 14). Prothow-Stith (1991) destacan la importancia de un sentido del futuro para los adolescentes y de un sentido de la posibilidad en ese futuro, indicando que el desarrollo cognitivo en esta etapa permite a los jóvenes comprender la relación entre el presente y el futuro. Desafortunadamente, el desarrollo cognitivo durante la adolescencia no siempre impide que los jóvenes tengan una idea infantil de la muerte, de la que la finalidad de los actos no siempre es parte.

PARTE 2: EXPERIENCIA DE LA VIOLENCIA: GRUPOS ÉTNICOS

EXPERIENCIA DE LA VIOLENCIA: GRUPOS ÉTNICOS

CAPITULO 3. AFROAMERICANOS

Los afroamericanos suman aproximadamente el 12% de la población total de los Estados Unidos ( Children´s Defense Fund, 1991). La mayoría de los afroamericanos en los Estados Unidos son individuos cuyos ancestros llegaron desde diferentes países africanos como esclavos. Sin embargo, esta designación étnica también incluye nuevas olas de emigrantes desde África y las Indias Occidentales. Por lo tanto, aunque comparten características físicas identificables tales como la piel más oscura y en muchos casos una herencia común de esclavitud ancestral, la población nacional afroamericana es un grupo culturalmente diverso. Además de los efectos duraderos de las tradiciones indígenas y de los valores extendidos desde los múltiples países de origen, los afroamericanos están sujetos a las diferentes influencias de las comunidades étnicas modernas americanas que pueden tener costumbres diversas según su región geográfica, la zona rural o urbana y los factores socioeconómicos. En general, los afroamericanos no han conseguido un estatus de paridad relativa a la mayoría blanca en los Estados Unidos en términos de ingresos, empleo, educación y salud. Las tasas de niños afroamericanos que viven en la pobreza han aumentado en las pasadas dos décadas ( años 70 y 80), en gran parte debido al aumento de las tasas de natalidad entre adolescentes afroamericanos no casados, tasa que supone el 45,9% de todos los nacimientos de madres adolescentes. Las tasas de pobreza infantil de la población americana total de niños afroamericanos se estiman alrededor del 45,1%, comparadas con el 15% de los niños blancos. Las tasas de desempleo de afroamericanos que terminan el bachillerato pueden ser hasta un 25% más altas que las tasas para chicos blancos que no han terminado el instituto ( Children´s Defense Fund, 1991). Los afroamericanos están también desproporcionadamente representados en la población que sufre muertes prematuras por enfermedades o condiciones que se pueden prevenir, como la mortalidad infantil, el SIDA, cáncer, enfermedades cardiovasculares y violencia (Grupo de trabajo de la Secretaría para la Salud de Negros y minorías, 1986). Los afroamericanos son el grupo étnico con mayor riesgo tanto de homicidio como de violencia no letal. Se considera que, entre otras medidas de política pública, es vital la financiación para apoyar programas de prevención de la violencia para niños, jóvenes y familias afroamericanas, bien para llegar a los individuos antes de que desarrollen patrones violentos o para minimizar las consecuencias de la violencia. Las iniciativas deberían diseñarse para atender las muchas formas de violencia que amenazan la salud y las vidas de los afroamericanos, incluyendo la violencia expresiva entre miembros de la misma familia o personas cercanas, los crímenes pasionales, y los riesgos asociados al tráfico y al consumo de drogas y de la pertenencia a bandas callejeras. Las prioridades deberían centrarse en proporcionar servicios de prevención y de intervención ante la violencia en lugares normativos como colegios, clínicas de salud, iglesias, organizaciones comunitarias y consultas médicas. Esto es particularmente importante a partir de las investigaciones que indican que los adolescentes y los jóvenes afroamericanos pueden ser reacios a buscar ayuda cuando son víctimas de la violencia.


EXPERIENCIA DE LA VIOLENCIA: GRUPOS ÉTNICOS

CAPITULO 4. LATINOS AMERICANOS

Se ha denominado a los latinos americanos “la minoría invisible”, debido a que en comparación con el tamaño de su población se sabe y se habla poco de esta minoría en los Estados Unidos. La población latina en este país es de aproximadamente 22,4 millones de personas, o alrededor del 9% de la población total y son una de las minorías que crecen de forma más rápida ( en 1991). El subgrupo de origen mejicano representa el 63% de los latinos de Estados Unidos, seguido por el subgrupo de origen puertorriqueño, que representa el 11% de los latinos, el subgrupo de origen cubano, que representa el 5% y otros subgrupos de origen salvadoreño, nicaragüense o de otros países de América Central o del Sur, que juntos suman el 22% de los latinos de los Estados Unidos. Según la información disponible, los latinos superarán a la población Afro-americana en números absolutos en el año 2010 ( estimación de 1992, National Council of La Raza). La población latina de los Estados Unidos es joven; la media de edad es de 25,9 años, menor de la media general del país, situada en los 33,2 años. Alrededor del 21% de la población total latina son menores de 9 años, comparado con el 15% de los no latinos. Los datos disponibles sobre esta minoría contradicen muchos de los mitos existentes sobre la extensión de la criminalidad entre los latinos de los Estados Unidos. Los datos sobre el número de casos de violencia ( homicidios, violencia de bandas, violencia entre jóvenes, abusos físicos y sexuales) son escasos y poco fiables, aunque en algunos casos los índices de violencia son mayores que en la población blanca, en otros casos son menores. Sí parece comprobado que la violencia en forma de bandas callejeras es un fenómeno en el que la población latina de los Estados Unidos tiene una alta implicación, ya que se calcula que un tercio de los homicidios que se cometen al año en ese país los cometen las bandas callejeras de latinos ( Genelin & Copelin, 1989). Los factores que determinan una situación de riesgo de verse implicado en actos violentos para el grupo de los latinos son: la edad ( el mayor riesgo está entre los 12 y los 24 años), el estado civil ( el riesgo mayor para los solteros), la educación ( alrededor de 1 de cada 2 latinos tiene menos de 4 años de high-school y tienen la tasa más alta de abandono), los ingresos ( la pobreza es uno de los factores más directamente relacionados con la violencia) y el empleo ( las personas de este grupo sin empleo tienen el doble de probabilidades de ser víctimas de crímenes violentos que las personas con empleo).


EXPERIENCIA DE LA VIOLENCIA: GRUPOS ÉTNICOS

CAPITULO 5. NATIVOS AMERICANOS

Los términos utilizados para referirse a los pueblos indígenas nativos de Norte América son Nativos Americanos, Indios Americanos o Nativos de Alaska. Esta minoría está compuesta de muchas tribus y subpoblaciones de distintas orientaciones culturales y se caracterizan por diferentes estilos de vida, estados de enculturación y lugares de residencia ( reservas, comunidades rurales o ciudades). Se considera que esta minoría es la más pequeña y más diversa de todos los grupos minoritarios americanos. En los Estados Unidos hay reconocidas 124 tribus y bandas principales. Una evidencia de la excepcional diversidad de los Nativos Americanos es el gran número de lenguas vivas en el presente; se han identificado 40 familias de lenguas con más de 140 variaciones dialectales entre los Indios de Norte América ( Waldman, 1988). Se estima que esta minoría representa el 0,8% de la población de los Estados Unidos. Aproximadamente el 47% residen en alguno de estos cuatro estados: California, Oklahoma, Arizona y Nuevo Méjico. En Alaska los Indios incluyen a Esquimales, Aleutianos y Athabascans. Alrededor de una cuarta parte de la población de Nativos Americanos vive en alguna de las 278 reservas estatales o federales. Muchos estudios sugieren que el riesgo relativo de homicidio de los Nativos Americanos es entre 1,5 y 3 veces mayor que la media de los americanos. Un estudio significativo sobre extensión de la violencia entre los adolescentes Nativos Americanos es el realizado en Minnesota en 1992 (Blum, Harmon, Harris, Bergeisen, et al., 1992; Blum, Harmon, Harris, Resnick, et al., 1992). Los datos recogidos en una encuesta personal ( self-report) sobre la implicación en actos violentos indican la persistencia de problemas serios y sustanciales entre estos adolescentes. De entre los 13.000 jóvenes Nativos Americanos encuestados, casi una quinta parte informaban haber sido golpeados hasta quedar inconscientes una o dos veces en el último año. Casi 4 de cada 10 de estos adolescentes dijeron haber golpeado o dado una paliza a alguien al menos una vez en el último año, admitiendo el 4% haber tenido 6 o más de estos incidentes en este espacio de tiempo. Las tasas de estos incidentes en el caso de los chicos casi doblan las de las chicas. Los encuestados informaban de niveles más elevados de violencia en los casos en los que indicaban un uso regular de marihuana o alcohol. En comparación con un grupo de jóvenes blancos de un entorno rural de Minnesota, los episodios de abuso físico eran dos veces más altos tanto para chicos como para chicas Nativos Americanos. Porcentajes particularmente altos de abuso tanto físico como sexual eran relatados por chicas adolescentes de los grados 11 y 12 ( de la ed. secundaria), informando cerca del 25% ser víctima de abusos físicos y el 20% de abusos sexuales.


EXPERIENCIA DE LA VIOLENCIA: GRUPOS ÉTNICOS

CAPITULO 6. AMERICANOS ASIÁTICOS/ DE LAS ISLAS DEL PACÍFICO

Aunque los Americanos Asiáticos y de las Islas del Pacífico representan solo el 2,9% (7,7 millones) de la población total de los Estados Unidos, su número ha aumentado en un 95% entre 1980 y 1990. Este rápido crecimiento se espera que continúe en el siglo XXI y se proyecta que alcance entre 18 y 20 millones en el año 2020. Entre este grupo de población, el porcentaje de niños menores de 19 años es del 32% y el porcentaje de niños entre 10 y 19 es del 15,9%. Aunque se tiende a pensar en este grupo de población como un grupo homogéneo, son un grupo muy diverso de personas con orígenes muy distintos, incluyendo su historia, su lengua, su cultura, su estatus socioeconómico, sus necesidades y sus problemas (Takaki, 1989). Este grupo incluye a personas de origen chino, japonés, filipino, indio, coreano y vietnamita, en cuanto los originarios de Asia y de origen hawaiano, samoano y tongano, en cuanto a los originarios de la región de las Islas del Pacífico. Aunque algunos de los grupos asiático-americanos, como chinos, japoneses y filipinos comenzaron a migrar a los Estados Unidos hace más de 100 años y tienen descendencia de quinta o sexta generación, el 65,6% han nacido en su país de origen. Debido a que la mayor parte de los datos nacionales relacionados con la violencia no se recogen de manera sistemática en los grupos étnicos, salvo en el caso de los Afro Americanos, se sabe poco sobre el grado de riesgo de violencia en este grupo. Si se conoce que la emergencia de bandas callejeras de jóvenes asiáticos en comunidades de alta concentración de habitantes de este origen está provocando un aumento de la violencia entre los jóvenes inmigrantes, aunque en general, la implicación de jóvenes de este grupo en la criminalidad es relativamente baja.

PARTE 3: EXPERIENCIA DE LA VIOLENCIA: POBLACIONES VULNERABLES

EXPERIENCIA DE LA VIOLENCIA: POBLACIONES VULNERABLES

CAPITULO 7. NIÑAS Y MUJERES JÓVENES

Las niñas y las mujeres jóvenes tienen un mayor riesgo que los niños y los hombres jóvenes de sufrir abuso sexual y violencia en las citas, incluyendo la violencia de personas de confianza. Hay muchos factores que contribuyen al aumento del riesgo de niñas y mujeres jóvenes de sufrir este tipo de violencia, incluyendo actitudes sociales que implícitamente aprueban este tipo de violencia, así como las respuestas inadecuadas, sanitarias, policiales y judiciales, a la violencia contra las mujeres producida por sus parejas masculinas. Estas y otras influencias asociadas pueden estar relacionadas con el bajo nivel de denuncia de la violencia contra mujeres jóvenes y niñas. Algunas investigaciones indican que los abusos sexuales durante la infancia ( en contraste con la adultez), tanto en hombres como en mujeres, está asociada a una mayor probabilidad de desarrollar ciertos desórdenes mentales. El desarrollo de la auto-estima, de la capacidad de afrontar los problemas, de la habilidad para resolver problemas, las actitudes hacia la violencia, etc... pueden ser probablemente definidas según la exposición a la violencia. La violencia a lo largo del ciclo de la vida y los factores que conforman y median en el impacto que produce requieren mayores investigaciones. Los autores recomiendan ampliar los programas de prevención de la violencia juvenil para atender a la cuestión de la violencia entre hombre y mujer. Algunos de los programas existentes son sensibles a las diferencias étnicas, son específicos para cada grupo de población, o tienen en consideración el tipo de conflictos propios de una raza o etnia. El esfuerzo de la prevención de la violencia sería más eficaz en la reducción de la violencia contra niñas y mujeres si tuviesen en cuenta la violencia basada en el género de manera más abierta y directa.


EXPERIENCIA DE LA VIOLENCIA: POBLACIONES VULNERABLES

CAPITULO 8. JÓVENES LESBIANAS, GAYS Y BISEXUALES

La información disponible indica que la violencia no solo es común en estas poblaciones, sino que está en aumento. La violencia basada en la orientación sexual ha aumentado un 127% en los últimos 6 años, a pesar de un modesto declive en 1993 ( entre 1988 y 1994). Las agencias de asistencia a víctimas que atienden a la población gay y lesbiana en Boston, San Francisco, Chicago o Nueva York documentaron 1.822 episodios de violencia contra homosexuales en 1991, un 31% más que en 1990. Estos episodios incluían acosos, amenazas, agresiones físicas, vandalismo, incendios, abusos de la policía y asesinato. Estudios sobre la violencia relacionada con los prejuicios demuestran que la forma más frecuente de este tipo de agresión ocurre cuando la percibe a una persona como homosexual.


EXPERIENCIA DE LA VIOLENCIA: POBLACIONES VULNERABLES

CAPITULO 9. NIÑOS CON DISCAPACIDADES

En el año escolar 1988-1989, más de 4 millones de niños y adolescentes, entre 6 y 21 años, recibieron educación especial. El 48% tenían incapacidades para el aprendizaje ( “learning disabled”), el 23% tenían impedimentos en el habla, el 14% tenían retraso mental, el 9% tenían perturbaciones emocionales, y el 2% restante agrupaba otras discapacidades, como ceguera, sordera, dificultades de movimiento o de salud (Ficke, 1992). El Centro Nacional sobre el Maltrato y el Abandono de niños (NCCAN) investigó en 1991 la incidencia de los abusos sobre niños con discapacidades, así como la incidencia de discapacidades originadas por el abuso, siguiendo una ley de Prevención y Tratamiento del Abuso Infantil. Los resultados más importantes fueron los siguientes: - La incidencia del maltrato físico, sexual, emocional, y del abandono físico, educativo y emocional, en los niños con discapacidades era 1,7 veces mayor que en los niños sin discapacidades. - En el 47% de los casos la discapacidad condujo directa o indirectamente al maltrato. Estos porcentajes son aún mayores en el caso de niños con perturbaciones emocionales severas (67%), con problemas físicos (75%) y con problemas de hiperactividad (59%). - En el 37% de los casos el maltrato condujo directa o indirectamente a la discapacidad; en el 62% de los niños sexualmente abusados, en el 48% de los niños emocionalmente abusados y en el 55% de los niños que fueron abandonados. - Los niños con discapacidades, en relación a los niños sin discapacidades, tienen 2,8 veces más probabilidad de sufrir abandono emocional, 2,1 veces más probabilidad de sufrir abusos físicos y 1,8 veces más probabilidad de sufrir abusos sexuales. Parece claro que la vulnerabilidad de estos niños es un factor de riesgo y un desencadenante de la violencia en una proporción significativa de casos, por su dependencia de otras personas y por su incapacidad de defenderse o de informar de la violencia sufrida.

PARTE 4: INFLUENCIAS SOCIALES EN LA VIOLENCIA JUVENIL

INFLUENCIAS SOCIALES EN LA VIOLENCIA JUVENIL

CAPITULO 10. LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y LA AGRESIÓN JUVENIL

Hasta ahora se han tratado cuestiones del desarrollo y factores étnicos y culturales, así como la preocupación por las bandas callejeras y las armas se tratan en los capítulos siguientes. En relación con muchos de estos factores están los medios de comunicación, particularmente la televisión, que participa en la el desarrollo, el mantenimiento y la facilitación de la agresión y la violencia entre niños y adolescentes. La mera presencia de violencia en los medios de comunicación, la falta de modelos de comportamiento no violentos, la descripción constante de una sociedad en la que las condiciones óptimas de vida pueden y deben ser alcanzadas y la forma en que los medios de comunicación retratan la agresión como un medio de resolver los conflictos, fueron algunas de las influencias descritas por muchos jóvenes ante el Grupo de Trabajo de la American Psychological Association sobre la Violencia y la Juventud. La misma relación entre exposición a la violencia en los medios de comunicación y un comportamiento agresivo subsecuente se ha comprobado en informes elaborados por el Surgeon General (1972), el National Institute of Mental Health (1982) y la American Psychological Association (Huston et al., 1992). Y durante los últimos 20 años ha habido un descubrimiento irrefutable: los medios de comunicación contribuyen de forma significativa al comportamiento agresivo y las actitudes relacionadas con la agresión de muchos niños, adolescentes y adultos. Según los datos de los estudios sobre la exposición a la violencia en televisión, se puede concluir que si un niño ve de media entre 2 y 4 horas diarias de televisión, cuando termine la educación primaria ( equivalente a elementary school), habrá visto 8.000 asesinatos y más de otros 100.000 actos de violencia. Algunas películas muy conocidas, como Die Hard, contienen hasta 264 muertes violentas. Además, la imagen de las minorías en los medios de comunicación no se ajusta en muchos casos a la realidad o fomenta los prejuicios y la segregación de las personas de estos grupos. Uno de los estudios sobre la exposición a la violencia en los medios de comunicación, basado en un modelo de reciprocidad cognitiva ( Huesmann, 1986), explica cómo una dosis alta de violencia en la televisión da lugar a una secuencia de procesos cognitivos que resulta no solo en que los espectadores se comporten de forma más agresiva, sino también en que desarrollan un interés creciente por ver más violencia en la televisión.


INFLUENCIAS SOCIALES EN LA VIOLENCIA JUVENIL

CAPITULO 11. ARMAS Y JÓVENES

El autor se plantea una serie de cuestiones con respecto a las consecuencias de la facilidad con que los jóvenes pueden adquirir armas en los Estados Unidos: - ¿Qué prevalencia tienen los homicidios provocados por armas de fuego? Y ¿Ha habido realmente un aumento de los asesinatos de jóvenes por jóvenes utilizando armas de fuego, como indica Treaster (1992)?. - ¿Piensan la mayor parte de las personas que tienen armas de fuego que estas armas aumentarán su seguridad ante la violencia? - ¿Cuáles son las evidencias de que el control de las armas de fuego aumentará las probabilidades de que ciudadanos honestos se conviertan en víctimas de criminales? - ¿ Las leyes de control de las armas de fuego disminuirían las probabilidades de que jóvenes con tendencia e historial de violencia cometiesen crímenes violentos? - ¿Es posible que las armas de fuego tengan cualidades especiales que las hagan diferentes de otros objetos que pueden utilizarse como armas, de manera que aumentan las posibilidades de un resultado fatal? - ¿Puede de hecho la simple posesión de un arma de fuego llevar a una persona en una situación violenta o con intenciones violentas a disparar a otra persona?


INFLUENCIAS SOCIALES EN LA VIOLENCIA JUVENIL

CAPITULO 12. VIOLENCIA DE GRUPO: Fuentes socio-culturales, instigadores, procesos de grupo y participantes

En este capítulo se examinan los sucesos instigadores, las condiciones previas y los procesos sociales y psicológicos que generan la violencia de grupo, así como las características de los individuos que participan en ellas, con una atención especial a la juventud. Una muchedumbre, según el diccionario de Psicología de Chaplin (1985) es un grupo de personas que comparten un interés común y cuyas emociones pueden ser fácilmente despertadas; una banda es una muchedumbre que actúa en condiciones de fuerte emoción que a menudo llevan a la violencia o a actos ilegales. Con respecto a la violencia de grupo, las condiciones de vida difíciles pueden afectar a toda una sociedad o a un grupo específico de personas. Estas condiciones pueden conllevar problemas o crisis económicas, levantamientos por motivos políticos, o grandes cambios sociales que crean la experiencia de la desorganización y el caos junto con la pérdida de valores fundamentales y del sentido de la comunidad. La deprivación relativa, la percepción de un tratamiento injusto y de la injusticia, y la imposibilidad de mejorar el propio destino o de influir en los cambios también son instigadores de la violencia de grupo. Las razones y motivaciones de un individuo para participar en la violencia de grupo pueden ser la frustración, la hostilidad, la explosión de la ira, y el deseo de causar un daño; el deseo de cambios institucionales y sociales motivado en parte por los propios intereses y en parte como respuesta a una injusticia percibida; los sentimientos de conexión y unidad con otros; un sentido de la identidad que la persona cree conseguir; sentimientos de control, de poder o incluso de intensa excitación y de experiencia límite que se producen en los procesos de grupo; o el deseo de ganancia personal. En algunas circunstancias, las características demográficas como la situación laboral, la raza, la clase social, y otros grupos de pertenencia pueden ser selectores importantes. En otras condiciones, los tipos de necesidades que surgen en respuesta a circunstancias difíciles, y el grado en que los individuos satisfacen esas necesidades ( la identidad positiva, la conexión con otros, una comprensión de la realidad), pueden determinar la participación en la violencia de grupo. Claramente, la auto-selección para la participación en la violencia de grupo necesita ser explorada más en profundidad, mediante análisis que identifiquen las condiciones previas ( background), los grupos que son más afectados, los aspectos relevantes de la cultura y las normas sociales del momento y el “clima” general, y no solo características demográficas sino también de personalidad de los participantes.


INFLUENCIAS SOCIALES EN LA VIOLENCIA JUVENIL

CAPITULO 13. BANDAS JUVENILE

Los atributos de una banda juvenil son, según Miller (1974): a) organización estructurada, b) liderazgo identificable, c) identificación con un territorio, d) asociación continuada, e) un propósito específico, y f) un comportamiento ilegal. Las bandas juveniles se enfrentan por el dominio de un territorio, por el control del tráfico de drogas, por la posesión y la venta de armas, por el “honor” o por provocaciones inmediatas. La prevención y la intervención se realiza desde cuatro perspectivas complementarias: las de la psicología clínica, la psicología evolutiva, la psicología social y la psicología comunitaria. Es especialmente necesaria la atención a las diferencias originadas por la cultura y la pertenencia a una u otra minoría o grupo social.

PARTE 5: INTERVENCIONES DE PREVENCIÓN Y DE TRATAMIENTO

INTERVENCIONES DE PREVENCIÓN Y DE TRATAMIENTO

CAPITULO 14. INTERVENCIONES CON NIÑOS AGRESIVOS Y ANTISOCIALES

El desarrollo y la identificación de intervenciones efectivas ante el comportamiento agresivo y antisocial tienen una importancia crítica por las siguientes razones: - Porque el comportamiento antisocial representa un problema social y clínico prevalente y significativo. - Porque este comportamiento frecuentemente tiene consecuencias graves para otras personas. - Porque el alto coste social y económico del comportamiento agresivo y antisocial convierte en un aspecto crítico la identificación de intervenciones efectivas. Se consideran fiables un conjunto de conclusiones extraídas de diversos programas modelo de prevención de la violencia (Goldston, Yager, Heinicke y Pynoos, 1990; Price, Cowen, Lorion y Ramos-McKay, 1988; Rickel y Allen, 1987): § Los programas de prevención desarrollados en etapas tempranas de la vida ( orientación pre y post natal, contacto continuado con la familia durante los primeros años de vida del niño) pueden reducir los factores que aumentan el riesgo de comportamiento antisocial y de disfunciones clínicas en la infancia y la adolescencia. § Los programas desarrollados en el colegio para niños y adolescentes han mejorado la competencia prosocial y reducido los comportamientos de riesgo. § Los programas varían en la profundidad de su impacto. En algunos casos, los programas alteran múltiples dominios del funcionamiento personal, incluyendo, por ejemplo, varios comportamientos de riesgo (abandono del colegio, embarazo adolescente, abuso de drogas). El impacto amplio es de importancia crítica a partir de la constatación de que múltiples problemas de comportamiento frecuentemente ocurren al mismo tiempo en la persona. En otras ocasiones, sin embargo, los programas son más específicos en sus efectos. § Ocasionalmente, los programas no han sido efectivos o han exacerbado el dominio del problema que intentaban solucionar. Algunos de los programas más prometedores son los siguientes: 1. Provence y Taylor (1983) desarrollaron un proyecto destinado a ayudar a padres jóvenes en situación desaventajada a apoyar el desarrollo de sus hijos y a mejorar la vida familiar. 2. Lally, Mangione y Honig (1988) proporcionaron un programa para familias en situación de desventaja económica que comenzaba en el último trimestre del embarazo con madres en estas situaciones. 3. Schweinhart y Weikart (19888), Hawkins, Catalano y Morrison (1989) desarrollaron programas para realizar en el colegio, con buenos resultados. 4. Olweus (1991) desarrolló un programa novedoso que se basaba fundamentalmente en el colegio, con aplicación a escala nacional en Noruega. 5. Fo y O´Donnell (1975) llevaron a cabo programas comunitarios con niños y adolescentes entre 11 y 17 años que habían sido referidos por distintas instituciones por sus problemas de comportamiento o académicos. 6. Davidson y Redner (1988) desarrollaron programas para jóvenes de 12 a 18 años que habían sido detenidos y juzgados pero que no habían sido condenados.


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CAPITULO 15. PREVENCIÓN Y TRATAMIENTO DE LA VIOLENCIA ADOLESCENTE

Se distinguen tres FASES en el tratamiento de la violencia en la adolescencia: 1. Programas de prevención primaria. Basados en la población o comunidad. Se centran en prevenir la violencia antes de que ningún signo de este comportamiento haya sido percibido. Frecuentemente tratan de promover el comportamiento prosocial a través de una programación psico-educativa dirigida a los alumnos y a sus profesores, colegios, amigos o familias. 2. Programas de prevención secundaria. Para jóvenes en situaciones de alto riesgo. Consiste en mitigar el desarrollo posterior de la agresión y la violencia en niños que ya han mostrado formas precoces de comportamiento agresivo o de otros factores de riesgo asociados a este tipo de comportamiento. La ventaja de estos programas es que identifican a los individuos que deben beneficiarse prioritariamente de este servicio, a través de las informaciones de profesores, padres o fuerzas de seguridad. 3. Programas de prevención terciaria. Para jóvenes en situaciones de gravedad. Presumiblemente deberían dirigirse a los jóvenes con problemas más graves que han sido dirigidos a tratamiento psiquiátrico o enviados a un tratamiento de día o a instalaciones correccionales. En conjunto, estos tres tipos de programas reconocen las bases sociales de la violencia en la adolescencia y la alta prevalencia de este tipo de comportamiento en esa etapa de la vida. Hay programas que se centran en poblaciones de riesgo para “inocular” en los niños factores de prevención que limiten los impactos dañinos del entorno en el que viven. Hay programas que se centran en los individuos, basados en su manifestación de comportamientos de riesgo y también hay programas que ayudan a aquellos que ya muestran comportamientos violentos serios de forma crónica. Los componentes más prometedores de estos programas pueden identificarse: - Promover habilidades sociales y cognitivas, incluyendo la toma de perspectiva, la generación de soluciones alternativas, el aumento de la auto-estima, y las habilidades de negociación con los iguales, y ayudar en el aprendizaje de comportamientos de evitación de la violencia; - Modificar las normas del grupo y aumentar sus habilidades para permitir a los niños desarrollarse integralmente y sin violencia; - Reducir el riesgo en los niños que viven en los entornos más obstaculizadores del desarrollo y que muestran signos precoces de confianza en los métodos agresivos; - Ayudar a los padres a establecer una disciplina clara y consistente y unas responsabilidades familiares, que clarifican la comunicación y aumentan el afecto positivo, y que ayudan a la familia a atravesar transiciones normales e inusuales; - Organizar de las transiciones escolares, inclusión de la resolución de problemas sociales y del curriculum de promoción de la no-violencia.


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CAPITULO 16. INTERVENCIONES EN LA VIOLENCIA FAMILIAR que afecta a niños y adolescentes

El abuso físico y sexual en la familia son dos de las formas más prevalentes de violencia contra los menores. El impacto del abuso sobre la infancia no se limita a la víctima; los datos sugieren que la incidencia del abuso en la infancia aumenta las probabilidades de delincuencia en el futuro y de criminalidad adulta en un 40% (Widom, 1992). La hipótesis del “ciclo de la violencia” sugiere que una historia de abuso en la infancia puede predisponer a la persona a convertirse en una víctima o en un perpretador de alguna forma de violencia a lo largo de su vida. Tanto para los perpretadores como para las víctimas hay una necesidad enorme de programas de prevención clínica efectiva y de programas de intervención diseñados para rectificar las a menudo devastadoras consecuencias psicológicas que se asocian con la violencia contra los niños y los adolescentes dentro de la familia. Existen pocos informes de programas de prevención y tratamiento adecuadamente descriptivos, rigurosamente evaluados y clínicamente efectivos. Algunos de las investigaciones y programas más relevantes en el tratamiento de la violencia sobre niños y adolescentes en la familia son: - Binder, R., McNeill, D. (1987) Evaluation of a school based sexual abuse prevention program: Cognitive and emotional effects. Evaluación de un programa de prevención del abuso sexual basado en el colegio. Child abuse and neglect, 11, 497-506. - Bolton, F. G., Charlton, J.K.(1985). Preventive screening of adolescent mothers and infants: Critical variables in assessing risk for maltreatment. Evaluación preventiva de madres adolescentes y sus hijos: Variables críticas en la medición del riesgo de maltrato. Journal of primary prevention, 5, 169-187. - Davis, S. , Fantuzzo, J.W. (1989) The effects of adult and peer social initiations on social bahavior withdrawn and agressive maltreatmed preeschool children. Los efectos de las iniciaciones de adultos e iguales en el comportamiento de aislamiento social y de maltrato agresivo en niños en edad preescolar. Journal of Family Violence, 4, 227-248. - Kalmuss, D. (1984) The intergenerational transmission of marital agression. La transmisión intergeneracional de la agresión matrimonial. Journal of Marriage and the family, 46, 11-19. - Mannarino, A.P., Cohen, J.A. (1990) Treating the abused child. En “Children at risk: An evaluation of factors contributing to child abuse and neglect”. Tratamiento del niño maltratado. En “Niños en riesgo: Una evaluación de los factores que contribuyen al abuso y el maltrato infantil. Ammerman, Hersen, eds. New York, Plenum. - National Center on Child Abuse and Neglect (1981). Study findingds: National study of the incidence and severity of child abuse and neglect. Resultados del estudio: Estudio Nacional de la incidencia y la severidad del abuso y el abandono infantil. Washington D.C. U.S. Government Print Office. - Pelcovitz, D., Kaplan, S., Samit, C. (1984) Adolescent abuse: Family structure and implication for treatment. Abuso en la adolescencia: Estrcuturas familiares e implicaciones para el tratamiento. Journal of the american academy of child psychiatry, 23, 85-90. - Perry, M.A., Doran, L.D., Wells, E.A. (1983) Development and behavioral characteristics of the physically abused child. Características evolutivas y de comportamiento de los niños físicamente maltratados. Journal of Clinical Child Psychology, 12, 320-324. - Wekerle, C, Wolfe, D.A., (1993) Prevention of child physical abuse and neglect: Promising new directions. Prevención del abuso físico infantil y del abandono: Nuevas direcciones prometedoras. Clinical Psychology Review, 13, 501-540.

PARTE 6: INVESTIGACIÓN Y RECOMENDACIONES

INVESTIGACIÓN Y RECOMENDACIONES

CAPITULO 17. LA SITUACIÓN ACTUAL Y LAS DIRECCIONES FUTURAS en la investigación psicológica de la violencia en la infancia y la adolescencia

Aunque en este libro se presentan muchos datos, teorías y aplicaciones con respecto a la juventud y la violencia, en muchos capítulos los autores directa o indirectamente señalan la ausencia de una aproximación teórica comprehensiva que pueda guiar la investigación e interpretar los datos sobre la violencia entre los jóvenes. Por lo tanto, a pesar del progreso en la investigación para generar formulaciones, métodos, mediciones y conclusiones que contribuyan sustancialmente a la comprensión de la violencia, todavía existe una distancia entre la comprensión del problema y el conocimiento necesario para disminuir su frecuencia. Debido a la complejidad de los caminos que llevan a la expresión de la violencia en los jóvenes, una teoría comprehensiva que explique las interacciones complejas entre factores de los niveles sociales, comunitarios, familiares e individuales y que al mismo tiempo permita dar sentido explicativo a las variables psicológicas en todos los niveles anteriores, ampliaría extraordinariamente el campo de la investigación y las posibilidades de intervención. Las recomendaciones para la investigación psicológica futura son las siguientes: § Integración de las diversas perspectivas culturales sobre la violencia. § Necesidad de definiciones universales. § Establecimiento de variables comunes e instrumentos de medida. § Descripciones completas de las estrategias de intervención y tratamiento. § Inclusión de la evaluación y de mediciones de los resultados.


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CAPITULO 18. RECOMENDACIONES DE POLÍTICAS PÚBLICAS: Prevención y tratamiento de la violencia juvenil

La American Psychologycal Association (APA) hace las siguientes recomendaciones a las administraciones públicas Norteamericanas: 1. Las intervenciones en la primera infancia pueden ayudar a que los niños aprendan a manejar los conflictos sociales de forma efectiva y no violenta. 2. Los colegios pueden convertirse en una fuerza prioritaria para proporcionar la seguridad y los programas educativos efectivos que los niños necesitan para aprender a reducir y prevenir la violencia. 3. Todos los esfuerzos programáticos destinados a reducir y prevenir la violencia se beneficiarán de una conciencia elevada de la diversidad cultural. 4. La televisión y otros medios pueden contribuir a las soluciones en lugar de a los problemas de violencia entre los jóvenes. 5. Importantes reducciones en las formas más dañinas de violencia juvenil pueden conseguirse mediante la limitación del acceso de los jóvenes a armas de fuego y mediante a la enseñanza de cómo prevenir la violencia con armas de fuego. 6. La reducción de la implicación de los jóvenes en el consumo de alcohol y otras drogas puede reducir el comportamiento violento. 7. Los servicios de salud psicológica para jóvenes violentos, para víctimas y para testigos de violencia pueden disminuir los efectos dañinos de la violencia y reducir la violencia en el futuro. 8. Los programas educativos pueden reducir los prejuicios y la hostilidad que lleva a crímenes motivados por el odio y a la violencia contra grupos sociales. 9. Cuando los grupos se convierten en bandas, la violencia se retroalimenta. 10. Los psicólogos pueden actuar individualmente y en sus organizaciones profesionales para reducir la violencia entre los jóvenes.